Francisco de Andrés

Requirió la espada, miró al soslayo...

Google ayuda a los varones saudíes a controlar a sus mujeres, y las feministas ni se enteran

Francisco de Andrés
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No hubo fortuna en la pesca. La ONU anunció esta semana que «por primera vez» una mayoría de países –entre ellos los 28 de la Unión Europea– han criticado los abusos contra las mujeres en Arabia Saudí en el flamante Consejo de Derechos Humanos. Nadie concedió importancia a la primicia. Son tantos los postureos y las declaraciones vacuas respecto al régimen saudí, que en todas se cumple al pie de la letra el poema cervantino: «Requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada».

El pataleo occidental se acalla ocasionalmente con chucherías de niño, como la reciente decisión del régimen de Riad de nombrar a una mujer embajadora en Washington –otra estupenda primicia prescindible– o el permiso para que las féminas saudíes acudan a los estadios de fútbol, por supuesto acompañadas de sus tutores varones. Estalla la noticia de que Google está ofreciendo una aplicación a los saudíes para que puedan controlar los viajes de sus mujeres –y de paso los movimientos de sus empleadas de hogar asiáticas, a las que los patronos retiran los pasaportes por si acaso– y solo surge como respuesta una carta de protesta de un grupo de congresistas norteamericanos. Que ha sido oportunamente enviada por Google a la papelera virtual.

¿Dónde están las organizaciones feministas occidentales, ocupadas en otros menesteres? ¿Quién se atreve a plantear un sabotaje a Google, en defensa de la dignidad de la mujer árabe? El meme que esta semana se hizo viral tiene miga. «Se buscan feministas para manifestaciones en Irán, Qatar, Yemen, Arabia Saudí y Emiratos Árabes».

La situación de opresión que vive la mujer en el mundo árabe es real, no académica. Pero el feminismo occidental la trata con ignorancia e indiferencia. ¿Se pide demasiado cuando se reclama coherencia?. Esta misma semana dimitió una ministra canadiense por los supuestos abusos políticos cometidos por su patrón, el primer ministro Justin Trudeau. «Hay un precio a pagar por actuar según mis principios, pero el coste de abandonarlos es mayor», explicó la titular del Tesoro, Jane Philpott.

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