«Los Miserables» llenan de emoción las noches de Las Palmas
Un momento de la representación de «Los Miserables» - abc
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«Los Miserables» llenan de emoción las noches de Las Palmas

Quizá sea esa intensidad de lo efímero y el valor de la memoria lo que otorga tanta fuerza a sus personajes

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Azul. Blanco. Rojo. Acaso existe alguien que no haya llorado alguna vez de emoción, capaz de ignorar lo que esconde el fondo de una mirada... Acaso hay quien no sueñe, aún en silencio, con un ideal... ¡¿Acaso puede la vida misma dejar de serlo?!

La historia de «Los Miserables» responde a un sentimiento colectivo, a una pasión por igual, esto es, la del único escenario que importa, el de la vida, y en el preciso momento que también importa...el del instante que se vive. Y quizá sea esa intensidad de lo efímero y el valor de la memoria, lo que otorga tanta fuerza a sus personajes y en consecuencia, a la historia de este musical, que ha sabido siempre destilar toda la teatralidad de la mítica obra original de Víctor Hugo, y lo que es aún más importante, captar su esencia.

Y la brillante adaptación española comparte esa misma intensidad desde el primer momento, con el dinamismo de sus cambios de escenarios, y el ritmo de sus protagonistas tanto como el de las imágenes (donde las proyecciones juegan un papel crucial, eso sí, sin distraer la atención sobre los personajes, sino siempre al servicio de ellos y del drama), además de la belleza de un relato bien orquestado de principio a fin. Todo destila tal magia, que pareciera indicar que la espontaneidad de los sentimientos traspasa la obra para ir a pintar en el lienzo de la piel de todos los presentes, como si la batuta del propio director de la orquesta se convirtiera de repente en un pincel que diera esbozos a ambos lados del escenario, para dibujar los sueños de cada uno.

Los artistas emocionaron muchísimo, removieron ‘los adentros’ de los espectadores hasta hacer brotar las lágrimas de manera natural, con una complicidad que nacía del alma. La calidad de sus voces y la fuerza de su interpretación se solapaban con pasión, desvelando que cada palabra provenía, inevitablemente, del mismísimo corazón, y que este elenco, encabezado por Nicolás Martinelli, es magnífico.

Martinelli, en el papel del atormentado Jean Valjean, un hombre hambriento de redención, lleno de matices en la locución de su voz de tenor, iba de la contundencia del condenado que sufre las cadenas a la ternura como padre que acoge a la pequeña Cosette; Elena Medina como mezzo-soprano que encarna el dramatismo de la pobre Fantine, una humilde obrera que recurre a la prostitución tras ser despedida para poder alimentar a su hija, impactó por su especial sensibilidad para conmover, a pesar de la brevedad de su papel (aunque reaparece al final de la obra para guiar a Jean Valjean hacia el cielo), además de ser la intérprete de la famosa canción ‘I dreamed a dream’ (verdadero himno), ‘Soñé una vida’ en la versión española.

Ignasi Vidal, en el papel de Javert, el verdugo que mantiene un duelo por la muerte enfrentado a Valjean, y a cuya persecución dedica la vida entera y toda la potencia de su voz de barítono hasta que decide poner fin al latido de su existencia, pues no hay cabida para el perdón en su mundo de sombras. Todo lo contrario a la dulzura del personaje que ejemplifica la generosidad y sacrificio como nadie, Eponine o Lidia Fairén, la otra mezzo-soprano del musical, clave en todo el desenlace de la historia y verdadero símbolo de la esperanza que encierra toda lucha.

Un halo de pureza que florece en medio de la mala-hierba del matrimonio Thénardier, que parecen haber desposado a la mezquindad con la avaricia para consumar una alianza perfecta de lo más bajo de la condición humana, pero eso sí, con el humor y la capacidad expresiva de dos auténticos monstruos en escena, Armando Pita y Eva Diago (ganadora del Premio Broadway World Spain en 2011), arrolladores y divertidos en los papeles de ‘amo del mesón y señora’.

Lo cierto es que Las Palmas se suma, con profunda satisfacción, a los 65 millones de espectadores que han vibrado a su paso por 42 países. El musical de ‘Los Miserables’, uno de los de más éxito de la historia (piénsese, si no, en su permanencia en la cartelera de Londres desde su estreno, hace casi tres décadas), con más de un centenar de premios a sus espaldas, está lleno de momentos espectaculares que nos recuerdan el valor del presente, inconcebible sin ese pasado que nos brinda la historia, como todo el segundo acto con la recreación escénica de las barricadas en las calles de aquel París pre-revolucionario (imprescindible en cualquier ideario), y que culmina con todas las voces a una, con todas las almas a una, entonando otro de los temas centrales, ‘One day more’, ‘Un día más’ o ‘Sale el sol’, en la traducción.

Y es que siempre hay dos orillas en una historia, pero tan solo una cara para la verdad. Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque de ellos será el mañana... Bienaventurados ‘Los Miserables’ porque el hoy les pertenece.