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Toque de queda en Miami por la violencia juvenil

Los menores de 18 años no podrán deambular después de las 11 de la noche por las calles de la ciudad de Florida

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Suena a levantamiento militar en blanco y negro, a zona de guerra, a la llegada de un huracán. Pero el toque de queda es también una realidad habitual para jóvenes de barrios desfavorecidos en ciudades de EE.UU. En las cuatro esquinas del país, de Boston a Oakland y de Nueva Orleans a Chicago, las ordenanzas municipales exigen a los menores de 18 años que no deambulen por las calles de madrugada. Es un intento de controlar la violencia que desangra a los barrios desfavorecidos, donde la pobreza y las armas corren como la pólvora.

El último ejemplo es Miami. La ciudad de Florida no es la de las palmeras de South Beach, los deportivos, las mujeres recauchutadas y los clubs pijos cuando se entra en barrios como Liberty City o Miami Gardens. Aquí campan las pandillas violentas a sus anchas, alimentadas por chicos que caen en el ciclo de la pobreza, las familias desestructuradas, la droga y las armas.

Desde esta semana, las autoridades se han propuesto vigilar el cumplimiento del toque de queda para menores en un intento de mitigar la ola de violencia que sufren algunas zonas de la ciudad. A partir de las once de la noche, y hasta las seis de la mañana, no podrán estar fuera de casa sin compañía de sus padres o tutores. Los fines de semana, las autoridades permiten una hora más de libertad, hasta la medianoche.

La limitación horaria no es nada nuevo en Miami. La regla es muy antigua, pero las autoridades no se esfuerzan por hacerla cumplir. Solo cuando se producen oleadas de violencia se recurre a vigilar el toque de queda. Es el caso actual, después de sucesivos tiroteos el pasado fin de semana. En Little Havana, el tradicional barrio cubano, murieron tres personas en un incidente descrito como asesinato-suicidio. Las balas también silbaron en Miami Gardens, donde dos hombres tuvieron que ser llevados al hospital, mientras que una persona perdió la vida en otro tiroteo en Opa-Locka. El jueves, un adolescente fue herido en otro barrio duro, Homestead.

Desde ayer, carteles enormes en las autopistas anuncian a la población de que el toque de queda se va a hacer cumplir. Es una advertencia a los chicos, pero también a sus padres. Si los jóvenes están por la calle de madrugada sin oficio ni beneficio -hay excepciones a la norma, como ir al trabajo, desplazarse en una autopista, ir a comprar algo con el consentimiento expreso de los padres- «serán detenidos y llevados a casa, a una comisaría de Policía o a un centro de detención apropiado, donde se les dará una cita sobre violación de toque de queda y se notificará a sus padres», explican las autoridades. Si se rompe el toque de queda tres o más veces, los padres o sus tutores tendrán que aparecer ante las autoridades y recibirán una multa de hasta 500 dólares.

La medida va acompañada de un plan para impulsar modelos de comportamiento entre los jóvenes y apoyar a quienes quieran salir de la violencia de las pandillas. Pero parece poco más que un parche en el pozo de pobreza y marginalidad que atrapa a los barrios duros estadounidenses.