Asesinado el negociador de la paz con los talibanes
Policías afganos vigilan frente al domicilio de Rabbani tras su asesinato

Asesinado el negociador de la paz con los talibanes

Burhanudín Rabani, ex presidente de Afganistán, murió en su domicilio en un atentado con turbante-bomba perpetrado por «un falso mensajero»

JERUSALÉN Actualizado:

Turbante bomba. El último invento suicida de la insurgencia afgana acabó con la vida del ex presidente Burhanudin Rabani y al menos cuatro de sus colaboradores, según fuentes policiales afganas. Como en el funeral del hermano del presidente Hamid Karzai en julio, los talibanes volvieron a usar la misma táctica para llevar a cabo su ataque. Rabani, mítico líder yihadista tayiko, era responsable desde hace un año del Consejo Supremo para la Paz —órgano creado para mediar con la insurgencia— y en el momento del ataque se encontraba reunido con dos talibanes en su mansión cuando uno de ellos hizo explotar la carga que llevaba escondida en su turbante en el momento de estrecharle la mano.

Una semana después de que un comando yihadista mantuviera un ataque de 20 horas de duración en el centro de Kabul, los insurgentes volvieron a demostrar su capacidad para llegar al corazón del país, penetrar en la supuesta «zona verde» de máxima seguridad y golpear. El presidente Hamid Karzai canceló su viaje a Nueva York y tras condenar los hechos inició el retorno a Afganistán. Barack Obama, que había mantenido un breve encuentro con su homólogo afgano, también tuvo palabras de rechazo, pero indicó que «no impedirá que EE.UU. mantenga su apoyo a Afganistán en su transición hacia la libertad», es decir, que pase lo que pase mantienen sus planes de retirada para 2014.

Pasado yihadista

Líder de la formación política Jamiat Islami, Rabani fue el primer presidente del país (1992-1996) no pashtún. En la década de los ochenta fue elegido por EE.UU. y Pakistán como uno de los siete comandantes muyahidines encargados de dirigir la yihad contra la URSS, pero durante todo el conflicto optó por permanecer en la retaguardia de Peshawar y delegar en sus dos grandes comandantes de campo, Ahmed Sha Massud e Ismael Jan. Experto en sharia (ley islámica) y con fama de islamista moderado, fue la cabeza visible de la Alianza del Norte que más adelante se convertiría en el brazo ejecutor del Ejército americano sobre el terreno para expulsar a los talibanes. Pese a sus críticas a Karzai, el presidente le colocó al frente del Consejo con la esperanza de que su pasado yihadista le sirviera para contactar con los antiguos comandantes que no reconocen la autoridad de Kabul. Pero no ha podido terminar su trabajo. La elección fue controvertida ya que pocos confiabas en que los auténticos talibanes —de etnia pashtún, la mayoritaria en el país— aceptaran negociar con un tayiko al que siempre han visto de la mano de EE.UU. Aunque como herencia de su paso por el Consejo deja fuertes críticas a las fuerzas extranjeras a las que acusó de estar detrás de la inestabilidad en el país.

El equipo de 68 personas que conforma este Consejo (comandantes de la yihad, jefes tribales, representantes del Gobierno y ex altos funcionarios del régimen talibán) tenía dos grandes objetivos que con la desaparición de Rabani parecen esfumarse. El primero es puramente económico: lograr la reintegración de miles de insurgentes a través del pago de sueldos mensuales a cambio de que abandonen la lucha. La previsión de los responsables de seguridad del país elevaba hace un año a 36.000 el número de militantes que podrían dejar las armas en un año si el plan sale adelante. Se trataría de combatientes comunes que luchan contra las fuerzas afganas e internacionales por motivos económicos, no ideológicos. En el otro extremo se encuentra el desafío de enterrar las disputas con los tres grandes grupos de la oposición —talibanes de la shura de Quetta, grupo Haqqani y Hizb Islami Hekmatiar— que mantienen su negativa a posibles acuerdos mientras permanezcan las tropas extranjeras. Precisamente la lucha interna entre estos grupos, que estarían buscando ganar fuerza ante la salida de las tropas extranjeras del país, es uno de los factores que expertos y analistas destacan como posible causa del incremento de la violencia desde que Obama anunció la retirada.

Este atentado pone en entredicho la capacidad de las fuerzas afganas de garantizar la seguridad de la ciudad. El «anillo de acero» del que hablan los expertos europeos hace aguas cada vez con más frecuencia.