Un grupo de turistas visita el campo de entrenamiento de Caliber 3
Un grupo de turistas visita el campo de entrenamiento de Caliber 3 - ABC

Turistas preparados para un ataque terrorista

Empresas israelíes ofrecen cursos de dos horas a civiles de todo el mundo para enseñarles a cómo actuar si se ven envueltos en un ataque terrorista

JerusalénActualizado:

«Por desgracia, con atentados como el de Barcelona suele aumentar el interés hacia las compañías de seguridad como la nuestra. A nivel de cifras es pronto para cuantificarlo, pero está claro que la gente llega mucho más motivada», afirma con seriedad Yoav Flayshman detrás de sus gafas de sol, con su camiseta negra de Caliber 3 y sus pantalones verde oliva. No tiene tiempo que perder con explicaciones porque el segundo grupo de turistas del día está a punto de llegar al campo de entrenamiento que la empresa para la que trabaja ahora como responsable de relaciones externas, Caliber 3, tiene muy cerca del asentamiento de Efrat, al sur de Jerusalén y en plenos territorios ocupados. Se trata de turistas llegados de México, Estados Unidos y Brasil que han contratado un curso antiterrorista de dos horas, el producto estrella en unas instalaciones que en 2016 recibieron a más de 25.000 turistas y que este año esperan mejorar la cifra.

Esta especie de «turismo antiterrorista» se ha puesto de moda en Israel y esta es una de las empresas pioneras por el realismo de sus actividades, el uso de fuego real y los mensajes sionistas que los monitores, exmilitares de las fuerzas especiales del Ejército, lanzan a los recién llegados para demostrar «los valores morales de nuestros Ejército». La mayoría de los clientes son turistas que buscan algo más que disfrutar de la noche de Tel Aviv, rezar en el muro o bañarse en el Mar Muerto durante su viaje a Tierra Santa y en Caliber 3 pueden encontrarlo. Esta experiencia de iniciación cuesta 100 euros para los adultos y 80 euros para los menores de 18 años, que en lugar de armas de fuego disparan con escopetas de Paint Ball.

El entrenamiento arranca con una charla de veinte minutos en la que los turistas dejan en la puerta su condición de civiles para convertirse en reclutas. Un militar vestido a lo Rambo se dirige a gritos a una audiencia de treinta personas que van desde los casi dos añitos del pequeño Abraham, hasta los setenta de sus abuelos. «No importa la edad porque todos somos víctimas potenciales del terror», explican los organizadores, mientras Abraham se tambalea por el pasillo central de la sala ajeno a las explicaciones sobre las distintas instalaciones de la empresa, hasta el mensaje final sobre la importancia del «orgullo judío. Esta tierra es de los judíos y debemos aprender a defenderla». El auditorio rompe a aplaudir y empieza un vídeo al ritmo de «Shoot To Thrill» (Dispara para emocionar), del grupo ACDC, en el que se muestran algunas partes del entrenamiento que les espera.

Máximo realismo

El grupo llega al pabellón número 6, donde espera el capitán Eitan Cohen, que es pura energía. Sin tiempo al descanso arranca la primera actividad. Cohen pide a los turistas que imaginen que están dando un paseo por un mercado. De pronto, se produce un ataque y salen de la nada seis hombres uniformados que disparan hasta vaciar sus cargadores contra unas dianas que son los supuestos agresores. El susto es monumental. Abraham no para de llorar en los brazos de su madre. La abuela toma aire y se le cae una lágrima de emoción. Para Isaac Maleh la sorpresa es menor porque es la segunda vez que viene a este curso. Está en silla de ruedas desde que unos atracadores le dispararon en México DF, pero eso no le han impedido regresar a Caliber 3 porque «estando como está el mundo, un terrorista puede aparecer en cualquier momento y en cualquier ciudad y hay que estar preparado». Isaac pregunta al entrevistador los últimos detalles de la investigación sobre los atentados de Barcelona y Cambrils y se interesa sobre si hay judíos entre las víctimas.

«¿Han visto lo que pasa en un ataque, han visto la confusión, el caos? ¿Lo han visto? ¿Lo han visto?», pregunta a gritos el capitán Cohen a una audiencia aturdida. «No disparamos por disparar, nuestro objetivo es proteger vidas, defender a los débiles de los terroristas», señala en tono más conciliador a un grupo que le rodea a la espera de la siguiente actividad. El exmilitar habla y habla. «Estamos para salvar vidas, no para matar, estamos para…» cuando va a terminar la frase uno de los monitores armado con un cuchillo de plástico intenta apuñalar a la abuela del grupo al grito de «Alau Akbar» (Dios es grande). El resto de militares lo inmovilizan de forma inmediata ante el estupor de la anciana, del pequeño Abraham y los participantes, que se han llevado otro gran susto ante el realismo de la escena.

Después de los dos sobresaltos, los ánimos se relajan con la exhibición de un perro de ataque, pero el termómetro no tarda en volver a subir con el ejercicio más esperado: la práctica de tiro. El grupo se divide en columnas y primero ensaya con armas de madera las distintas posiciones y cuando llega el momento de disparar todos gritan «esh, esh, esh» (fuego en hebreo). Hasta Abraham tiene su propia escopeta de madera. «Tienen que aprender desde chiquitos, es importante que sean conscientes de los peligros desde muy chiquitos», explica Toni Mustri, empresario mexicano que se toma muy en serio cada minuto del entrenamiento. Alguno bromea con la escopeta de madera y el monitor ordena a todo el grupo una serie de flexiones como castigo.

Los ex militares indican al periodista que no está permitido tomar imágenes de una práctica de tiro que se realiza con rifles estadounidenses Ruger del calibre 22. «Es un arma de pequeño calibre que en Israel usamos cuando no queremos hacer mucho daño al enemigo, para disparar a las piernas, por ejemplo», explica Flayshman en el transcurso de un ejercicio en el que todos, mayores y pequeños, con sus escopetas de Paint Ball, ponen toda su atención.

Cuando callan las armas es momento para el resumen final. «Usar la fuerza es una pena, pero es nuestra obligación» o «fuera de este tipo de cursos, mucha precaución si tienen que empuñar un arma», para concluir con la pregunta: «¿Han disfrutado?» A la que todos responden, con sus diplomas bajo el brazo que acreditan su paso por el curso anti-terrorista: «Sí». Algunos más que otros. Abraham por fin se relaja y está adormilado en los brazos de su madre. Parece que los sustos han terminado. La realidad es aún mucho más cruda.