Pedro Rodríguez - DE LEJOS

La trampa de Huntington

La violencia extremista no debería eclipsar la realidad cada vez más multicultural del mundo moderno

Pedro Rodríguez
Pedro Rodríguez
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Las incertidumbres acumuladas hacia el final de la Guerra Fría en 1989 inspiraron todo un esfuerzo intelectual por anticipar cómo sería el mundo tras la implosión del comunismo. Francis Fukuyama habló en 1992 del «fin de la historia» (salvo para Putin) y planteó el inevitable triunfo de la economía de mercado y la democracia liberal, sin mucho más margen para la lucha de clases, revoluciones e incluso guerras.

Samuel Huntington, el politólogo de Harvard, formuló en 1993 su propio paradigma en forma de «choque de civilizaciones». A su juicio, los conflictos de la postguerra fría no estarían basados en ideología sino en civilizaciones/culturas irreconciliables. Según el académico fallecido en 2008, la humanidad no comparte ni una misma civilización ni los mismos valores universales.

Para Huntington, la más problemática de todas las civilizaciones era la islámica. Según un análisis en el que cuesta encajar cuestiones como las primaveras árabes, el mundo islámico no compartiría los mismos planteamientos que el mundo occidental y su cultura sería incompatible con ideales liberales fundamentales como el pluralismo, el individualismo o la democracia. Ya que la principal vinculación y vertebración del mundo musulmán es la religión, no sus respectivas naciones-estado marcadas por fronteras sangrientas.

Huntington recomendaba mantener distancias, con la advertencia de que cuanto más se entremezclen la civilización occidental y la musulmana, peor serán las tensiones. Una conclusión muy difícil de encajar con la realidad cada vez más multicultural y cosmopolita del mundo moderno, en el que toda clase de sociedades insisten a diario en refutar el peligroso prejuicio de que diferentes religiones no pueden convivir y funcionar juntas.

En última instancia, los más fervientes creyentes en el «choque de civilizaciones» son los extremistas más radicalizados, ya sea un australiano supremacista en Nueva Zelanda o un delincuente turco en Holanda reconvertido en islamista. Y nadie más allá de estas excepciones aberrantes, envilecidas por la violencia y el oportunismo político, debería fomentar la patraña de un conflicto tan mortal como inevitable entre el islam y occidente.

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