El verdugo está confuso

Así le queríamos ver al más soberbio de todos los muchos asesinos de los Balcanes. Con auriculares

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Así le queríamos ver al más soberbio de todos los muchos asesinos de los Balcanes. Con auriculares. Como Rudolph Hess y Hermann Göring y tantos otros allí en el banquillo de Nuremberg. Con auriculares escuchando traducidos los relatos de sus crímenes.

Así hemos querido verle muchos desde años antes de su mayor atrocidad que fue la terrible matanza de Srebrenica. Allí batió su récord con más de 7.000 hombres y muchachos inocentes y desarmados ejecutados y enterrados en fosas comunes. En cuatro días.

A muchos de sus hombres les debió doler el dedo al final de esta ardua tarea, como a los soldados soviéticos en Katyn o a los nazis en las fosas junto a Kiev. Todos, soldados y paramilitares trabajaron allí hasta la extenuación porque las órdenes las daba el dios de aquella guerra.

«Soy el general Ratko Mladic», dijo ayer y se le vio confuso. Porque nadie temblaba. Todo le debe confundir. Él, allí.

Por eso con los arrebatos de soberbia llegan palabras impropias que casi piden merced. «Soy un hombre gravemente enfermo». Dice que las acusaciones que pesan sobre él son una monstruosidad.

Pero no vuelve a caer tan bajo como en Belgrado, donde dijo que aquellos crímenes se habían cometido a sus espaldas. Mladic, este clásico general comunista convertido a la sagrada causa nacionalista, era el Napoleon de la redención nacional serbia que iba a limpiar aquella tierra de «turcos», como llamaba a los musulmanes.

Lo era cinco años antes de Srebrenica. Y pudo cometer aquella matanza porque durante un lustro los apaciguadores europeos no dejaron de negociar con él mientras cometía las matanzas preparatorias del gran golpe.