Y de los árabes, ¿qué?

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Huele que apesta. Mucho meterse con el embajador de EE.UU. en Madrid, ríos de tinta sobre las confidencias atolondradas de unos políticos a la hora del café o de la copa, titulares a mansalva sobre el sonrojante doble rasero del Gobierno Zapatero en el «caso Couso», pero de los árabes ni un breve.

Y no es pecata minuta, porque son ellos —los piadosos y multimillonarios emires del petróleo— quienes financian a manos llenas a Al Qaida y a varias de sus siniestras franquicias. Eso, al menos, es lo que cree alguien tan bien informado como Hillary Clinton.

Es casi seguro que la secretaria de Estado, si le preguntan por el tema, mire para otro lado, pero entre los miles de papeles difundidos por Wikileaks figura un despacho suyo de 2009 en el que se afirma que Arabía Saudí es «la fuente de financiación económica más importante de los grupos terroristas suníes en todo el mundo».

En una nota enviada a varios embajadores estadounidenses, destacados en países musulmanes, la señora Clinton explica que las autoridades saudíes se toman muy en serio las amenazas terroristas dentro de su territorio, pero hacen la vista gorda en lo que se refiere a las millonarias recaudaciones, destinadas a los amigos de Bin Laden, los talibanes afganos, Hamás, Hizbolá y otros de similar catadura, durante el Ramadán y sobre todo, aprovechando el Haij, la masiva peregrinación anual a La Meca.

Y no sólo los saudíes pecan de tolerantes con los facinerosos. También juegan a dos barajas los gerifaltes de Emiratos Arabes Unidos y los mandamases de Qatar o Kuwait, estados a los que Al Qaida sigue usando como fuente de divisas, zona de tránsito y lugar de reposo.

¿No es todo esto mucho más gordo, grave y trascendente que lo que opine a la hora de la sobremesa Trinidad Jiménez del Gorila Chávez?