Trump se pone a la defensiva en su guerra contra la prensa

El boicot a la cena de corresponsales es el último capítulo de la escalada de hostilidades del presidente de EE.UU. hacia la prensa. En el pasado, su relación fue muy distinta

CORRESPONSAL EN NUEVA YORKActualizado:

Donald Trump reescribió los manuales de cómo ganar una elección presidencial y, ya en la Casa Blanca, pretende hacer lo mismo con la gestión de la presidencia de EE.UU. Su estrategia incluye la guerra total contra los medios de comunicación, una de las columnas sobre las que se sostiene el milagroso experimento democrático de EE.UU., un país que, a pesar de sus defectos e imperfecciones, ha vivido regido por el autogobierno desde su nacimiento a finales del siglo XVIII. En su ascenso a la Casa Blanca, la relación de Trump con los medios ha vivido todos los estados posibles: la ha criticado, alabado, desprestigiado y utilizado con gran acierto. Desde su llegada al poder, la hostilidad ha dominado la relación, hasta llegar a calificar a la prensa como «la enemiga del pueblo».

El último movimiento es a la defensiva: el sábado por la noche anunció que no asistiría a la tradicional cena organizada por la Asociación de Corresponsales en Washington, prevista para el próximo 29 de abril. Es un acto anual en el que los dos bandos de la información política -la prensa y la Administración- se dan un respiro para tratar, con humor, las fricciones del día a día en Washington. Esa noche las puyas se reparten con generosidad y se encajan con deportividad. Que Trump no esté para bromas es solo el símbolo de lo deteriorada que está su relación con los medios. «¡Os deseo a todos lo mejor y que paséis una gran noche!», dijo el presidente por Twitter cuando anunció su ausencia, con cierta retranca, como el niño que se despide de sus amigos con un «que os lo paséis muy bien sin mí» y se lleva el balón de fútbol.

«Es naif que pensemos que podemos estar ahí un par de horas y pretender que no hay tensión», justificó ayer Sarah Huckabee Sanders, portavoz de la Casa Blanca, en la cadena ABC. «No hay motivos para que él vaya y se siente y haga como si fuera cualquier otro sábado noche».

Cancelación de actos

La renuncia de Trump se produce después de que varios medios hubieran decidido cancelar actos previstos alrededor de la cena. Vanity Fair y Bloomberg, que suelen organizar una fiesta posterior a la cena, plagada de famosos y políticos, decidió no celebrarla este año. Lo mismo hizo la revista ‘The New Yorker’ con una celebración previa a la cena. En ambos casos lo hacían como protesta al tratamiento que Trump está dando a los medios de comunicación.

Trump entendió que pintarse a sí mismo como un perseguido por los medios de la progresía, funcionaba muy bien

El boicot a la cena de corresponsales es el último ejemplo de la escalada de hostilidad del presidente hacia la prensa. En los inicios de la campaña presidencial, cuando a Trump se le veía más como un provocador y a su candidatura como una estrategia publicitaria para su propia marca, los medios fueron su trampolín. La prensa amplificaba sus discursos con tono racista, sus salidas de tono, repetía hasta la extenuación sus insultos a periodistas y a otros candidatos. Después, Trump entendió que las críticas a la imparcialidad de la prensa, el pintarse a sí mismo como un perseguido por los medios de la progresía, funcionaba muy bien en el electorado de la América profunda. Tanto o más que los ataques a Hillary Clinton. En la recta final de las elecciones, con Steve Bannon -bastión de la extrema derecha de EE.UU. desde la plataforma de medios Breitbart- al frente de la campaña, esos ataques se redoblaron. La prensa era el enemigo.

Muchos -sobre todo en las corrientes moderadas del partido republicano- veían en esto una refriega propia de la pelea electoral. Una vez en la Casa Blanca, Trump actuaría como el eficiente hombre de negocios que ha demostrado ser en su carrera empresarial. Pero Trump nunca se mostró «presidenciable» ni como candidato en las primarias, ni como nominado del partido, ni cuando llegó a la Casa Blanca. Nada más jurar el cargo, aseguró estar «en guerra» con la prensa. En esos días, Bannon, ya como estratega jefe de la Casa Blanca, dijo que la prensa era «el partido de la oposición» y que lo mejor que podría hacer era «cerrar la boca».

En poco más de un mes en el poder, ha quitado la palabra a periodistas por ser de medios que no son afines, ha dedicado buena parte de sus discursos y mítines políticos a atacar a la prensa, ha señalado a medios específicos en mensajes en Twitter y ha llegado a vetar a varios medios en una comparecencia del portavoz.

La frustración de Trump

La sensación es que Trump no puede controlar a la prensa -un señal de salud democrática- y no sabe cómo gestionar esa frustración. Su presidencia ha tenido un comienzo turbulento, marcado por las relaciones de su equipo antes y después de la campaña con Rusia -injerencias en las elecciones para favorecer a Trump, las conversaciones de Michael Flynn sobre sanciones, los intentos de la Casa Blanca para negar esas relaciones- y por una ambiciosa agenda política que ha encontrado mucha oposición, desde el veto migratorio a las nuevas directivas sobre deportación de indocumentados. La maraña de relaciones entre la prensa política de Washington y los veteranos de la Administración federal o los agentes de la inteligencia ha supuesto un aluvión de filtraciones que Trump no puede contener. Esta semana las ha criticado con dureza, quizá porque no puede controlar a los medios, como hacía en el pasado.

«Trump filtraba informaciones sobre él mismo y luego se enfadaba si no se publicaban exactamente como quería»

Los reporteros de la prensa rosa neoyorquina se acuerdan de cómo Trump utilizaba las filtraciones a su antojo, cuando era una estrella de los tabloides, entre separaciones, amoríos y nuevos rascacielos. «Filtraba informaciones sobre él mismo y luego se enfadaba si no se publicaban exactamente como él quería», recordó a ‘The New York Times’ Linda Stasi, que siguió de cerca el turbulento segundo matrimonio de Trump, con Marla Maples. «Ahora está en ‘shock’ porque no puede controlar a la prensa».

En aquella época Trump diseminaba rumores, hablaba ‘off the récord’ con los periodistas para controlar los artículos e incluso se hacía pasar por agentes de prensa, forzando un acento e inventándose nombres como John Miller o John Barron, para filtrar información. «Yo pensaba que como presidente tendría más aguante», aseguró al diario neoyorquino otro veterano de aquella época, George Rush.

Se sabe que Trump es un obseso de la prensa. La lee de forma compulsiva, siempre en papel -pide que impriman los artículos que solo aparecen ‘online’-, anota las informaciones y memoriza los nombres de los periodistas que no le gustan. En la Torre Trump de Nueva York tiene una sala de reuniones repleta con portadas en periódicos y revistas con su cara.

Fake news

Ahora, ante la imposibilidad de controlarla, ha convertido la prensa en el enemigo. Su expresión «fake news» («medios falsos») es quizá lo que más ha repetido en el mes que lleva en la Casa Blanca. Ayer mismo dedicó dos ataques en Twitter. Uno de ellos a ‘The New York Times’. El otro podía ser un resumen de la visión política ‘trumpista’: «Lo que se dice de Rusia es ‘fake news’ creado por los demócratas y amplificado por los medios, para ocultar la gran derrota electoral y las filtraciones ilegales». Una postura muy lejana de la de su antecesor y padre fundador del país, James Madison, para el que un Gobierno sin prensa independiente era «el prólogo de una farsa o de una tragedia». El EE.UU. de Trump va, de momento, camino de la tragicomedia.