La tensión entre Venezuela y Colombia, al rojo vivo tras el «atentado» a Maduro

El presidente bolivariano culpa a Santos del supuesto ataque mientras el Supremo venezolano en el exilio le juzga en Bogotá por corrupción y con miles de personas que cruzan la frontera para huir de la crisis en su país

Corresponsal en BogotáActualizado:

Al presidente Juan Manuel Santos la noticia lo pilló en la celebración del bautizo de su nieta Celeste. A esa hora de la noche, excepto la prensa nacional e internacional, nadie estaba atento a los sucesos en el vecino país. Tal vez de allí escueta reacción de fuentes del Palacio de Nariño ante las afirmaciones del presidente venezolano Nicolás Maduro, señalando como responsable del supuesto atentado que había sufrido a Santos. «No tiene base. El presidente está dedicado al bautizo de su nieta y no a tumbar gobiernos extranjeros», dijo inicialmente una fuente del gobierno.

Se referían a la alocución nacional por radio y televisión en la que el presidente venezolano afirmó: «Hemos despejado la situación en tiempo récord, y se trata de un atentado para matarme, han intentado asesinarme el día de hoy y no tengo duda que todo apunta a la derecha, a la ultraderecha venezolana en alianza con la ultraderecha colombiana y que el nombre de Juan Manuel Santos está detrás de este atentado, no tengo dudas». Y aclaró también que del supuesto ataque con drones lo salvó un «escudo de amor».

En paralelo, mientras algunos periodistas y vecinos del lugar afirmaban que se trató del estallido de una bombona en un edificio y no de un ataque con drones cargados de explosivos, la periodista venezolana Patricia Poleo, desde el exilio en Miami, lanzaba una exclusiva por las redes sociales con un supuesto comunicado recibido por parte de militares activos opuestos al gobierno. En él hablan de la Operación Fénix para derrocar el régimen de Maduro, declaración que hasta ahora no ha sido confirmada por nadie y se suma al disparate mediático que sucede en este tipo de situaciones.

En este escenario siempre delirante, ¿qué más se puede decir ante las reiteradas acusaciones del régimen vecino? A esta hora, ni el presidente electo Iván Duque ni líderes de izquierda como Gustavo Petro le han dedicado ni un trino a condenar el atentado o a rechazar las acusaciones contra Santos. Todos han aprendido aquello de que, a acusaciones necias, oídos sordos.

Por su parte, y ya de manera oficial, la Cancillería colombiana emitió un comunicado de prensa casi a medianoche del sábado en el que rechazaba las acusaciones en contra del mandatario colombiano, calificándolas de absurdas y carentes de fundamento. Y reiteró lo que a nadie sorprende: «Ya es costumbre que el mandatario venezolano culpe permanentemente a Colombia de cualquier tipo de situación». Mientras tanto, como también es normal, las fuerzas armadas colombianas permanecían atentas a cualquier otra acción del presidente venezolano.

La crisis que no cesa

Las complejas relaciones con Venezuela han sido cruciales en los ocho años del gobierno de Santos y seguirán siendo el punto neurálgico durante el mandato de Duque, quien insiste en su promesa de denunciarlo formalmente ante la Corte Penal Internacional, aunque por ahora está concentrado en afinar los 100 primeros días de gobierno y no a darle pábulo a las acusaciones de Maduro contra Santos.

Precisamente para tratar el tema bilateral y revisar las acciones para atender el incesante flujo migratorio de venezolanos, el viernes pasado el presidente colombiano invitó a su sucesor a revisar la agenda bilateral, a la que le dedicaron varias horas de trabajo. Ante su inminente llegada a la presidencia y terminados los discursos de campaña electoral, la posición y acciones efectivas que asuma el gobierno de Duque frente a su homólogo venezolano serán determinantes para la seguridad nacional colombiana, para la estabilidad regional y en el manejo de una eventual reacción de fuerza del régimen vecino para mantenerse en el poder a sangre y fuego ante la profunda crisis que padecen los venezolanos.

La semana pasada, en diálogo con la revista Semana, la canciller María Ángela Holguín, quien ha acompañado a Santos a lo largo de sus ocho años de mandato, hizo un balance de la complicada relación entre los dos gobiernos. «Desafortunadamente, siempre Venezuela ha sido un tema difícil para todos los cancilleres, pero aquí empeoró una situación interna en Venezuela. Este flujo de migrantes que se incrementó en el último año es una angustia permanente para el país», dijo.

La ministra habló de los intentos del gobierno colombiano por sentar a dialogar a la oposición venezolana con el gobierno de Maduro, declarando ya abiertamente el fracaso de esas gestiones. Y ante la pregunta del cambio en la posición de Colombia hacia el vecino, cuando al inicio de su mandato Santos lanzó la controvertida afirmación de que Chávez era su «nuevo mejor amigo», Holguín respondió: «Cuando empezó el gobierno sí tratamos de tener una relación medianamente buena, en donde trabajáramos en temas que fueran positivos para los dos países. Pero definitivamente en abril de 2016, cuando el Tribunal Supremo decide desconocer a la Asamblea Nacional se da un quiebre a la democracia venezolana, que ya era un hecho, tomamos distancia, retiramos al embajador y desde entonces prácticamente no tenemos relaciones».

Efectivamente, pensando en una negociación con las Farc, cuyos líderes estaban amparados por el régimen vecino, así como lo están hoy los líderes de la guerrilla del ELN, el gobierno de Santos procuró acercamientos y los buenos oficios de Hugo Chávez, quien fue instrumental para que la mesa de negociación en La Habana empezara en 2012.

A todos les interesaba estar allí sentados: al gobierno Santos, para cumplir con su promesa de paz, al gobierno de Chávez para tener un escenario internacional un poco más favorable e injerencia en los asuntos de Colombia, y a las guerrillas para mantener su santuario, un aliado externo y aprovechar la atención mundial. Los detractores de los acuerdos y duros opositores al gobierno Santos supieron aprovechar las circunstancias calificándolo de «castro-chavista», asentando en el imaginario colombiano que este gobierno conduciría al país al precipicio venezolano. El tiempo probó lo contrario: este 7 de agosto, tras unas elecciones sin contratiempos y con participación histórica, Santos entrega el mando precisamente a sus detractores.

Caballitos de batalla

Durante muchos años, las crisis en las relaciones entre Colombia y Venezuela fueron tramitadas con el respaldo de la dirigencia política del país, plantando frente unido pero muy diplomático ante situaciones derivadas del diferendo limítrofe y la seguridad en los más de 2.000 kilómetros de frontera compartida. Con la llegada de Hugo Chávez (1999-2013) y Álvaro Uribe (2002-2010) al poder ese modelo de respuesta cambió y cada vez más se mediatizó la relación, llevándola primero ante los micrófonos que a los salones de las cancillerías. Si bien la crispación siempre fue alta, nunca hubo ruptura definitiva de relaciones, pero ese esquema de tensión y agresión sobrevivió a Chávez y se convirtió en el modo de operar de su sucesor.

Los tiempos han cambiado y la crisis venezolana solo empeora. Mientras Colombia avanza pacíficamente en el cambio de gobierno, la batalla por el poder en Venezuela abre un nuevo frente en Bogotá, donde el Tribunal Supremo «en el exilio» está reunido desde el pasado 2 de agosto para adelantar el juicio oral y público contra el presidente Nicolás Maduro por corrupción en el caso Odebrecht, según fue denunciado por la exfiscal general Luisa Ortega Díaz. Pero Maduro hoy anda en otras cosas, denunciando atentados con drones e inventando responsables, para dejar nuevamente el futuro de su país en el aire.