Imagen de archivo de combatientes talibán en algún punto del sur de Afganistán
Imagen de archivo de combatientes talibán en algún punto del sur de Afganistán - REUTERS

Los talibán aumentan su poder en Afganistán 18 años después del 11-S

Washington canceló la negociación y se mete de lleno en un conflicto con la guerrilla afgana que tiene 70.000 combatientes y controlan 64 distritos

Corresponsal en JerusalénActualizado:

Mientras talibanes y enviados de Estados Unidos negociaban en Catar, en las calles de Kabul Omaid Sharifi, fundador del colectivo de artistas ArtLords, ponía en marcha una campaña para recoger cartas en las que pedía a los jóvenes que escribieran sus «sentimientos más profundos». Colocaron seis buzones, decorados con grandes corazones, en escuelas, universidades y cafés de la capital y en apenas dos semanas recibieron 300 cartas en las que el mensaje más repetido rezaba: «queremos paz». «Nací durante la invasión soviética, la guerra civil entre los muyahidines me robó la niñez y mi adolescencia se esfumó en el conflicto con los talibanes. Nunca he tenido la sensación de vivir en paz y ya vale, necesitamos un descanso», reflexiona este activista.

Mientras Sharifi y su equipo recogían las cartas y planeaban extender la campaña a otras ciudades se produjo una noticia inesperada. Después de nueve rondas de contactos en Doha y cuando el pacto ya estaba prácticamente cerrado, Trump anunció vía Twitter que suspendía las conversaciones tras un atentado talibán en Kabul en el que murió un soldado estadounidense, el número 16 en este 2019. «Lo primero que me vino a la cabeza es que llega el momento de que el proceso de paz tenga en cuenta la principal demanda de los afganos: un alto el fuego», explica Sharifi desde Kabul. Los insurgentes respondieron a la ruptura unilateral estadounidense con la conquista de un nuevo distrito al norte de Afganistán, Yangi Qala, en la provincia de Takhar, y ya son seis los distritos conquistados en esta parte del país en las últimas semanas. Un nuevo golpe de fuerza sobre la mesa de un grupo cuyo gran bastión es el sur del país y que se quedó «sorprendido» por la decisión de Trump porque «ya teníamos el acuerdo cerrado», declaró a la cadena Al Jazeera el portavoz talibán en Catar, Suhail Shaheen.

Desde el final de la misión de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés), que acabó en 2014, quedan unos 22.000 soldados extranjeros desplegados en el país en el marco de la operación «Apoyo decidido», 14.000 de ellos estadounidenses. Esta es la guerra más larga que ha librado su Ejército y hasta el momento ha sufrido más de 2.400 bajas.

La sorpresa de la que hablan los talibán fue tan grande como el apoyo entre los afganos a la ruptura del diálogo ya que, según una encuesta realizada por el canal nacional Tolo, el 76 por ciento de los encuestados calificó de «decisión acertada» la medida del presidente de EE.UU. «Durante todo el proceso de negociación los talibanes han intensificado sus operaciones en todo el país y los atentados en Kabul para intentar obtener lo máximo de los estadounidenses. En el fondo, la guerra que se libra es entre su modelo de Emirato Islámico y el de la República que hemos levantado desde 2001. Como demostró la encuesta de Tolo, los afganos podemos criticar la corrupción masiva de las autoridades, pero apoyaremos a la República antes que volver a vivir bajo el Emirato», apunta Nasser Noorzad, analista local.

Ganando terreno

Dieciocho años después del inicio de la invasión de EE.UU., los talibanes han ido ganando terreno y ya son 64 los distritos en el país, repartidos en 19 provincias, que el Gobierno del presidente Ashraf Ghani considera «ingobernables» debido a la amenaza insurgente.

Fuentes de seguridad estadounidenses y afganas elevan a 70.000 el número de combatientes activos que desde mayo de 2016, combaten bajo el mando de Hebatulá Ajundzada. En las negociaciones de Doha también se ha podido ver a figuras históricas del grupo como Muhammad Fazl y Khairullah Khairkhwah, dos de los cinco presos de Guantánamo liberados en 2014 en el intercambio entre Estados Unidos y el grupo insurgente, que puso en libertad a cambio al sargento Bowe Bergdah después de cinco años cautivo.

Los buzones colocados por ArtLords en Kabul siguen recibiendo cartas. El colectivo también ha realizado una campaña este verano en la que ha pintado 25.000 tulipanes en los muros de cemento que rodean edificios públicos y oficinas en Kabul como medida de protección contra coches bomba. Cada flor de color rojo representa a una víctima del conflicto. «Puedo ver a los talibanes de regreso en Kabul porque esta es también su capital, pero solo como una parte más de la República de Afganistán, no como la única fuerza al mando», confiesa Sharifi, fundador del colectivo, que vive bajo la misma incertidumbre de millones de afganos la posible restauración de un Emirato que ya estuvo vigente en el país entre 1996 y 2001. Más que incertidumbre, terror.