Guerrilleros de las FARC en la región selvática del Cauca EPA

El tesoro maldito de las FARC

ALEJANDRA DE VENGOECHEA CORRESPONSAL/
Actualizado:

A lo lejos parece una colmena de cemento armado agujereada por ventanas diminutas. Se adivinan rostros tras los gruesos barrotes. Bocas que parecen peces intentando respirar. Nadie me espera en aquella cárcel militar. Vine a buscar a alguno de los soldados que vivió el gran sueño: encontrar un tesoro y ser millonario para siempre sin tener que heredar, trabajar, robar o matar.

El primero de ellos apareció sin insistir. Llevaba un pantalón verde oliva, camiseta blanca y botas negras relucientes bajo el sol de plomo de Tolemaida, una de las bases militares situada a dos horas de Bogotá. Olía a cebolla recién cortada y caminaba como un perro arrepentido. Era uno de los 146 militares que la Semana Santa del año pasado encontraron las caletas (escondrijos)pertenecientes a las FARC con un botín calculado entre los 14 y los 80 millones de dólares en efectivo. Un año después, sólo doce están a la espera de una condena que podría costarles entre 4 y 15 años de cárcel. Los demás se fugaron o pagaron una fianza.

«Se nos dañó la vida desde que encontramos esa guaca (tesoro escondido)», dice uno de los cuatro que aceptaron hablar sin nombre pero sí con edades: el mayor tiene 22 años y el menor 21. «No me siento un criminal y sin embargo aquí estoy más seguro que afuera». Inspiran misericordia. ¿O quizá vulnerabilidad?

La misión original de los soldados era liberar a tres contratistas estadounidenses secuestrados por las FARC el 12 de febrero de 2003. «Fue como una sentencia a muerte», relata uno de los muchachos. Los informes de inteligencia hablaban de 400 guerrilleros -las FARC tienen más de 17.000 hombres apostados en un área minada defendida por rebeldes listos a disparar contra cualquier cosa que se moviera sobre el piso-. Ése era su santuario.

Conscientes de que las minas antipersonas matan a dos colombianos por día, la tropa avanzó con sigilo. En este punto hay dos versiones: los unos dicen que hallaron las primeras canecas (recipientes) plásticas enterradas bajo tierra -las azules tenían fajos de pesos colombianos y dólares las de color amarillo- cuando explotó una mina, hirió a un soldado y del cielo cayó confeti de carnaval. Miles y miles de billetes hechos pedazos. Pero según Wilson Alexander Sandoval, uno de los protagonistas de «La Guaca, la verdadera historia de la caleta de las FARC», uno de los tres libros que se publicaron sobre el caso de la guaca, como le decimos en Colombia a los tesoros enterrados por los indígenas durante la Conquista, el tesoro apareció por ausencia de papel higiénico.

Sandoval dice que sufría de diarrea. Que fue al monte, que se resbaló, que clavó su machete y que sintió un golpe seco. «Pensé que era una mina». Eran 130.000 dólares envueltos entre bolsas negras. El batallón olvidó su misión. Decenas de canecas salieron de la tierra y el santuario de las FARC se convirtió en un gigantesco queso gruyére.

«Estábamos atónitos, como hipnotizados. Sentíamos que era un regalo de Dios porque hallamos el tesoro el Jueves y el Viernes Santos», afirman todos. Si ese dinero era producto de secuestros, tráfico de drogas y extorsiones -las FARC tienen ingresos estimados en 342 millones de dólares anuales- ¿qué delito cometían si quedaba en manos de humildes soldados que no ganan más de 44 dólares a la semana?

«El problema», le dijo a este diario Hernando Castellanos, abogado experto en Justicia militar: «Es que no reportaron el hallazgo a sus superiores. Los acusan de apropiación indebida. Las unidades de combate permanecen meses trabajando por toda Colombia. Lo que pase afuera de los batallones depende de su honestidad. Ellos consideran que se merecían esa plata como un trofeo de guerra», agrega.

Se la gozaron. Forrados en billetes, aterrizaron en Popayán, capital del Cauca. La consigna: silencio absoluto. Pero pudo más la ilusión. Sandoval, por ejemplo, tomó un autobús hacia Bogotá «para esconder 196.000 dólares bajo la casa de mi perro» (entregó el dinero, pagó fianza y nada se sabe de él). Otro se compró una camioneta 4x4 y regresó a la base militar a pedir la baja. Un grupo grande se atrincheró entre burdeles y meretrices que ganaron hasta 3.000 dólares. Cuatro terminaron embarazadas y una fugada, según contaría una de las mujeres que trabajan en «Kaliente». Televisores, ropa, neveras, joyas. Uno de los soldados confesó haber soñado con invertir su fortuna en cambiarse de sexo.

Tanto frenesí los puso al descubierto. Un año después sólo se han recuperado 400.000 dólares y los legisladores colombianos intentan aprobar una ley que ordena entregar el dinero de futuros hallazgos a las víctimas de la violencia. «No es como robar un banco», opina Guillermo González, ex ministro de Defensa que dirige El Liberal, el diario de Popayán.

Pero para las familias de los soldados, el tesoro sólo trajo miseria. «Tengo susto de que secuestren a mis hijos», dice entre lágrimas Yaned Gómez, cuyo hermano Hanner desapareció hace un año. «Amenazaron a mi hijo. Tuve que sacarlos de la casa», confiesa uno de los muchachos presos. «Llegaron seis policías y me pidieron 5.000 dólares de extorsión», interrumpe otro. «Mi papá robó el dinero. Mi novia me traicionó. Me secuestraron durante dos días para que les diera la plata». Así terminó el sueño para quienes están en esa mole de cemento armado. Por eso se sienten a salvo entre rejas. «Hay que gozar la vida hoy», concluyen filosóficamente, «porque se puede morir mañana».