Un hotel en la diana

«Lo mejor del Intercontinental es la vista al atardecer; lo peor, que ellos también nos miran», explica un policía

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Imposible llegar caminando. Desde el centro se necesitan al menos veinte minutos en coche para acercarse a Karte Parwan e iniciar el ascenso a la colina que preside el Intercontinental. El taxista se detiene antes del primer puesto de control y subimos a pie superando dos puestos más de control de la Policía con un simple saludo. Nadie pide pasaportes, ni registra las maletas. Naser trata de mostrarme lo mejor de Kabul y considera el hotel Intercontinental como el lugar más adecuado para la estancia de un extranjero.

Recién llegado de un largo exilio en Dinamarca se dedica a guiar a periodistas en una ciudad que él mismo está redescubriendo después de diez años de ausencia. «Mis padres me cuentan que solían venir aquí los viernes a tomar el té y sentarse en el jardín. En verano también se podía usar la piscina, una de las poquísimas que permanecen abiertas en Kabul», me cuenta Naser que, dejando a un lado la entrada principal, va directo a unos enormes columpios de acero, herencia de los diez años de ocupación soviética. Fue esa una etapa en la que el hotel se convirtió en residencia exclusiva de oficiales del Ejército Rojo y visitas VIP. Conoce bien los columpios, uno de sus pocos buenos recuerdos de infancia.

Han pasado cinco años desde la caída del régimen talibán. Es mi primer viaje a suelo afgano. Después de entrar al país en autobús desde Irán y pasar un par de semanas en Herat, me encuentro perdido en Kabul buscando hotel. La elección parece buena, pero los cien dólares por noche, según me informa el recepcionista, son demasiado para mi presupuesto.

El edificio parece una caja de cerillas gris desde el exterior y por dentro, pese a la profunda reforma posterior a 2001, emana ese sabor mezcla de rancio y mítico de los lugares que han sido testigos de la historia. Desde su colina, el Intercontinental vio la llegada y caída de los rusos, sufrió en sus paredes los rigores de la guerra civil, se convirtió en jaula de oro para extranjeros durante la etapa talibán y, finalmente, recuperó su función de hotel de primera clase en el Afganistán liberado por las fuerzas estadounidenses.

Testigo de excepción

Tardé tiempo en regresar tras esa primera visita. Fue en 2009, a lo largo de la campaña electoral, cuando la Unión Europea eligió el hotel como base de operaciones para su misión de observación. Allí también la Comisión Electoral Independiente ofreció los resultados que auparon a Hamid Karzai a la reelección.

Uniformados camareros pululaban entre el ejército de extranjeros presentes con menús repletos de platos y bebidas que siempre se habían agotado. Siempre quedaban el té y el agua mineral como opción más segura. «Es un blanco perfecto, ¿no?», me comentó un experto en seguridad que estaba al frente de una delegación que acudía a seguir en primera persona las elecciones, «lo mejor es la vista que tenemos de la capital al atardecer, lo peor que los malos también nos estarán mirando». Al final ha tenido razón.