El fulgor de la «marca África»
Dos niños juegan al fútbol en Attridgeville - AP

El fulgor de la «marca África»

La «herencia» del Mundial de Sudáfrica beneficia a todo el continente, que vive un «efecto llamada» económico y diplomático

nairobi Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

«Después de escalar una montaña muy alta, uno descubre que todavía quedan alturas aún mayores por ascender». Unas palabras, pronunciadas por el ex presidente sudafricano Nelson Mandela poco después de su llegada al poder en 1994, y que definen a la perfección el actual momento que experimenta «el país del arcoiris».

Porque, pese al éxito experimentado por el Mundial de fútbol, el verdadero partido comienza ahora para el continente. Aunque las perspectivas, lo cierto, es que resultan esperanzadores.

Según una encuesta de la Fundación «African Response», de los 400.000 aficionados extranjeros que acudieron a Sudáfrica durante el torneo, el 92% recomendaría, tanto este país, como el resto del continente como destino turístico. De igual modo, como señala Lee Anne Bac -director del Grant Thornton, un «think tank» local- la «marca África» ha despertado un «efecto llamada» en la región, por lo que hasta el próximo año se esperan más de un millón y medio de nuevos visitantes.

«Los sudafricanos deben de estar muy orgullosos de lo conseguido en el último mes, sobre todo, al haber logrado una unión económica en el continente», asegura Anne Bac.

Una declaración de intenciones que cuenta con serias posibilidades de transformarse en cifras reales. Mientras que el Departamento del Tesoro sudafricano clarifica que la resaca del torneo añadirá cerca de un 0,4% más al PIB; Grant Thornton ya auspicia que el crecimiento podría ser de hasta el 0,5%.

Pero al margen de los éxitos producidos en la economía sudafricana, el mayor efecto de este Mundial ha sido la creación, por primera vez, de una «marca África» que cuenta con connotaciones positivas en occidente.

De la desconfianza a la inversión

Según un reciente informe publicado por la consultora británica McKinsey & Co, en los últimos seis meses, los inversores han pasado de la «desconfianza inicial», a considerar el continente africano como un nuevo modelo de «gran éxito» y un objetivo de inversión para aquellos que buscan nuevos mercados.

Para McKinsey, «aunque es cierto que las guerras, desastres naturales o por malas políticas del gobierno podrían detener o incluso revertir estas ganancias en cualquier país; a largo plazo, las tendencias internas y externas indican que las perspectivas económicas de África son muy fuertes».

Y esta vez, la política africana parece ser consciente de ello.

A la final del Mundial, disputada en Johannesburgo, acudieron 15 jefes de Estado subsaharianos, entre los que se encontraban mandatarios tan antagónicos como el presidente de Mozambique, Armando Guebuza, o el de Kenia, Mwai Kibaki. Unas naciones que podrían beneficiarse de una «marca» propia, que no queda limitada a la aparición de vuvuzelas en su territorio o al panafricanismo dibujado por Robert Mugabe en la década de los 80.

En el último semestre, las economías emergentes africanas han aumentaron sus exportaciones en un 7%, mientras, mientras que el PIB continental podría crecer del 5,5% al 6%, sólo, en lo que resta de año.

Superar divisiones

Pero lo cierto es que para que estas perspectivas se puedan capitalizar, el motor sudafricano debe mirar en la misma dirección. Aunque quizá sea ésta, la empresa más complicada.

En la actualidad, el gobernante Congreso Nacional Africano (ANC) se encuentra dividido en dos facciones opuestas en su política economía.

Por un lado, desde su llegada al poder, el presidente, Jacob Zuma, intenta mantener en sincronía tanto a los miembros más beligerantes de la extrema izquierda de su partido, como a los clanes pro-empresarial, para evitar la fuga de capitales extranjeros.

En cambio, el líder de las juventudes del ANC, Julius Malema, -un halcón de la política sudafricana, reverenciado por la Venezuela de Hugo Chávez- aboga por nacionalizar las minas y los bancos, con la consecuente huida de inversores.

Así que ante la falta de sincronía en la economía sudafricana, quizá deba ser la política social, el motor que capitalice el desarrollismo continental.

Durante la cumbre sobre Educación que discurrió de forma paralela al Mundial, el presidente sudafricano anunció en Ciudad del Cabo su intención de destinar en los próximos años el 20% del presupuesto de su país a medidas educativas.

De igual modo, en los últimos meses Zuma lidera una campaña para que su población se someta a la prueba de detección del Sida, en una nación en la que cerca del 13% de su población es portadora del virus. Una medida sin precedentes -sobre todo, dado el perfil del sujeto-, pero que demuestra que algo está cambiando en un continente africano, una región que ya renuncia a ser vista tan sólo como el pariente enfermo al que ofrecer limosnas.