«Pelo de estropajo» cae en su ratonera

El extravagante Gadafi muere en Sirte, su ciudad natal y símbolo de un despiadado régimen de 42 años

MADRID Actualizado: Guardar
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«Busashufa» (algo así como pelo de estropajo en árabe), ha muerto. Millones de libios se fueron a la cama ayer por vez primera en muchísimos años más tranquilos. Millones de libios han dormido con la seguridad de que el fantasma de Muamar Gadafi no va a volver a rondar por el inmenso desierto del país magrebí. El régimen libio había caído hacía meses desangrado en una revolución que pronto se tornó en una guerra civil. Trípoli, la capital, estaba en manos de los rebeldes desde finales de agosto. Los palacetes y residencias de la familia fueron asaltados y saqueados en medio del jolgorio. La imagen del dictador ha sido objeto de la ira popular desde el comienzo de las revueltas a mediados de febrero. Gadafi, convertido en «busashufa» para el pueblo, ha sido caricaturizado, escupido, quemado, acribillado...

Pero los libios, a pesar de las interminables celebraciones trufadas de insultos y desafíos hacia la imagen del sanguinario mandatario, seguían atormentados en su devenir diario con la posibilidad de que la pesadilla volviera a hacerse realidad. Sabían que, dentro de su locura, Gadafi podría intentar retomar las riendas del poder. Por eso el pueblo, en su pleno derecho de ser Santo Tomás, y en este caso más que nunca, necesitaba fotos e imágenes como las de ayer. Pruebas irrefutables del cadáver del sátrapa para respirar sin ahogarse con el pensamiento de una posible vuelta al infierno del pasado más reciente.

El final más justo para Gadafi hubiera sido quizás la condena de un tribunal, en Libia o donde fuera, si es que había condena posible para sus crímenes y abusos. Pero no, la historia no es siempre justa y la muerte del dictador es un final facilón y, desgraciadamente, previsible para alguien que se mostraba imprevisible. Nada extravagante, al revés que su vida. Muy pocos veían al autodenominado rey de reyes terminar sus días a lo Sadam Hussein, detenido en un vil agujero antes de ser debidamente humillado delante de un juez encargado de sentenciarle a la pena capital para disfrute de los que fueron sus víctimas durante décadas.

Sirte como ratonera

La sorpresa del capítulo final del culebrón ha sido Sirte. La ciudad a orillas del mar Mediterráneo que vio nacer al monstruo el 7 de junio de 1942 y que ha acogido a sus más ultras seguidores ha terminado convertida en ratonera después de semanas de acoso de las milicias revolucionarias por el este, por el oeste y por el sur. Todos, dentro y fuera de Libia, pensaban que Gadafi había optado por buscar cobijo en el inmenso desierto de un país casi cuatro veces más grande que España. Que en medio de sus arenales, en cualquiera de sus oasis o en alguno de sus pueblecillos casi despoblados preparaba las arengas con las que pretendía seguir aferrado a su descerebrada teoría del poder con la ayuda de una pseudotelevisión siria, su último y único altavoz.

Acantonado en Sirte Gadafi se cerró la puerta de las descomunales y descontroladas fronteras por las que huyeron su segunda mujer y tres de sus hijos a Argelia y su hijo Saadi, el futbolista, a Níger.

Aquel golpe del 69

La sorpresa generada el 1 de septiembre de 1969 cuando aquel militar de 27 años encabezó el golpe que puso fin a la Monarquía del Rey Idris I fue tornándose en horror según el régimen fue convirtiéndose en una feroz dictadura, despiadada hasta límites insospechados con su propio pueblo, que echó raíces a merced de las teorías de los tres tomos del catecismo gadafista, el famoso Libro Verde, escrito a mediados de los años setenta. La macedonia preparada con Islam y su particular socialismo que supuestamente depositaba el poder en las manos del pueblo y bautizada la «Jamahiría» estaba en marcha.

En sus diferentes facetas, como extravagante icono de su propia moda, como teórico político, como panarabista o panafricanista, como antioccidental, como patrocinador e impulsor de actos terroristas... Gadafi no ha sido un líder cualquiera. Sí guardaba, a pesar de todo, ciertas características comunes con otros dictadores que se consideran a sí mismos una especie de deidad en la tierra a los que nadie puede suceder: corrupto sin límites, obsesionado con el poder, amasador de una ingente fortuna y fiel defensor de su familia y de un cerrado círculo de lamealfombras que le vitoreaban sin descanso. Todo ello mientras su jaima era frecuentada no solo por compradores de petróleo, sino por mandatarios de todo el planeta que, amparados en la estabilidad de un país que supuestamente trataba de subirse al tren del mundo, cerraban inhumanamente los ojos ante la opresión desmedida que sufrían los libios.

Así es como Muamar Gadafi tuvo que afrontar el indendio de su particular cortijo, Libia, adonde llegaron a mediados del pasado mes de febrero las chispas de las revoluciones en los vecinos más próximos, Túnez y Egipto. Revolviéndose frente a aquellas manifestaciones y sin pensar en ningún momento en bajarse de la poltrona, Gadafi sacó todo su arsenal militar —parte de él adquirido a España- e irracional y, como en otras ocasiones, se dispuso a acribillar a los libios. Todo hay que decirlo, no fueron los ilusionados e inexpertos revolucionarios los que le pusieron freno, sino la misión internacional respaldada por las resoluciones de la ONU. Pero eso no resta valor a unos ciudadanos que, a pecho descubierto muchas veces, se han enfrentado a los reductos del gadafismo a lo largo de estos ocho meses. Con el tiro de gracia a «Busashufa» Gadafi queda desterrado el decano de los dictadores árabes y africanos y uno de los regímenes más sanguinarios de la historia moderna de la Humanidad.