Rangina Hamidi: «El burka es nuestro guardaespaldas»
Ragina Hamidi, ayer en Madrid tras la entrevista - de san bernardo
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Rangina Hamidi: «El burka es nuestro guardaespaldas»

La fundadora y presidenta de la primera y única empresa de mujeres de Kandahar, cuna de los talibanes, lucha para que sus derechos no sigan siendo pisoteados

madrid Actualizado:

Rangina Hamidi (Kandahar, 1977) sueña con que su hija Sarah, de dos años, vea por fin el final del túnel, sea más respetada como mujer que ella y viva en un Afganistán en paz. La familia Hamidi huyó en 1981 de la ocupación soviética. Tras pasar por Pakistán se instaló en Estados Unidos, donde Rangina creció y se formó en la Universidad de Virginia.

En 2003, en pleno apogeo talibán, regresó a Kandahar, donde fundó una empresa pionera de bordados artesanales para mujeres. Rangina acabó arrastrando a su padre, Ghulam Haidar Hamidi, a quien el presidente Hamid Karzai convirtió en alcalde de la volátil ciudad. Un terrorista suicida con una bomba en el turbante lo mató el pasado 27 de julio. Rangina cree que las corruptas alianzas de poder contra las que luchaba su padre apuntaron y que un joven kamikaze talibán venido de Pakistán lo ejecutó. Su recuerdo borra la sonrisa de Rangina, que ha tenido que regresar a Virginia por motivos de seguridad. De la mano de la Asociación por los Derechos Humanos de Afganistán (ASDHA) ha venido a España y aquí sigue luchando por su sueño.

—¿Qué hay detrás de su empresa, Kandahar Treasure?

—Más de 350 mujeres y sus familias trabajando por vez primera en la historia de Kandahar. Hacen dinero en el proceso de trabajo, pero lo importante es el servicio que prestan a la sociedad y sus familias.

—¿Detrás del burka se halla la decisión de la propia mujer, del hombre, de la cultura, de la historia...?

—Hay dos grupos de mujeres. Unas, instruidas que saben que pueden elegir entre llevarlo o no. Otras, la mayoría, que no saben más que llevarlo. Entre las primeras, muchas lo eligen por su seguridad personal. Yo misma lo llevo cuando trabajo sobre el terreno en Kandahar. No tenemos armas ni seguridad y el burka se ha convertido en nuestro guardaespaldas.

—¿Cómo salen parados los derechos humanos tras la ocupación militar y la misión de la OTAN?

—Muchos afganos sienten que no tienen ni derecho a la vida, así de simple, eso es lo primero. Tenemos que poner por delante el derecho a la vida y después la historia, la cultura, la religión... La mujer afgana no desea sacrificarse, pero primero quiere paz y seguridad y después otros asuntos como derechos humanos, que sin la vida misma no se disfrutan.

—¿No hay nada positivo en la presencia militar extranjera?

—Nada. Su misión es seguridad y estabilidad, pero no vemos nada de eso.

—¿Tiene miedo del 2014, cuando salgan las tropas extranjeras?

—No hay que esperar a 2014. Tengo miedo cada día, cada segundo.

—Más allá de lo militar y lo político, ¿Cómo puede ayudar la comunidad internacional a su país?

—Los últimos once años por desgracia nos demuestran que la solución a los problemas de Afganistán no es la militar. Tras 35 años de guerra continua imagínese cómo se encuentran los afganos desde el punto de vista psicológico, agotados. Tenemos la impresión de que la guerra no acabará nunca. Hay que reedificar la sociedad entera, con buenos gobiernos, transparentes y exentos de corrupción. La voz de las mujeres es la primera que se eleva contra esto, porque son ellas las más perjudicadas.

—¿Son más responsables del caos los talibanes o la corrupción interna?

—La corrupción más que los talibanes.

—¿Algún resquicio de optimismo?

—Es difícil ser optimista, pero debemos tener algo de esperanza para salir del túnel. La luz es el futuro, la luz es mi hija Sarah, de dos años, y muchas otras Sarahs que han de nacer y crecer.