Con la sangre por bandera

POR RAMIRO VILLAPADIERNABERLÍN. «Escenas del infierno», las calificó la crítica internacional; «escritas en las páginas más negras de nuestra historia», agregaría el Tribunal de La Haya. Karadzic no

RAMIRO VILLAPADIERNA. BERLÍN.
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«Escenas del infierno», las calificó la crítica internacional; «escritas en las páginas más negras de nuestra historia», agregaría el Tribunal de La Haya. Karadzic no pintaba batallas, las rimaba en grandes frescos épicos con su «gusla», una tradicional viola monocorde. Tampoco combatía a un adversario, sino que creaba a sus enemigos para luego exterminarlos. El arte probablemente exija sacrificios. Quien contempló algo de su implacable obra difícilmente lo olvide.

Radovan Karadzic, caudillo serbobosnio nacido en la agreste montaña montenegrina en los primeros días tras la II Guerra Mundial, era un aldeano pobraina e inadaptado en la sofisticada Sarajevo. Se metió a psiquiatra y luego a poeta y a músico, y a nacionalista (fundó el redentor Partido Democrático Serbio), tal vez por huida y rebote contra la ciudad donde nunca encajó, de ahí, se dice, que intentara luego pulverizarla.

Aún en tiempos de paz, fue el primero en hablar sin ambages de la superioridad de la nación serbia, su deseo de conquistar y anexionar Bosnia a Serbia y en amenazar con una guerra de aniquilización. Combatía sus complejos con la épica histórica y estaba tan iluminado que hasta su patrón, el presidente Slobodan Milosevic, terminó dándolo por imposible desde finales de 1993, mucho antes que los políticos occidentales. Hasta entonces Karadzic había dado buenos servicios a la policía secreta (KOS), como reveló a este periódico su compañero de la primer ahora, el escritor Vladimir Srebrov, encarcelado luego por el ya presidente de la recién inventada república Srpska.

En sus años de gloria encharcada, a seguido de la independencia en 1992 y hasta 1994, Karadzic fue uno de los caudillos de una rebelión armada que más deferencia mundial hayan recabado entre los grandes. Muchas manos blanquísimas que estrecharon la suya tal vez sigan sintiéndose, por mucho lavado, impregnadas por la indecencia de las más de 200.000 víctimas y 1,5 millones de deportados para conquistar un 70% de Bosnia, los primeros campos de concentración (Omarska y Prijedor) y la mayor matanza (Srebrenica, con más de 7.000 asesinados, y Zepa) en Europa desde 1945.

Con la OTAN ya en Bosnia desde 1996, aún se veía con frecuencia su mercedes negro, matrícula 001, hasta que en 1997 desapareció, y la rumorología pasó a cubrir una supuesta vida de ermitaño en los bosques, al parecer protegido alternativamente por patriotas, secuaces, paisanos y monjes serbios; pero años después aún manejaba en su beneficio el aparato económico de la república Sprska, como demostró en La Haya su ex segunda Biljana Plavsic. Incuria e indecisión internacional lograron convertirlo casi en un «Radovan de los bosques», heroicidad mística en la estela de mitos medievales como Kraljevic o los Nueve Jugovic, tanto más ofensiva para los huérfanos de sus miles de víctimas. La activista humanitaria Natasa Kandic consideraba ayer probado que el reciente cambio de gobierno en Belgrado ha precipitado la detención, facilitada ya por «indicaciones de un servicio de inteligencia extranjero».

Tiro al blanco en Sarajevo

Lo más que finalmente logró Karadzic de la agostada Sarajevo fue hacer rebautizar la Avenida Tito como Avenida de los Francotiradores, que además sus secuaces apostados hicieron siniestra autopista al cielo; y la vieja aura olímpica de la ciudad quedó ya ligada sólo al desalmado deporte del tiro al pato, siendo éste normalmente una anciana vecina con una bolsa de ayuda humanitaria. Con todo, ni siquiera fue lo peor, pues el intento de reducir a la ciudad por hambre, sed y frío -que le ha ganado 33 años de cárcel a su comandante de zona Dragomir Milosevic- dejó un reguero de muertos no inferior a los 10.000.