Schröder, junto al presidente de Burundi, Domitin Ndayizeye, ayer en Berlín. DPA

Schröder suspende sus vacaciones en Italia tras los insultos a los turistas alemanes

BERLÍN/ROMA. ROSALÍA SÁNCHEZ. SERVICIO ESPECIAL; JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL
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«Me duele que no podamos ir a Italia pero, créeme, tenemos buenas razones para cancelar el viaje». Con estas palabras comunicaba ayer Gerhard Schröder a su previsto anfitrión, el artista italiano Bruno Bruni, la decisión de anular la visita a la costa adriática a partir del 18 de julio.

El portavoz de Gobierno alemán, Bela Anda, anunciaba la modificación definitiva de los planes estivales de Schröder alegando que el canciller «no quiere prolongar por más tiempo las especulaciones sobre su destino vacacional ni exigir más tensiones e incertidumbre a su familia». De nada han servido las cajas de Barolo, vino del gusto de Schröder, que los presidentes de varias regiones costeras italianas han hecho llegar a la Cancillería berlinesa en las últimas 48 horas junto con las más diversas invitaciones.

En vista de que Berlusconi no exige responsabilidades a Stefano Stefani, subsecretario de Turismo y miembro de la Liga Norte, en el Gobierno con Berlusconi, Schröder cumple su amenaza. Probablemente seguirán sus pasos al menos parte de los nueve millones de visitantes alemanes que anualmente visitan Italia y a los que Stefani ha calificado de «borrachos de su hinchada autosuficiencia», «maleducados» y «supernacionalistas arrogantes que se amontonan en las playas italianas», sin que se le haya instado a pedir disculpas y mucho menos a dimitir, tal y como se esperaba desde Berlín.

Vacaciones en Hannover

Como respuesta, Schröder, su mujer Doris y la hija de ésta, Clara, cambiarán las ya tradicionales vacaciones en Italia por su casa de Hannover, la residencia familiar en el norte de Alemania, región en la que el canciller cosechó sus primeros éxitos políticos y feudo de la socialdemocracia alemana. Este enroque vacacional fue ayer objeto de análisis desde todos los frentes. El ministro de Interior alemán, Otto Schily, aseguró que «si el Gobierno italiano estuviese bien asesorado, ya habría puesto orden y Stefani no ocuparía ya su cargo», aunque reconocía que, al contrario que el canciller, no tiene intención de renunciar a sus vacaciones en Italia.

El secretario general de la opositora Unión Cristianodemócrata (CDU), Lurenz Meyer, consideró muy «acertada» la decisión de Schröder, aunque añadió: «lo mejor sería que este año no tomase vacaciones, tal y como están las cosas ya es hora de que se ponga a trabajar».

Invitación desde Palma de Mallorca

Los presidentes de varios estados federados alemanes expresaron la conveniencia de que la familia Schröder disfrute de las múltiples posibilidades que ofrece el turismo local. Nadie pierde el tiempo. Incluso la Asociación de Hoteleros de la Playa de Palma ha enviado una carta al embajador alemán en España, Georg Boomgaarden, en la que invita al canciller y al resto de ciudadanos alemanes, a los que expresa su gratitud por «venir, haber venido y seguir viniendo» a Mallorca.

La comunidad italiana en Alemania explica esta tensión alegando las diferencias culturales sobre el rigor político. Giorgio Dalema, propietario de un restaurante italiano en el Tiergarten berlinés que visitan con cierta asiduidad Schröder y alguno de sus ministros, reconoce que en Alemania, un cargo público que hubiera hecho semejantes declaraciones «no duraría un minuto en su silla», pero asegura que «Schröder comete un grave error: quedarse visitando Hamelin, el pueblo del flutista, mientras podría estar degustando antipasti a orillas del Adriático. ¡Menudas vacaciones!».

En Italia la negativa del canciller alemán de pasar sus vaciones en la costa del Adriático comienza a pasar factura entre la industria turística italiana que recibió el año pasado alrededor de nueve millones de alemanes, el 40 por ciento del total de turistas extranjeros, que dejan 8.000 millones de euros.

En cualquier Gobierno normal, un subsecretario de Turismo que ofende a los mejores clientes sería cesado en menos de 24 horas, pero Stefano Stefani pertenece a la Liga Norte de Umberto Bossi y, como todos sus militantes, disfruta de «licencia para insultar».

El portavoz de los Demócratas de Izquierda en la Cámara de Diputados, Luciano Violante, exigirá hoy explicaciones al Gobierno puesto que «los daños económicos causados por las declaraciones del subsecretario son gravísimos». A su vez, la industria turística de la costa del Adriático, meta favorita de los alemanes, pedirá a la Liga Norte y al Gobierno Berlusconi indemnizaciones por el daño causado.

El insulto de Stefani estaría ya casi olvidado si Berlusconi lo hubiera cesado en el acto. Lejos del cese, el primer ministro italiano lamentó ayer que el canciller alemán haya decidido anular sus vacaciones en Italia con un lacónico: «Lo siento por él». Mantener a Stefani en es un continuo desplante a Alemania, donde llueve sobre mojado tras las bromas sobre los campos de concentración en el Parlamento Europeo y el insulto de «kapo» al eurodiputado socialdemocrata Martin Schulz.

Mantener a un subsecretario de Turismo que pide «examinar el cociente de inteligencia de los turistas alemanes» antes de dejarles entrar es una invitación a buscar otro lugar más acogedor empezando, quizá, por España. Sobre nueve millones de turistas, el trasvase será de decenas de miles.