Austria enseña memoria histórica
El ataúd de Otto de Habsburgo pasa frente al palacio Hofburg, en Viena - AP

Austria enseña memoria histórica

A los 93 años de caer la Monarquía, Austria dio ayer una lección al mundo de cómo asumir toda la propia historia, de cómo superar leyes que la cercenan. De cómo no ser sectario

RAMÓN PÉREZ-MAURA
ENVIADO ESPECIAL A VIENA Actualizado:

¿Quién pide entrar aquí?», demandó el custodio de la Cripta Imperial de los Capuchinos de Viena. Entre el tañir de campanas y el sepulcral silencio de la multitud congregada a la puerta de la Iglesia surgió la voz del heraldo: «Otto de Austria; que fuera Príncipe Heredero de Austrohungría, Príncipe de Bohemia, de Dalmacia, de Croacia, de Eslavonia, de Galitzia, de Lodomeria y de Iliria; Gran Duque de Toscana y de Cracovia; Duque de Lorena, de Salzburgo, de Estiria, de Carintia, de Krajina y de Bocovina; Gran Príncipe de Transilvania; Margrave de Moravia; Duque de la Alta y Baja Silesia, de Módena, Parma, Piacenza y Guastalla, de Auschwitz y de Zator, Ciesyn, Friuli, Ragusa y Zadar; Conde de Habsburgo y del Tirol, de Kyburgo, Gorizia y Gradisca; Príncipe de Trento y de Bresanona; Margrave de la Alta y Baja Lusacia y de Istri; Conde de Hohenembs, de Feldkirch, Bregena y Sonnenberg; Señor de Trieste y de las Bocas de Cotor; Gran Voivoda de la Voivodía de Serbia.»

El custodio de la Cripta Imperial negó. «¡No lo conocemos! ¿Quién pide entrar aquí?» El heraldo probó con una retahíla de títulos más prosaicos: «El doctor Otto de Habsburgo, quien fuera presidente de la Unión Paneuropea, miembro y presidente de edad del Parlamento Europeo (...) poseedor de los más altos reconocimientos del Estado y la Iglesia por su larga lucha por la libertad del pueblo y por el imperio de la Ley y la Justicia». Del interior, idéntica respuesta. «No lo conocemos. ¿Quién pide entrar?» Al fin el heraldo, como otros antes que él, se humilló ante el Creador y proclamó, «¡Otto, un humilde pecador!». Y las puertas de la iglesia en cuya cripta están enterrados otros 145 miembros de la Familia Imperial se abrieron para acoger sus despojos.

Antes, en un funeral que fue de Estado en todo menos en el nombre, toda Europa estuvo presente. Del Rey de Suecia a la Infanta Cristina; del presidente de Georgia al primer ministro de Croacia, del ministro de Exteriores checo —Príncipe Schwarzenberg— al Rey y ex primer ministro búlgaro, Simeón II.

El féretro del Archiduque marchó por las calles de Viena en una procesión de 1.500 metros constantemente flanqueada por multitud de espectadores. Al cruzar la Stephanplazt la artillería austriaca rindió honores disparando veintiún salvas. Precediendo el féretro marcharon ocho caballeros del Toisón de Oro entre los que había un español, el Príncipe Kubrat de Bulgaria, además de los Príncipes Hugo Windisch-Graetz —marido de Sofía de Habsburgo— y Miguel de Liechtenstein, cuya madre, Isabel, hermana menor el difunto, nació como hija póstuma del Emperador en el Palacio de El Pardo en 1922, en las primeras semanas del exilio español de la Familia Imperial. Con ellos y portando el collar del Toisón de oro del fallecido, un oficial del Ejército alemán, Severin Meister, nieto del difunto. Tras el féretro, el jefe de la Familia Imperial, el Archiduque Carlos con su Mujer, Francesca y sus hijos, Fernando, Eleonora y Gloria.

En un país en el que no es legal el uso de títulos de nobleza —cuánto menos de realeza— el presidente de la República y el canciller, los socialistas Heinz Fischer y Werner Faymann, participaron en un acto de exaltación del mayor símbolo de la austricidad: la Monarquía habsbúrgica. Ayer, en Viena quedó claro que no hace falta reescribir la historia a golpe de legislación ilegítima.

Viendo al presidente Fischer ante el féretro del Archiduque Otto era imposible no evocar las palabras de José María Pemán en sus «Cartas a un escéptico en materia de formas de gobierno» cuando sostiene que «al lado del Carlos V de Tiziano, un presidente de república tiene también, ¿verdad?, un cierto aire de retorno, no diré que hacia el jefe de tribu, pero sí al alcalde pedáneo o el juez de paz.» En todo caso, al final de la Misa de réquiem, la catedral se llenó con el cantó atronador del himno imperial «Gott erhalte...». El presidente Fischer no parecía nada disgustado...