Si Sharón levantara la cabeza

Cien días. Uno detrás de otro. Con Hamás, en el poder. Con el Kadima a punto de formar Gobierno. Con «Bibi», acabado. Con Omri condenado a nueve meses de cárcel. Con Cisjordania en el punto de mira de la anexión unilateral...

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TEXTO: JUAN CIERCO CORRESPONSAL FOTO: AP

JERUSALÉN. Ariel Sharón deja hoy, de manera oficial y legal, de ser primer ministro de Israel cien días después de quedar apartado de su oficina. Le sustituye de manera interina Ehud Olmert quien, en cuanto forme el Gobierno de coalición con sus potenciales socios (laboristas, pensionistas, religiosos ortodoxos), se convertirá en el jefe del Gobierno de pleno derecho, tal y como dictaminaron las urnas el 28 de marzo.

Cien días después, apenas tres meses y medio, casi todo ha cambiado en Oriente Próximo, donde casi nada ha dejado de ser lo mismo, paradójicamente, en las últimas décadas.

Si Sharón abriera los ojos y levantara la cabeza lo primero que vería es su oficina ocupada por su delfín, Ehud Olmert, cuya falta de carisma, de pasado militar, de complicidad con unos electores acostumbrados a los líderes fuertes y decididos, impidió una victoria por goleada en los comicios, algo que sí habría sucedido con «Arik» al frente del Kadima.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, sonreiría satisfecho al ver a Hamás al frente del Gobierno palestino; al comprobar el aislamiento político, diplomático y económico de la ANP; al agarrar la excusa perfecta - no necesitaba de ninguna, su plan de anexión unilateral de Cisjordania databa de mucho antes- para vender al mundo «civilizado» las excelencias de sus iniciativas para Judea y Samaria una vez evacuada Gaza.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón torcería el gesto al saber que su hijo y fiel confidente y urdidor, Omri, ha sido condenado a nueve meses de cárcel por corrupción, pena que tendrá que cumplir después del verano.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón se frotaría sus manos de granjero al atisbar en el limbo de los fracasados a su último gran enemigo, Benjamín Netanyahu, solo en su derrota, sin la compañía de otros, en un Likud que «Arik» condujo al triunfo electoral con 38 escaños hace sólo tres años y que ahora apenas ha logrado 14.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón no podría creerse que el nombre que más suena para ocupar en el futuro inmediato la cartera de Defensa, es el líder del Partido Laborista y sindicalista de toda la vida, Amir Peretz, defensor de la Iniciativa de Ginebra que tantos dolores de cabeza le causó a «Arik», y en breve al frente de un Ministerio en el que tendrá que justificar, explicar, ordenar los asesinatos selectivos; los controles militares; los bloqueos de las ciudades palestinas; la aceleración en la construcción del muro ilegal...

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón no se sorprendería del revuelo que se armó con las caricaturas de Mahoma, que refuerza su teoría del enfrentamiento a muerte con los radicales islámicos. Quizás le llamaría más la atención, eso sí, el consenso logrado por la UE y EE.UU. respecto de la amenaza nuclear iraní, en puertas de que Teherán sea sancionado en Naciones Unidas.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón observaría con orgullo, casi con lágrimas en los ojos, con sincera satisfacción cómo se pudre y se pudrirá en una cárcel israelí el inductor del asesinato de su gran amigo, el ministro de Turismo, Rehavam Zeevi, tras el asalto ordenado por Olmert Saúl Mofaz contra la cárcel de Jericó en la que se encontraba el líder del FPLP, Ahmed Saadat.

La sorpresa de los jubilados

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón se haría cruces judías por el resultado electoral del Partido de los Jubilados, de su otro gran amigo, Rafi Eitam, y disfrutaría con los suyos del peso pesado de su legado, recogido con guantes de seda no ya por Ehud Olmert, como estaba mandado, sino por casi todos los primeros actores y espadas de la escena política israelí e internacional.

Si abriera los ojos y levantara la cabeza, Sharón certificaría la israelización del panorama internacional y sellaría con un abrazo nada disimulado la estrategia pactada hace no demasiado tiempo en la distancia con el inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush.

Casi todo ha salido como decidieron hace dos años. Casi todo. Sólo falta, en efecto, que Sharón abra los ojos y levante la cabeza, algo, a estas alturas del partido clínico, del todo imposible.