El régimen chino exhibe su «capitalismo rojo» en el desfile por su 60 aniversario
Cerca de cien mil estudiantes desfilaron ayer por la Avenida Chang´An y la plaza de Tiananmen, en una gran muestra del tradicional «folclore patriótico» chino | AP

El régimen chino exhibe su «capitalismo rojo» en el desfile por su 60 aniversario

PABLO M. DÍEZ | PEKÍN
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Los carros de combate volvieron ayer a la pequinesa plaza de Tiananmen. Pero no lo hicieron, como en 1989, para aplastar la revuelta de los estudiantes que pedían reformas democráticas, sino para conmemorar el 60 aniversario de la fundación de la República Popular China.

Tras derrotar en la guerra civil al generalísimo Chiang Kai-chek, quien se refugió en Taiwán provocando la división de la isla hasta la actualidad, el líder revolucionario Mao Zedong instauró el 1 de octubre de 1949 este Estado comunista que, seis décadas después, es ya la nueva superpotencia del siglo XXI tras su apertura al capitalismo desde finales de los 70.

Al igual que ya hiciera el año pasado durante los Juegos Olímpicos de Pekín, el régimen mostró al mundo su imparable ascenso con un espectacular desfile donde sacó a relucir su músculo militar, alimentado por los 30 años de crecimiento económico del «capitalismo rojo». A las diez de la mañana (tres de la madrugada, hora española), el presidente de China, un Hu Jintao ataviado con un «traje Mao» oscuro abotonado hasta el cuello, se asomó al mismo balcón de entrada a la Ciudad Prohibida desde el que el Gran Timonel proclamó la República Popular hace 60 años. Acompañado por el ex presidente Jiang Zemin y el todopoderoso Politburó del Partido Comunista, Hu Jintao pronunció un discurso en el que instó a los chinos a «construir un país fuerte, democrático y con un socialismo modernizado».

«El progreso de los últimos 60 años demuestra que sólo el socialismo puede salvar a China, y sólo la política de apertura y reforma pueden garantizar el desarrollo de China, el comunismo y el marxismo», propugnó ante cerca de 80.000 estudiantes que abarrotaban la plaza y formaban mosaicos de colores con diferentes figuras y mensajes propagandísticos, como «Larga vida a China» y «El socialismo es bueno».

Al paso de la oca, las tropas del Ejército Popular de Liberación marcharon sobre la plaza con sus uniformes de gala representando a distintos batallones de Infantería, Artillería, las Fuerzas Aéreas y la Armada. Aunque con menos soldados que hace diez años, la parada ofreció una muestra del renovado arsenal militar chino, que se ha dotado de los más avanzados adelantos tecnológicos durante los últimos tiempos.

En total, el desfile presentó 52 tipos de nuevo armamento desarrollado íntegramente en China, como la última de generación de carros de combate, vehículos anfibios, radares, aviones espía no tripulados y satélites de comunicación. Además, el régimen efectuó la mayor exhibición hasta la fecha de sus misiles, como los intercontinentales DF-31, capaces de golpear Washington con cabezas nucleares, y los cohetes Dongfeng 21-D, con capacidad de maniobra para acertar en un objetivo móvil en alta mar.

Mientras los misiles atravesaban la plaza de Tiananmen, 151 aparatos, entre cazas J-10 y J-11, bombarderos y helicópteros, dejaban una estela de colores al sobrevolar el cielo de Pekín, extrañamente azul y donde lucía un intenso sol cenital. Un lujo sólo posible gracias a los cohetes con yoduro de plata lanzados la noche anterior para provocar la lluvia y limpiar la espesa niebla de contaminación que suele cubrir la capital.

La capital, desierta

Capaz de dominar la meteorología a su antojo, el régimen también impuso unas draconianas medidas de seguridad que blindaron la ciudad y la dejaron desierta para impedir incidentes o protestas de los disidentes. Mientras la plaza de Tiananmen y la avenida Chang´An estaban inundadas por cerca de 200.000 estudiantes, ataviados con diferentes uniformes y pompones que formaban vistosos mosaicos de colores en un ambiente festivo, las calles adyacentes estaban vacías.

A través de distintos cordones de seguridad, el centro de Pekín fue sellado y la ciudad presentaba un aspecto fantasmal en el que todos los comercios, tiendas y restaurantes estaban cerrados. Advertidos por la Policía, la mayoría de los pequineses no salieron de sus casas y vieron el desfile por televisión. Una fiesta por y para el pueblo, pero sin el pueblo.