Humo blanco sale de nuevo esta madrugada en el reactor 2 - AP

Fukushima ocultó fallos de seguridad antes del seísmo

Tepco, la eléctrica que gestiona la planta nuclear, falseó informes y no realizó revisiones cruciales

ENVIADO ESPECIAL A TOKIO Actualizado: Guardar
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Se pudo haber evitado la crisis nuclear de Japón? Cuando se desata, la fuerza de la Naturaleza es incontrolable y ningún país puede detener, o siquiera prever con tiempo suficiente de reacción, un terremoto de intensidad 9 y un tsunami de diez metros. Eso es lo que sufrió la central nuclear de Fukushima en el particular 11-M nipón. Pero ¿estaba preparada para semejante impacto?

Asentado sobre una de las zonas con mayor actividad sísmica del mundo, Japón se vanagloriaba hasta ahora de la seguridad de sus 54 plantas atómicas, vitales para el crecimiento de este gigante industrializado porque aportan un tercio de su electricidad. El tsunami no sólo ha borrado del mapa buena parte de la costa noreste, sino que ha hecho añicos la imagen de modernidad y eficiencia de este país, y está aireando los trapos sucios de su industria nuclear.

Según informaban ayer los medios nipones, la compañía que gestiona la central de Fukushima 1, Tokio Electric Power Co. (Tepco), no llevó a cabo inspecciones cruciales para su mantenimiento. En un informe remitido a la Agencia de Seguridad Nuclear nipona diez días antes de la catástrofe, Tepco reconoció que no había revisado 33 piezas en sus seis reactores. Algunas de ellas durante muchísimo tiempo, como un panel eléctrico que alimentaba las válvulas de control en un reactor, que llevaba once años sin ser examinado. Además, los inspectores falsearon los informes de seguridad asegurando que sus controles habían sido exhaustivos cuando, en realidad, no habían hecho más que dedicarle un vistazo superficial.

Estas nuevas negligencias se suman a la cascada de irregularidades que han salpicado a Tepco, la cuarta mayor eléctrica del mundo tras E.ON, Électricité de France y RWE. Ya en 2002, su entonces presidente, Nobuya Minami, se vio obligado a dimitir tras descubrirse que la empresa había falseado los informes de seguridad sobre sus centrales, ocultando grietas y defectos en sus instalaciones.

Entre ellas figuraba Fukushima 1, que es la planta más antigua de Japón y que data de 1971. En principio, iba a dejar de funcionar este mes de marzo, pero el Gobierno decidió finalmente prorrogar su actividad durante diez años más. Por supuesto, no los cumplirá, porque los reactores de la central han quedado tan dañados por las explosiones y el vertido de toneladas de agua de mar que será imposible utilizarlos de nuevo.

Precisamente, una de las críticas que se le achacan estos días a Tepco es que debía haber recurrido antes a tan drástica medida para evitar el riesgo de fugas radiactivas, pero intentó solucionar el problema de otros modos porque no quería dejar inservibles los reactores.

«Hace tiempo que pienso que todo el sistema es una basura», suele criticar Taro Kono, un diputado del opositor Partido Liberal Democrático (PLD), que es una de las voces más contundentes contra las nucleares en Japón.

Otro terremoto, otra fuga

De todas maneras, no es la primera vez que Fukushima ni Tepco tienen serios problemas. El 17 de agosto del año pasado, la central sufrió una pérdida de electricidad, pero los mayores accidentes registrados por la compañía han tenido lugar en otras plantas. Una de ellas es la de Kashiwazaki Kariwa, que es la mayor central atómica del mundo y se ubica en la prefectura de Niigata. En julio de 2007, un terremoto cuyo epicentro se situaba a sólo 22 kilómetros de la central provocó una fuga radiactiva, ocultada al principio por la compañía. Finalmente, Tepco tuvo que admitir que el escape había incluso causado un vertido al Mar de Japón y cerró la central durante 21 meses. Lo mismo ocurrió con otras 17 plantas, incluida Fukushima, en 2002, cuando afloró la falsificación de informes.

Aunque no pertenece a Tepco, otra central de infausto recuerdo es Tokaimura, cercana a la anterior en la vecina prefectura de Ibaraki. En 1999, dos de sus trabajadores murieron por un fallo en la seguridad cuando estaban manipulando uranio. Cientos de personas se vieron expuestas a la radiación y millares fueron evacuadas en el que, hasta ahora, era el peor accidente en la historia de la industria nuclear nipona. Dos años antes, 37 operarios también habían sufrido bajas dosis de radiación.

Estos incidentes se suman a las críticas que, desde 1972, viene recibiendo el reactor Mark I de General Electric instalado en Fukushima. Numerosos expertos han cuestionado dicho modelo, que también funciona en una veintena de centrales estadounidenses, por una supuesta falta de robustez que podría dar lugar a fugas radiactivas.

A pesar de las explicaciones que los periodistas nipones están pidiendo a los responsables de Tepco, su consejero delegado, Masataka Shimizu, lleva «desaparecido» desde hace una semana y ha delegado toda la información en sus subordinados, quienes insisten en que «lo primero es controlar la situación en Fukushima». Cuando parecía que había pasado lo peor en dicha central, la alarma volvió a saltar ayer ante la posibilidad de una nueva explosión. El humo que emanaba de la piscina de combustible usado del reactor 3, el más peligroso por contener plutonio y uranio, obligó a evacuar temporalmente a los trabajadores que estaban intentado enfriar sus núcleos.

Este nuevo contratiempo ha vuelto a demorar la puesta en marcha del sistema de refrigeración eléctrica, que en teoría hará bajar las temperaturas de los reactores para acabar así con la amenaza de que se propague la peor nube radiactiva desde Chernóbil.

La angustia que ha generado el accidente de Fukushima no sólo en Japón, sino en todo el mundo, llevó a Yuyika Amano, máximo responsable del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA), a pedir «un refuerzo de las medidas de seguridad en las centrales nucleares».

Mientras el planeta debate la necesidad y los riesgos de la energía atómica, el Banco Mundial ha calculado que los daños por el tsunami ascenderán hasta 166.000 millones de euros y supondrán entre un 2,5 y un 4 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) nipón.