Gerhard Schröder, candidato de SPD. Ap

Schröder lucha desde hoy para evitar ser el primer canciller moderno que no logra la reelección

Socialdemócratas y Verdes han adelantado sus campañas en lo que algunos analistas ven simple desesperación. El verde Joschka Fischer puede ser el político más popular en Alemania y, el canciller, el tipo más relajado, pero el concienzudo votante local parece encaminar su preferencia hacia el entumecido pero formal candidato desafiante y, de ser así, la izquierda podría tardar en recuperarse de éstas.

BERLÍN. RAMIRO VILLAPADIERNA. Corresponsal
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Cómo deben de verse las tornas en la Willy Brandt Haus y en la sede verde de la Koch Platz para que la última idea para hacer mella en la izquierda haya sido tan vieja como criticar el militarismo de Washington. El portavoz de Exterior opositor, Wolfgang Schaeuble, criticaba ayer tanto a Schröder como a su ministro Joschka Fischer por elevar inopinadamente la cuestión a tema electoral, «en un momento en que la comunidad internacional debería estar presionando a Bagdad para que acepte las inspecciones».

Pero hasta hace unos meses el canciller parecía dispuesto a ganar las elecciones aún con menos ideas, en total dejación de pensamiento, arrojo y trabajo. Schröder parecía considerar que menospreciar al envarado Stoiber, y proclamar que más de lo mismo era la única solución, sería un atractivo programa.

Así ha sido un año sin ideas; el problema es que éste era el año electoral. El auge creciente de la opción opositora -la Unión Democristiana (CDU) en combinación con su pariente bávara, la CSU- lo explican los análisis menos por méritos de ésta en la oposición que por la frustración con el Gobierno SPD-Verdes.

Schröder no sólo no ha conseguido hacer una Alemania moderna; ni siquiera ha logrado crear algún empleo. Pero el conservador Edmund Stoiber, que ha situado a la CDU-CSU entre 4 y 7 puntos por delante aunque él personalmente siga muy por detrás, dista mucho de ser el apetecido: Por más que en su sede electoral se repique esa presuntuosa confianza en la victoria. Muchos alemanes encuentran a Stoiber antipático pero cumplidor; un poco como la Baviera que preside, empalagosamente rancia pero afluente y tranquila.

Apenas merece más la pena hablar de unos ex comunistas (PDS) en crisis, tras la dimisión de su primera figura mediática; de los Verdes, estrellados tras su ansioso paso por el poder, pese al éxito personal de Fischer; o de los circenses liberales (FDP) que, fieles a su espíritu, probablemente vuelvan al poder, cualquiera que sea.

«Qué pena para el elector», decía estos días Anke Bryson, una de las responsables del «Frankfurter Allgemeine Zeitung», observando la alarmante «falta de visión» en ambos candidatos. «Nunca le habrá sido tan difícil al elector decidir quién merecerá su voto». Muestra de ello es que a tres meses de las elecciones, los políticos y la sociedad parecían tener cifradas todas sus esperanzas para 2002 en ganar el Mundial de fútbol; ahora se contentan con ver dar brazadas de oro a esa sirena llamada Franziska van Almisck.

Un 30 por ciento de indecisos

La persistencia y constancia de un 30 por ciento del electorado en la indecisión de voto, en un país donde todos confiesan su intención electoral, debe dar mucho que pensar a los partidos. Hay insatisfacción hacia la coalición de centroizquierda, pero también escepticismo en que los conservadores puedan hacerlo mejor, opina el director del instituto sociológico Infratest, sobre todo después de los 16 años precedentes en el poder.

Urgido por el curso de las últimas observaciones sociológicas, que parecen descartar casi toda esperanza para el canciller, Schröder se ha apresurado a lanzar -18 días antes de lo previsto y a siete semanas de las elecciones- su campaña, que parte hoy de Hannover, su ciudad natal. Sus palabras sugieren que ha abandonado ya su idea de recomponer la actual coalición con los Verdes y se prepararía para considerar acuerdos electorales, con todos y cualquiera de los partidos.

Schröder quiso darle un nuevo aire a la añosa Alemania pero se quedó en el aire, no se atrevió con la dura materia. Stoiber parece inspirar firmeza y a algunos alemanes, con todos sus miedos irreflexivos, a veces consuela lo de ponerse firmes. Esos miedos y los 4 millones de parados constituyen la razón principal por la que tal vez Schröder podría pasar a la historia como el primer canciller moderno que no revalidó mandato. «Sólo por esto seré juzgado», había dicho en 1998 al proclamar que reduciría el paro a la mitad. Y a lo peor así es.