José M. de Areilza - JOSÉ M. DE AREILZA - MONNET & CO.

Theresa en el balcón

Cada vez que ofrecía algo a los tories antieuropeos, estos respondían con más radicalidad, dispuestos a saltar animosos al precipicio del «no acuerdo»

José M. de Areilza
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La dimisión de Theresa May multiplica la incertidumbre en la política británica. La primera ministra ha dado muestras de una tenacidad y una determinación extraordinarias. Se va después de haber concluido contra viento y marea un difícil acuerdo de retirada con la UE, una negociación en la que Londres jugaba con las reglas en contra y su propio gabinete se iba deshaciendo tras cada concesión a Bruselas. Pero no ha sabido rematar su jugada y conseguir la ratificación del Parlamento. La obstinación de esta émula poco exitosa de Margaret Thatcher ha sido también la fuente de su descalabro. A May le han faltado flexibilidad y cintura para entenderse con los moderados de su partido y de las otras formaciones políticas. Tal vez su larga trayectoria de luchadora frente a la adversidad ha acabado por endurecerla, incluso cegarla. A la primera ministra su partido nunca le había regalado nada. Tardó quince años en ser diputada, un gran contraste con las facilidades que siempre tuvieron David Cameron y sus amigos indolentes de Notting Hill para aterrizar en el puente de mando conservador.

Ahora los dos partidos tradicionales han entrado en crisis, profundamente divididos por el Brexit. En Westminster nadie lidera a la mayoría de diputados que reclaman repensar la salida de la Unión Europea. Tarde, aislada y sin credibilidad, la primera ministra ha querido moverse hacia el centro, pero no ha sabido hacerlo. Ha tardado demasiado tiempo en darse cuenta de que nunca podrá contentar a los tories antieuropeos. Cada vez que les ofrecía algo, estos respondían con más radicalidad, dispuestos a saltar animosos al precipicio económico y geoestratégico del «no acuerdo», igual que un hooligan hace «balconing» en Mallorca. En pocas semanas, un nuevo primer ministro conservador, instado por los suyos para que compita en nacionalismo con Nigel Farage, exigirá concesiones a Bruselas.

Utilizará un argumento pobre, volar por los aires la economía británica si no se atienden sus peticiones. Si las bases eligen a su candidato favorito, Boris Johnson (el show debe continuar), cualquier desenlace del Brexit es posible: nuevas elecciones, segundo referéndum o retirar de forma unilateral antes del plazo del 31 de octubre la solicitud de divorcio de la UE. Los conservadores han pasado de ser uno de los grandes partidos políticos de la historia de Europa, capaz de resolver profundas diferencias internas sin perder apoyos electorales, a convertirse en una máquina autodestructiva y centrada en un asunto que no estaba entre las prioridades ciudadanas, la salida de la Unión. Han ayudado además a crear un movimiento pro-europeo muy potente en la generación joven que difícilmente se identificará con ellos en el futuro.

Tras las elecciones europeas de estos días empieza un nuevo ciclo político en las instituciones comunitarias. Es esencial que sirva para gestionar el posible dividendo de un «no Brexit», hoy más posible que nunca. La paciencia y la mirada a largo plazo de Angela Merkel deben seguir influyendo en la estrategia de la Unión más que las prisas y el regate corto de Emmanuel Macron. Se trata de ganar la partida al populismo británico.

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