Vladímir Putin y Emmanuel Macron, durante su encuentro en el Fuerte de Bregançon
Vladímir Putin y Emmanuel Macron, durante su encuentro en el Fuerte de Bregançon - Reuters

Putin, a Macron: «No queremos chalecos amarillos en Moscú»

El líder ruso defiende la represión frente a las buenas palabras del presidente francés

Corresponsal en ParísActualizado:

Emmanuel Macron celebró la tarde-noche de este lunes una reunión y cena de trabajo con Vladímir Putin en el Fuerte de Brégançon, intentando desbrozar «malentendidos» sobre las fronteras de Europa y los escenarios de crisis internacional, donde el líder ruso es capaz de movilizar sus ejércitos y el presidente francés intenta oficiar de «intermediario», corriendo el riesgo de la gesticulación. Los portavoces de Macron han presentado la reunión como un ejercicio de «realismo político» («realpolitik»): «Se trata de seguir dialogando, siempre, con un vecino importante».

Desde la óptica presidencial francesa, es un nuevo «intento» de «aproximar» a la Rusia de Putin a Europa occidental, el empantanado proyecto de la UE. Ambición de realismo político que choca con los principios básicos donde se funda la diplomacia del mandatario ruso y la diplomacia de Macron.

La Rusia de Putin es una «democracia iliberal» en la terminología macroniana, algo que el presidente francés no se atreve a repetir en voz alta ante su invitado. Desde Moscú, el presidente ruso estima que el liberalismo donde se funda la UE «es algo obsoleto». Durante una cena de trabajo con vistas al Mediterráneo, la pareja Macron-Putin abordó las crisis pendientes e inflamables en las fronteras inmediatas y lejanas de la vieja Europa: Ucrania, tensiones «separatistas» en las fronteras rusas, movimientos prorrusos en las mismas fronteras, apoyados militarmente por Moscú.

La UE y el G-7 (EE.UU., Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Japón) decidieron «castigar» a Putin tras la anexión militar pura y simple de Crimea en 2014. La UE impuso sanciones a Rusia, de un efecto aparentemente poco disuasivo. El G-7 expulsó a Rusia, que había llegado a integrarse entre los grandes occidentales. Cinco años después… Macron intenta oficiar de «intermediario» entre los aliados occidentales más renuentes al militarismo putiniano. Donald Trump, por el contrario, fue el primero en pedir la «reintegración» de Rusia en un G-7 que Macron reunirá del 24 al 26 de este mes en Biarritz, sin Putin.

Por parte rusa, Putin repite de manera diáfana su disposición al recurso a la fuerza militar, siempre que considere «afectados» sus intereses «nacionales» en las fronteras europeas de Rusia. Por parte francesa, Macron deseó insistir en su «esperanza» en un «relanzamiento» de los acuerdos empantanados, traicionados o abandonados, laboriosamente negociados entre ucranianos, alemanes, franceses y rusos. Putin «informó» a Macron de sus conversaciones telefónicas con el presidente de Ucrania, Vladímir Zelenski, manifestando un «prudente optimismo».

Optimismo por confirmar si se llegase a negociar, más adelante, algún acuerdo que satisfaga a todas las partes, comenzando por el Gobierno ucraniano y los separatistas apoyados militarmente por Moscú. Desde el estallido de la crisis ucraniana en 2014 los enfrentamientos se han cobrado más de 13.000 vidas. Sucesivos altos el fuego no han «apagado» definitivamente un incendio trágico en la frontera este de Europa.

Putin acogió con «simpatía» y «comprensión» los intentos macronianos de «buscar soluciones» pacíficas a las tensiones fronterizas que Moscú considera «capitales» para su propia seguridad.

Por el contrario, cuando Macron se atrevió a abordar temas «escabrosos» a los postres de una cena «con mucho sabor mediterráneo», como la persecución de homosexuales en Rusia, la represión política o el «intervencionismo» de los hombres de Putin en asuntos internacionales (a través de «agencias de prensa» y medios de intoxicación de masas), el presidente ruso puso la cucharilla de plata sobre su plato de frutas variadas, dejando claro que no aceptaba «lecciones». Recordó las protestas violentas de los «chalecos amarillos», con «decenas de personas fueron heridas y policías también». «No queremos algo parecido en la capital rusa», recalcó.

Si el diálogo entre Macron y Putin no podía ir muy lejos en los terrenos europeos, las crisis mediterráneas solo permitieron tímidas convergencias, muy alejadas del poder de Moscú y París en los distintos escenarios en crisis. Discutieron «con franqueza» de la guerra en Siria y las tensiones entre Irán y EE.UU. sobre los acuerdos nucleares multilaterales.

De Siria a Irán

En Siria y el Mediterráneo oriental, Rusia juega un papel muy importante como aliado militar de Damasco. Palabras muy mayores y cruciales: los militares y la tecnología militar rusa juega un papel determinante en todos los campos de batalla. Se trata de una posición de gran potencia, presta al recurso más implacable de la fuerza armada. ¿Cómo puede influir Francia u otro país europeo en un escenario tan trágico, con el mero uso de la gesticulación verbal, sin apoyo militar?

Ante la crisis nuclear entre Washington y Teherán, París cuenta con el apoyo de Berlín y Londres, con un éxito todavía desconocido. La gesticulación no siempre verbal de Teherán en el golfo Pérsico, en el estrecho de Ormuz, recuerda a todas las partes el «techo» de la retórica diplomática y la importancia muy mayor de los «gestos» marciales de la más diversa envergadura.

Voluntarista y siempre optimista, Macron se consideró «satisfecho» de su diálogo con Putin, el primer encuentro de una serie, que continuará con Boris Johnson, el jueves, antes del G-7 del próximo fin de semana, en Biarritz.