Mercenarios en la hambruna somalí
Abdulkadir Moallin Noor, el belogerante líder de la milicia«Ahlu Sunna Waljama'a» - e.s.molano

Mercenarios en la hambruna somalí

La presencia de grupos paramilitares, que ofrecen protección por 150 dólares al mes, se ha disparado en Somalia

ENVIADO ESPECIAL A MOGADISCIO Actualizado:

Acostumbrado a lidiar con la muerte, Said Ahmed dispara cada una de sus palabras con bala. Desde hace más de una década presta servicios de «seguridad» —mercenariado— en una milicia local de la capital de Somalia, Mogadiscio. Tras la salida del poder de Siad Barre —presidente hasta 1991— no había otra salida. «Era echarse a las armas o morir de hambre», cuenta este padre de familia de 41 años a ABC. Su caso no es extraño, y menos en tiempos de hambruna. En las últimas dos décadas, al menos 700.000 personas han muerto en los enfrentamientos del país: primero espoleados por los clanes feudales, y ahora por los rebeldes islamistas de Al Shabab. Una anarquía política que ha propiciado el auge de grupos paramilitares, quienes ofrecen sus servicios de «protección» por apenas 150 dólares al mes.

Abdulkadir Moallin Noor, líder de la milicia

«Ahlu Sunna Waljama'a», es uno de ellos. Piensa que «ante un Gobierno que se ha mostrado inoperante, el pueblo debe tomar las armas». Y asegura que sin estos grupos «Somalia estaría ya en manos de Al Shabab». A pesar de la beligerancia de este líder militar —aunque manda un Ejército compuesto por cerca de 700 sufíes moderados, elude la palabra «mercenario»—, el monopolio legal de la defensa de Mogadiscio corresponde hoy a las tropas de la Unión Africana, un contingente de unos 9.200 soldados —en su mayoría de Burundi y Uganda— a todas luces insuficiente para contener la amenaza islamista.

Sobre todo por la ayuda internacional de la que disfruta el nido de la serpiente. Según un reciente informe del Stockholm International Peace Research Institute, aunque impera un embargo sobre Somalia, la compra de armamento por parte de grupos paramilitares y rebeldes se ha disparado durante los últimos meses de hambruna, gracias a los fondos aportados por Eritrea y la diáspora somalí —se calcula que Al Shabab genera cada año entre 70 y 100 millones de dólares solo en impuestos ilegales—. El estudio también denuncia que hasta un 80 por ciento de las armas y municiones donados por la comunidad internacional al Gobierno de Mogadiscio termina en manos privadas.

Y en este campo de Marte, el supermercado no queda lejos. En las calles de Bakara Market, un barrio de Mogadiscio, es posible encontrar cualquier arma: desde AK-47 de segunda mano a 300 dólares a granadas a 30. La joya de la corona son los misiles antiaéreos, cuyo precio ha disparado el auge de la piratería y las milicias islamistas.

Yusuf Mohammed Siad «Inda'ade» dirige este autoservicio de la muerte. En sus 55 años, este líder paramilitar ha sido señor de la guerra en la década de los 70, ministro de Defensa bajo la Unión de Tribunales Islámicos, líder de las milicias islamistas de Hizbul Islam —grupo rebelde que combatía junto a Al Shabab—. Siempre vendido al mejor postor. Ahora combate junto al Gobierno de Mogadiscio, y afirma que el mayor error de Al Shabab ha sido «su interpretación del islam». Bajo un lenguaje mesiánico, su biografía es la historia de Somalia. Dados los dulces emolumentos que produce el negocio de la guerra, mejor no hablar de jubilación. La hambruna, para el pueblo.