LLUVIA ÁCIDA

Esperando a Sánchez

El juego político se parece al fútbol en que al dirigente recién salido al campo hay que amedrentarlo

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SOBRE Pedro Sánchez recaen numerosas opiniones preconcebidas que parecen pronunciadas por viajeros en el tiempo que ya vieron cómo es el futuro de un PSOE que ni siquiera pasó todavía por el congreso de su redefinición. Menos aún por el Parlamento, con los oradores cambiados, para inaugurar con un mensaje propio la última temporada antes de los procesos electorales. Es cierto que su primera impronta, la de la deserción en el acuerdo por Juncker, delata a un político que, tal vez por inexperiencia y por falta de consolidación, todavía está más atento a gustar a la militancia que a liderarla. Algo encogido, por tanto, para afrontar decisiones difíciles que requieren firmeza y pedagogía como antaño fue para Felipe González la del ingreso en la OTAN. A este respecto, la vicepresidenta del Gobierno le ha dicho que incumplir pactos no es el modo de obtener respeto, a lo cual podría responderse que traicionar promesas electorales al minuto siguiente de ganar las elecciones tampoco lo es.

El juego político se parece al fútbol en que al dirigente recién salido al campo hay que amedrentarlo con tarascadas antes incluso de que entre en contacto con su primera pelota. Mientras Pedro Sánchez pasea todavía, entre suspiros provocados por su donosura, con el vestuario de camisa blanca arremangada con el que se propuso encarnar aires nuevos durante la interna socialista, el entorno del PP ya le atribuye intenciones de fusionarse con el fenómeno Podemos que convienen a la que dentro de algo más de un año será su única baza electoral: el miedo al advenimiento de una coalición frentepopulista capaz, no ya de arruinar la recuperación, sino de instaurar una dictadura bolivariana en el corazón de Europa. El cálculo que hace el PP es idéntico al de Mitterrand cuando supuso que Le Pen era un monstruo conveniente porque partiría en dos el gaullismo. Aunque más tarde, en 2002, fue el socialismo francés el que quedó excluido de una segunda vuelta presidencial reñida por Le Pen y un Chirac masivamente beneficiado por el voto del miedo al extremismo.

Mientras el PP agita el espantajo frentepopulista, Podemos diseña una estrategia de consecución rápida de objetivos porque teme que el nuevo PSOE pueda arrebatarle una parte de la clientela: la que quiso mostrar enfado con la izquierda institucional cuando ésta aún no había salido del ciclo nocivo que empezó con la rendición de principios de Zapatero en 2010. Si tiene personalidad suficiente, Pedro Sánchez puede convertir el PSOE en el partido que PP y Podemos temen por igual. Uno sin complejos de casta, impermeabilizado contra la ola populista, con un sentido de la continuidad histórica que lo vacune de la tentación de volar el ciclo abierto en la Transición, sin un discurso basado en el redentorismo y el resentimiento social, capaz de demostrar que izquierda y sistema no son conceptos antagónicos por más que IU y Podemos quieran manejar el de izquierda en monopolio desde posiciones de extramuros. Ese partido, que sería un estorbo para la táctica electoral tanto del PP como del posible bloque de izquierda radical que pergeñan Garzón e Iglesias, sin embargo es imprescindible para el país en las incógnitas determinantes que aguardan. Se trata de una misión gigantesca para Sánchez. Pero, para declararlo fracasado, lo honesto sería esperar a que fracase. Conténtense los impacientes: sólo dispone de unos meses.