La dificultad de enjuiciar a toda una guerra

La matanza perpetrada en Kandahar pone a prueba, una vez más, las limitaciones de la Justicia militar de Estados Unidos ante delitos de soldados

Actualizado:

Lawrence de Arabia, al hilo de sus cinematográficos esfuerzos para derrotar al Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, argumentó que la lucha de ejércitos regulares contra insurgentes era «lenta y sucia, como comer sopa con un cuchillo». Esta metáfora, tan afilada como confirmada por más de un siglo de conflictos armados, ilustra el hecho de que cuanto más tiempo se prolonga este tipo de guerras asimétricas, mayor es el riesgo de que ocurran barbaridades como el asesinato de al menos 16 civiles, incluidos varios niños, perpetrado este domingo por un soldado de Estados Unidos destinado en un distrito rural del sur de Afganistán.

Para el Pentágono y la Casa Blanca, la matanza ocurrida en la zona de Panjwai pone a prueba su sistema de justicia militar. Más allá de las lógicas sospechas sobre la competencia mental de este «Rambo» para hacer frente a sus responsabilidades penales, lo cierto es que resulta imposible plantear un proceso castrense de este tipo sin enjuiciar también los once años de guerra en Afganistán.

El ejemplo clásico es Vietnam y la sumaria ejecución de medio millar de hombres, mujeres y niños en la villa de My Lai llevada a cabo en 1968 por una pequeña unidad de soldados americanos —la infame compañía «Charlie»— al mando del teniente William L. Calley. A pesar de la formulación de cargos contra una veintena de uniformados, solamente el teniente fue condenado en 1971 a cadena perpetua. Y la sentencia fue conmutada por el presidente Richard Nixon a poco más de tres años de arresto domiciliario. Pero el repugnante caso sí consiguió multiplicar la oposición dentro y fuera de Estados Unidos a la guerra en Vietnam, además de legitimizar al enemigo insurgente y entorpecer cualquier esfuerzo para ganar «corazones y mentes» entre la población civil.

Ayer, el presidente afgano Hamid Karzai, pese a las interpelaciones directas de Obama, habló de un asesinato que «no puede ser perdonado».

Parte de la dificultad de un proceso de este tipo en Estados Unidos es que los superiores del militar acusado participan en la decisión de iniciar su enjuiciamiento, lo cual plantea desde generosas dosis de comprensión a conflictos de intereses. El camino es bastante tortuoso antes de llegar a un tribunal con un jurado uniformado, la posibilidad de contratar a defensores civiles y beneficiarse de toda clase de garantías procesales.

Sin salir del capítulo de crímenes perpetrados por militares del Pentágono en la provincia de Kandahar (cuna de los talibanes), sirve de ejemplo el sargento Calvin Gibbs. Acusado de matar y mutilar a varios civiles afganos «por diversión», fue condenado el año pasado a otra ejemplar cadena perpetua por múltiples delitos de asesinato, asalto y conspiración. Pero en su caso, con la posibilidad de salir a la calle en menos de diez años.