Ramón Pérez-Maura - HORIZONTE

«Señoría, no me divida a la Cámara…»

Es la ventaja de las democracias populares: uno hace todo el trabajo y los demás no tienen ni que asentir

Ramón Pérez-Maura
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Corría la segunda mitad de la década de 1950. Como casi siempre, presidía las Cortes Españolas don Esteban de Bilbao y Eguía, que ocupó el cargo 22 años. Se sometía a la Cámara la aprobación de una reforma del sistema de regadíos que contaba con el casi unánime apoyo de los asistentes. Sólo un diputado creo recordar que de Almería se opuso porque consideraba –legítimamente- que su provincia era perjudicada. Don Estaban Bilbao se dirigió a él y en tono conminatorio, imploró: «Señoría, no me divida a la Cámara…»

El jueves pasado, en la Asamblea nacional de Cuba, votaron a favor de la candidatura de Miguel Díaz-Canel 603 asambleístas y sólo uno votó en contra. Pero claro, aquí no hubo ocasión de recriminárselo porque nadie sabe quien fue. Le va la vida en ello al representante de la «soberanía popular». La «democracia cubana» funciona así. Antes de ser elegido Miguel Díaz-Canel Raúl Castro ya informó al cuerpo electoral de las condiciones en que podían sufragar por él. Díaz-Canel será presidente dos mandatos de cinco años y después sucederá al propia Castro al frente del partido. Es la ventaja de las democracias populares: uno hace todo el trabajo y los demás no tienen ni que asentir.

Así quedó claro que allí quien sigue mandando es Raúl Castro y no hay razón para que Díaz-Canel manifieste discrepancias. Manteniendo una fidelidad perruna ha llegado hasta lo más alto del escalafón. ¿Por qué iba a arriesgarse pidiendo algún cambio? Y él, además de carecer de las credenciales de haber luchado en la Revolución, carece de una base política propia. Es el muñeco perfecto para Raúl. El menor de los Castro sabe que el nuevo presidente le tendrá mucho miedo.

Aunque el Gobierno cubano diga que la economía creció el año pasado un 1,6 por ciento, nadie puede creerse esa mentira. La dependencia de las remesas de los emigrantes es total. El propio Castro ha reconocido que la dualidad de monedas «continua a darnos dolores de cabeza» –y eso es lo que los británicos llaman un understatement- y las inversiones que llegaron de Estados Unidos cuando Raúl sedujo a Barack Obama ya han desaparecido. Recordemos que el viaje de Obama a Cuba sirvió para dar un poco de oxigeno a la tiranía. No ha habido la más mínima reforma política ni económica y los presos de conciencia siguen exactamente igual. Con ese regalo de Obama a Castro, que dejó a Washington a la altura del más tonto de la clase, era lógico que Trump decidiera jugar otras cartas. Su administración ha procurado desincentivar las visitas de turistas norteamericanos a la isla. Y el personal de la embajada norteamericana en Habana ha tenido que ser drásticamente reducido tras los inexplicados ataques del verano pasado. Tras la visita de Obama hubo personasque invirtieron en restaurantes, casas de huéspedes, servicio de guaguas. Hoy la inmensa mayoría no tiene una clientela que justifique la inversión realizada. Pero Cuba tiene hoy 500.000 trabajadores autónomos que saben que su única alternativa es morirse de hambre sin salir de casa. Saliendo pasan mucha hambre, mas tal vez sobrevivan. Ya saben. El lema era «¡Patria o muerte!» La principal reforma de los doce años de poder de Raúl es la de que la conjunción adversativa se ha convertido en una conjunción copulativa: Patria y muerte.

RAMÓN PÉREZ-MAURARAMÓN PÉREZ-MAURA