Víctimas del odio en Cataluña

Los guionistas de la infamia han tenido que renunciar a convertir los actos del 17-A en un mitin antimonárquico y antiespañol

Isabel San Sebastián
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Las cosas se nos han ido tanto de las manos en Cataluña que resulta necesario precisar a quien me refiero con este titular, porque el número de aludidos es enorme. La principal característica del fanatismo, sea cual sea su apellido, es que incita a sus adeptos a odiar a quienes no comparten doctrina. Y desgraciadamente el fanatismo es un mal que asola con virulencia esa querida región. Fanatismo islamista, fanatismo nacionalista, fanatismo populista... la antítesis del «seny» y la apertura de miras que caracterizaron a Cataluña hasta hace no mucho tiempo.

Víctimas del odio supremacista alimentado por el separatismo somos el conjunto de los españoles conscientes y orgullosos de serlo, empezando por los que residen en dicha comunidad autónoma y se niegan a doblegarse a los dictados independentistas. O sea, los millones de ciudadanos que nos escandalizamos hasta la náusea, hace ahora un año, al contemplar el obsceno espectáculo de manipulación orquestado por los dirigentes de la Generalitat con el fin de convertir una manifestación de solidaridad con las víctimas de un atentado en un acto de exaltación soberanista. El grado de vileza requerido para llevar a cabo tan infame utilización del terrorismo es tan elevado que no existían precendentes, ni siquiera en el larguísimo historial de barbarie etarra y posterior «cosecha de nueces» peneuvista. Nunca la instrumentalización de una masacre con fines políticos fue tan burda y produjo tal repulsión. Tanta, que hasta los propios guionistas de la infamia han tenido que dar marcha atrás y renunciar a su intención inicial de transformar la conmemoración del primer aniversario de esa matanza yihadista en un mitin antimonárquico y antiespañol. Semejante bumerán les habría reventado la cara. Por eso, y no por un sentido del pudor que les es ajeno, los cabecillas del movimiento independentista anuncian su disposición a respetar el luto de una nación unida contra la brutalidad islamista y abstenerse de aprovechar la ocasión para llevar agua a su molino. Está por ver si la conveniencia les lleva a mantener una compostura que la mínima decencia exigible a un cargo público no fue capaz de garantizar en su momento.

Mañana, en Barcelona, si todo va como debe ir, España entera, representada por el Rey de todos, honrará la memoria de las únicas víctimas merecedoras de protagonismo en un día tan tristemente señalado; esto es, las que murieron asesinadas por los terroristas, los heridos y, por supuesto, todas las que perdieron a un ser querido a manos de esos criminales envenenados de odio al «infiel». Ellas son nuestras víctimas inocentes. Equiparar su situación a la de los familiares de los asesinos, como se hizo en los días siguientes al de los atentados, obedeciendo a la dictadura de lo políticamente correcto llevado al extremo, no solo es profundamente injusto, sino que constituye una traición a su memoria. Hay un momento y un lugar para cada duelo y desde luego el de los hijos de los asesinados no puede concidir con el de los padres de los asesinos. Va contra natura.

Queda mucho por investigar de esa jornada aciaga y sus prolegómenos. Múltiples indicios llevan a pensar que, si la policía autonómica hubiese actuado con más profesionalidad y menos sectarismo, contando con los cuerpos y fuerzas de seguridad nacionales, tal vez se habría podido evitar la catástrofe. Pero tiempo habrá para realizar esa tarea, si es que el Gobierno se atreve a cumplir con su ineludible deber de esclarecer lo ocurrido. Mañana es el día de las víctimas. Nuestras víctimas. Los inocentes abatidos por el odio fanático del yihadismo.

Isabel San SebastiánIsabel San SebastiánArticulista de OpiniónIsabel San Sebastián