Ethelia reza ante los restos de la catedral de Puerto Príncipe mientras sostiene una foto de su hija Magdeleine, muerta hace un año en el terremoto - LUIS DE VEGA

Día de difuntos en Haití

Con la tragedia omnipresente, algunos en el país hablan de la muerte como el que va a tomar un café a la esquina

TEXTO Y FOTO: LUIS DE VEGA
ENVIADO ESPECIAL A HAITÍ Actualizado:

Los haitianos dieron muestras ayer de que, abandonados a su suerte, no les queda más que seguir poniendo su destino en manos de Dios. Puerto Príncipe vivió en calma la jornada de difuntos en que se convirtió el primer aniversario del terremoto, que causó 316.000 muertos el 12 de enero de 2010. De hecho, llevan 365 días de duelo y ayer fue otro más.

No ha salido aún el sol cuando los fieles empiezan a llegar a la explanada de la puerta de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, prácticamente destruida. El ritual se repite. Atraviesan la verja negra, giran a la derecha y elevan el rostro y las palmas de las manos en dirección al Cristo de mármol blanco que se mantiene en pie a la derecha de la nave, coronada por un enorme rosetón que hace un año rellenaba una gran vidriera.

Algunas mujeres se plantan delante de la imagen del crucificado con fotografías de sus seres queridos muertos, como Eitheliá, de 60 años, que se aferra mientras reza al rostro de su hija Magdaleine, cuya vida quedó sepultada para siempre a los 18 años.

Las hay que se ponen de rodillas; otras elevan al cielo sus manos con el rosario entrelazado en los dedos; otras piden por los que nunca van a volver y por los que se quedaron sin amparo posible. «Mi marido me ha dejado con cinco hijos. Pido que puedan sacar adelante sus exámenes», cuenta Jousne, de 39 años, con el rostro empapado de sudor y lágrimas. «¡Oh, Dios mío!», grita sin parar.

Todos de blanco

Junto a lo que queda de los muros de la catedral, varias decenas de tiendas acogen a vecinos que perdieron sus casas. Algunos aprovechan el trasiego del día tan especial para vender bebidas en neveras portátiles a los asistentes al servicio religioso. Varios limpiabotas dan lustre al calzado de los que cuidan hasta el último detalle su presencia al acto, que se celebra debajo de varias carpas blancas para combatir el calor. También el blanco, color del luto en Haití, predomina entre la ropa de los asistentes.

Entre ellos, la española sor Martina Romero, que lleva casi 40 años de misionera en Haití y describe con sorprendente frialdad, sin apenas cambiar el tono de voz, lo que fueron días terribles tras el temblor. Habla de la muerte como si fuera a irse a tomar un café al bar de la esquina. «Cuando alguien moría, le tapabas con una sábana y seguías caminando». «Pero no te quedas traumatizado, seguimos viviendo». Los haitianos «viven bajo la protección de Dios», dice para explicar la capacidad que tiene este pueblo para sobreponerse a las duras pruebas que le depara el destino. «El que nada tiene, reparte. Con una galleta pasan todo el día».

Esa conexión divina —y el coche blindado que soportó el peso del muro— es la misma con la que se explica que el embajador español, Juan Fernández Trigo, esté hoy vivo para contarlo. Fue su mayordomo, Severe Lonet, el que halló fuerzas en su fe para sacar de los escombros a su jefe. «Espéreme», le gritaba Lonet al diplomático mientras se le acercaba gateando entre los restos de la casa, según relata de manera emotiva. «Lo vi allí en el suelo, con una viga en el brazo y salí a la calle a pedir ayuda».

«Soy cristiano y me puse a rezar, a pedir a Dios que me diera fuerzas. Fue Él el que me dio finalmente la oportunidad de salvarlo», recuerda junto a Fernández Trigo, que estuvo de baja cuatro meses y todavía hoy se toca la mano al explicar que no está del todo recuperado. Podía no haberlo contado porque «aquellas dos horas que estuve allí debajo hubo muchas sacudidas. Me salvó el coche blindado», afirma.

Lonet y el embajador no son los únicos que reviven aquellos días milagrosos para unos y nefastos para otros. Varios de los bomberos que volaron desde España para llevar a cabo rescates en los primeros días han regresado en este primer aniversario. Se han encontrado incluso con aquellos a los que salvaron la vida.

Óscar Vega, de 33 años, se emociona al recordar el momento en el que sacaron a la luz a Redji, un niño con el que han celebrado en Puerto Príncipe su tercer cumpleaños y cuyo rostro cubierto de polvo fue portada en diarios de todo el mundo.

Vega, junto a otros compañeros de los bomberos de Castilla y León, participa estos días en el rodaje de una película documental sobre aquel rescate. Han viajado a Haití de la mano de la productora española Six birds, que con celo trata de impedir que los medios de comunicación que hicieron famoso al niño se reencuentren con él. «No quiero entrar en que ellos no dejen verlo», dice el bombero tratando de lavarse las manos ante las preguntas de este periodista. Una especie de secuestro, el de Redji, que muestra la cara más sucia de este Haití que sigue sumido en el caos un año después.