Vuelve el despotismo ilustrado a Europa
<a href="http://www.abc.es/fotos/20111120/mario-monti-senado-italiano-1502073862472.html">Mario Monti, en el Senado italiano</a> - AP

Vuelve el despotismo ilustrado a Europa

El nombramiento de Monti y Papadimos como primeros ministros de Italia y Grecia suscita el debate sobre la legitimidad de confiar la solución de la crisis a unos tecnócratas que no han pasado por las urnas

MADRID Actualizado:

Mario Monti, nuevo primer ministro de Italia, es un economista de prestigio, con una excelente ejecutoria en la Comisión Europea, persona moderada y liberal, muy capaz, nada sectario. Y Lucas Papadimos, flamante jefe de Gobierno de Grecia, es un veterano gestor del dinero, ex vicepresidente del Banco Central Europeo y antiguo profesor de Economía en Harvard. En teoría, dos buenos capitanes para guiar la atribulada nave del Estado en mitad de la inacabable tormenta provocada por la crisis de la deuda. Les sobran títulos. Pero ninguno de los dos ha sido elegido en las urnas. Han llegado al poder sin que hubiera elecciones de por medio. Van a reclamar duros sacrificios a su pueblo, sin que este haya tenido la oportunidad de expresar su opinión sobre los mismos.

Es el regreso a Europa de un nuevo despotismo ilustrado, que ha generado un fuerte debate sobre su legitimidad. Ignacio Molina, investigador para Europa del Instituto Elcano, no cree que haya habido una subordinación de la democracia ni de la política a estos pujantes ilustrados especialistas, sino que, más bien, «tácitamente, los políticos han decidido dar paso a los tecnócratas de forma excepcional». Se trataría de «una maniobra política para reducir el poder de los mercados». De una «solución flexible con apoyo parlamentario». En el mismo sentido, Giovanni Grevi, analista de Fride (Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo) cree que «los tecnócratas son un recurso excepcional para tiempos excepcionales» y que «la diferencia principal no está entre políticos y tecnócratas, sino entre políticas responsables o irresponsables».

En cambio, el politólogo y economista Guy Sorman, considera que «la dimisión de la clase política en Grecia e Italia es el síntoma de una grave amenaza sobre nuestras economías y nuestra democracia». Y que, a fin de cuentas, «los tecnócratas no resolverán nada, ya que tampoco tienen una varita mágica para hacer desaparecer la deuda».

Claro que la política es el arte de lo posible. Y que la situación es lo bastante grave como para tener en cuenta no sólo los grandes principios teóricos, sino los efectos prácticos de ciertas decisiones. La situación actual en Europa es crítica. Pero no hay que tener mucha imaginación para saber que sería catastrófica si al frente del Gobierno de Grecia continuara Yorgos Papandreu enarbolando la amenaza de su apocalíptico referéndum, y en Italia Silvio Berlusconi dando largas indefinidas a la acción porque bastante actividad ya tiene con su vida privada y sus propios conflictos erótico-financieros.

El ascenso de los tecnócratas ha sido el resultado de un fracaso. La última consecuencia de un cataclismo. «Una alternativa pudo haber sido un gobierno de unidad nacional —señala Molina— pero, por razones de la característica política meridional, no ha podido ser». De lo que se trata ahora es de salir del agujero. De ahí que Grevi considere que la legitimidad del tecnócrata también puede medirse por su eficacia. «La legitimidad puede venir por los hechos. Si mejora la situación en estos tiempos excepcionales, su legitimidad se verá reforzada». Nadie se plantea cambiar el sistema, sino evitar que la nave naufrague.

El despotismo ilustrado de hecho ya hace mucho tiempo que forma parte de nuestras vidas. El BCE, la Comisión Europea o el FMI son instituciones que mandan bastante más que muchos ministerios nacionales. Toda la construcción europea tiene un inconfundible sello de ilustración dieciochesca. Y de cara al futuro, en lo que están prácticamente de acuerdo los analistas es en que la solución a la crisis está en tener «más Europa». Ahora nos empezamos a dar cuenta de que una Unión Monetaria no puede funcionar sin una Unión Económica. Así que, en el futuro, si salimos de ésta, habrá que crear un Departamento del Tesoro y un Gobierno Económico, en el que habrá algo así como un Ministerio de Finanzas Europeo. Siempre con una política fiscal común y la supervisión a escala continental de los presupuestos nacionales para evitar futuras disonancias en la orquesta.

No hay más salida que una solución conjunta. «O tenemos éxito todos juntos o fracasamos todos juntos. No será posible que unos países salgan adelante y otros fracasen», señala Grevi. El futuro —si salimos de ésta— pasa por una mayor soberanía compartida. Y aquí es donde entra el debate de fondo. Las actuales instituciones europeas necesitan una mayor base social y legitimidad democrática para actuar con autoridad. Cuando se cuente con un gobierno económico, habrá que entrar en ciertos debates que hasta ahora son tabú: la elección del presidente de la Comisión Europea y del Consejo Europeo en las urnas, en elecciones europeas; o la celebración de referendos paneuropeos que sustituyan a las actuales consultas nacionales para cuestiones referidas a la Unión. Aunque sus orígenes estén en el despotismo ilustrado, no será posible una Unión Económica sin bases populares.

El problema está una vez más en si seremos capaces de llegar hasta ese punto. Esta crisis puede ser algo así como los dolores de parto de una Unión Económica. O los suspiros de defunción de nuestro euro. O se alcanza un compromiso a corto plazo para salvar el abismo o retrocederemos más de cien años: a los tiempos de los exacerbados nacionalismos que precedieron a la Primera Guerra Mundial.

La actual crisis ya es terreno abonado para los nacionalismos que quieren acabar con el euro. El partido populista de Holanda encabezado por el ultra Geert Wilders ya está reclamando un referéndum sobre la salida del euro y la vuelta al antiguo florín. Y los populistas de Finlandia y Austria hacen cosecha de votos oponiéndose al rescate de Grecia y el apoyo a los países en apuros. El argumento de que los virtuosos trabajadores del norte no deben despilfarrar su dinero en pagar las juergas a los vagos del sur tiene su tirón popular. De ellos puede ser el futuro, si no se encuentra una salida europea que no se limite a trazar maravillosos planes para dentro de cinco años. Aunque no sea tan maravilloso, el plan tiene que estar listo para dentro de cinco semanas, como mucho.