Miembros de la Guardia Revolucionaria iraní, cuerpo de elite presente en Siria e Irak
Miembros de la Guardia Revolucionaria iraní, cuerpo de elite presente en Siria e Irak - ABC

El surgimiento de la Media Luna iraní

Israel alerta de que Teherán crece en Irak, Siria, Yemen y el Líbano, y sigue sin renunciar a «destruir el Estado sionista»

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La eventualidad, cada vez más probable, de que los actuales gobiernos chiíes ganen las guerras de Irak y Siria ha disparado la señal de alarma en Israel, que teme la aparición de lo que denomina «la Media Luna iraní» en la región, mucho más hostil hacia el Estado sionista que el mundo árabe-suní.

Israel confía en que -tal como prometió durante la campaña- el presidente Trump revoque el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán, y vuelva a instalar el anterior régimen de sanciones económicas. Pero teme que a estas alturas esa acción no pueda ya impedir el histórico paso de gigante que se dispone a dar Irán en Oriente Próximo. De ser la nación-refugio de la minoría musulmana chií, tradicionalmente perseguida y diezmada en el mundo mahometano, Irán está a punto de convertirse en metrópoli política e ideológica de varios países árabes donde siempre gobernaron ácratas suníes.

Irak está controlado por la mitad chií del país, que pretende tomarse la revancha del sometimiento a que fue sometido por el régimen de Sadam Hussein, un dictador laico pero fiel a sus raíces suníes. Una vez que caiga Mosul, la segunda ciudad del país, la suerte del «califato terrorista» suní de Daesh estará echada. En Siria, el régimen alauí (chií) de Bachar al Assad era también laico antes de la guerra, pero el apoyo económico y militar que le presta Irán -y la insistencia de los rebeldes suníes en convertir el conflicto en guerra religiosa- va a precipitar un sistema más próximo al chiísmo si finalmente obtiene la victoria.

Yemen es el tercer país árabe de la zona donde Irán juega muy bien sus bazas para respaldar a los rebeldes chiíes, que controlan gran parte del país. Irán ha logrado también incrementar su presencia, y sobre todo su prestigio, en el Líbano, gracias a la implicación de la guerrilla chií pro-iraní de Hizbolá en la guerra de Siria, del lado de Al Assad.

En términos globales, el surgimiento de Irán como potencia en Oriente Próximo es una buena noticia para la lucha contra el terrorismo y la yihad mundial. No es una causalidad que los principales grupos yihadistas -Daesh y Al Qaida- sean de inspiración suní; la visión integrista y radical de algunas corrientes suníes -desde la escuela wahabí a la más moderada de los Hermanos Musulmanes- justifica la violencia y el terrorismo, cuando están en juego lo que ellos consideran que son los intereses de Alá y de la umma, la comunidad mahometana. El chiísmo, en cambio, siempre ha desarrollado una lectura más moderada y espiritual del Corán; su violencia terrorista se ha centrado tradicionalmente en la defensa de su supervivencia como minoría, frente a la opresión de los califas.

No obstante, esta dimensión académica del conflicto interno en el islam no tranquiliza a Israel. En una iniciativa poco común, uno de los directores de la Inteligencia israelí, Chagai Tzuriel, reunió esta semana a la prensa internacional para expresar los temores del Gobierno ante el fortalecimiento de Irán, «su gran enemigo». Ningún régimen como el persa ha sido tan constante y categórico en sus amenazas contra Israel, quizá porque no tienen -como los árabes- la amarga experiencia de las derrotas militares. El régimen de los ayatolás sigue manteniendo entre sus objetivos la «destrucción del Estado sionista», una meta que hace pocos meses recordó públicamente el Líder Supremo y sucesor de Jomeini, el ayatolá Jamenei.