Tayyip Erdogan al votar ayer. REUTERS

Los sectores laicos temen que exista una agenda secreta para imponer la sharia

El voto útil anti-islamista era ayer el del Partido Republicano, el partido-botesalvavidas surgido de la formación socialdemócrata del primer ministro Ecevit

F. DE ANDRÉS. ENVIADO ESPECIAL.
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ESTAMBUL. «He votado por el Partido Republicano del Pueblo, ¿qué otra opción tenía?». La expresión de Devlet, un contable de mediana edad que vive en la parte asiática de Estambul, tiene un deje de ironía. La víspera me había confesado que pertenecía «a ese 30 por ciento de indecisos» perdido en el mar de siglas de los partidos laicos, pero con «una sola convicción muy clara: si ganan los islamistas el país se termina de ir a la ruina». «Yo estoy casado con una mujer de hoy -añade- pero mis compatriotas islamistas se niegan a saludarla dándole la mano cuando se la presento; «qué podemos esperar de ellos».

El voto útil anti-islamista era ayer el del Partido Republicano, el CHP. Y el sufragio de Devlet, como el de muchos otros votantes turcos, se subió en el último momento al partido-botesalvavidas surgido de un costado de la formación socialdemócrata del primer ministro Ecevit.

A media mañana de ayer, la cola de votantes en el barrio comercial de Harbiye ejercía su deber cívico con una disciplina que explica la fama de «alemanes de Oriente» que tienen los turcos. En la escuela pública 205 de la calle Cumhuriyet el rostro ceñudo de la fotografía de Ataturk, el fundador de la República turca, que preside todas las aulas junto a la inscripción de alguno de sus más felices apotegmas, parecía mirar de manera incriminadora a las mujeres que portaban velo durante el sufragio.

Nada que ver con la atmósfera casi religiosa de los locales de votación en barrios como Carsamba, bastión del islamista AKP. La presencia exclusiva de propaganda de su líder, Tayyip Erdogan, parecía adelantar una victoria anunciada por los sondeos para el político inhabilitado por la Justicia turca. En Kucuk Armutlu, uno de los barrios de chabolas levantados por los inmigrantes de zonas rurales -cerca de medio millón llega cada año a Estambul en busca de trabajo- se respiraba un ambiente distinto. Aquí se concentra buena parte de la población kurda, llegada de las provincias del este de Anatolia en busca de seguridad después de 15 años de guerra civil y más de 30.000 muertos. Es la otra Turquía, que no se siente europea ni islamista, y que sueña con una nación pluralista que no cabe todavía hoy en la horma centralista del Estado fundado por Mustafá Kemal; ni mucho menos en la oculta hoja de ruta del Estado teocrático que pretenden lograr un día los islamistas turcos. «He votado por Tayyip Randogan porque es el único político limpio de este país, y el único que ha hecho algo por Estambul», afirma Yusuf, un carpintero del barrio de Carsamba.

El ex alcalde de Estambul, que podría verse obligado por la Justicia a abandonar la dirección de su partido dentro de pocas semanas, despierta en cambio todo género de aprensiones y temores entre los votantes de partidos laicos, tradicionalmente más de un 70 por ciento del electorado en Turquía. «Erdogan -dice con énfasis Devlet, el contable- tiene doble cara: por un lado afirma que es europeísta y que sólo va a ocuparse de hacer una gestión limpia de la Administración, y por otro prepara un conjunto de leyes para imponer poco a poco la sharia. ¡Por favor, Turquía no es Irán!».

A sus 48 años, Tayyip Erdogan representa en cierto modo las grandezas y miserias de la opción islamista en Turquía. Su grupo, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) apenas tiene un año de vida, pero es el heredero legítimo de dos partidos islamistas anteriores, declarados ilegales por la Justicia turca, guardiana inflexible -junto al Ejército- de las normas del Estado secular. El partido islamista tuvo un breve y accidentado paso por el Gobierno bajo la dirección de Erbakan, obligado por los militares a dimitir en 1997.

Desde la creación de su partido, la actitud del ex jugador del equipo de fútbol de Estambul se volvió mucho más prudente. Hoy Erdogan afirma haber cambiado de opinión y ser favorable a la incorporación de Turquía a la Unión Europea, y apoyar las reformas económicas exigidas por el Fondo Monetario Internacional -que acudió en rescate del país cuando se desplomaba del todo. Pero los analistas no dejan de hacer referencia a una «agenda secreta» del AKP, que afectaría a cuestiones tan sensibles como el uso del velo, hoy prohibido en los edificios públicos, y al estatus de las escuelas islámicas.