CAMBIO DE GUARDIA

Implosión del Islam

Asistimos al primer choque del islam contra sí mismo. Es el inicio de la verdadera guerra

Gabriel Albiac
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En 1924 se extinguió el último califato. En Estambul, Abdul Mejid II vio trocada su condición de «sucesor» de Mahoma y jefe único del Islam por el más plácido oficio de pintor dominguero. La idea de una teocracia universal, sobre la cual el concepto de «heredero» o califa alza su legitimidad al tiempo religiosa y política, cedía a la irrupción de un mundo moderno, que parecía destinado a afianzarse en una Turquía laica, de la mano de Ataturk y de sus «jóvenes turcos».

Fue un ensueño. Que duró casi cien años. Pero un siglo, en la eternidad del Dios, es una mota de polvo despreciable. El 29 de junio de 2014 y en Mosul, un demente cargado de cadáveres se proclamó, bajo nombre de Ibrahim, califa de los creyentes. El hasta entonces Abu Bakr Al-Bagdadí se había ya forjado una sólida reputación de exterminador implacable. Y daba el paso que su primer inspirador, Bin Laden, no osó nunca. Proclamarse «heredero» –eso significa «califa»– de Mahoma arrastraba un dilema teológico con cuyo coste el fundador de Al Qaida no quiso nunca cargar. Bin Laden era un hijo de la guerra fría: él había sido creado por los servicios de inteligencia estadounidenses para combatir a los soviéticos; luego, enloqueció en un delirio universal de guerra contra los infieles. Pero proclamarse califa era otra cosa: reiniciar la guerra civil que, desde la muerte del profeta, enfrenta a muerte a sus dos pretendidas líneas sucesorias: suníes y chiíes; y saber que ninguna yihad contra el infiel será posible, mientras los herejes sucesorios no hayan sido exterminados.

El paso dado por el suní Abu Bakr Al-Bagdadí se cifra en eso. La segunda generación del yihadismo juzga que la derrota de Al Qaida es consecuencia de su pretensión, teológicamente blasfema, de imponer la yihad a los infieles sin haberla primero hecho triunfar en campo musulmán. La práctica de su Estado Islámico de Irak y de Levante, ahora proclamado califato, ha sido impecablemente esa: exterminar a los chiíes, allá donde su territorio iba siendo ocupado. La alocución de Abú Bakr el 4 de julio (https://www.youtube.com/watch?v=S7yGIOEUF4c) marca el punto sin retorno: todos los musulmanes del planeta son designados siervos del nuevo califa. Y reos de muerte, si a él se resisten. De poco sirve ya que los saudíes hayan comprendido el fatal error que cometieron en su inicial financiación. Los medios económicos del EIIL son hoy casi ilimitados. Y sus compras de armamento pesado en Ucrania lo convierten en un ejército de operatividad no comparable a la de ninguna guerrilla.

Dos errores históricos definen su ascenso. La financiación desde Arabia y los Emiratos es la primera: no sorprende. Sí sorprende, y mucho, el error estadounidense. Obama ha desplegado la más letal de las estrategias militares: ganar una guerra y abandonar luego el terreno, indefenso, al enemigo derrotado. Lo que iba a venir lo sabía cualquier analista que no confundiese deseos y realidades: suníes sadamitas y nuevos yihadistas tenían el espacio abierto para avanzar hacia Bagdad. Y saldar cuentas con sus odiados chiíes a lo largo del avance. La carnicería está siendo espantosa. Y, esta vez, todo da a pensar que nadie en occidente moverá un dedo para salvar a nadie.

Asistimos al primer choque del islam contra sí mismo. Es el inicio de la verdadera guerra. Todo cuanto la precedió –Nueva York incluida– fueron escaramuzas. Frente a esto, solo queda blindar fronteras: en Siria, Kurdistán, Jordania, Israel y Mediterráneo. Blindar fronteras. Y abstenerse.