Protesta de judíos ultraortodoxos en Pensilvania en octubre de 2016
Protesta de judíos ultraortodoxos en Pensilvania en octubre de 2016 - EFE

La pelea interna por antisemitismo descoloca a la oposición en EE.UU.

Trump intenta sacar partido a su favor tras las declaraciones antijudías de dos mujeres demócratas recién llegadas al Congreso, Omar y Ocasio-Cortez

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

La Cámara de Representantes de EE.UU. vota hoy una resolución de condena contra ataques antisemitas, después de una serie de comentarios agresivos sobre Israel y el «lobby» judío de una de las nuevas voces del partido demócrata: Ilhan Omar. En realidad, es un intento de los demócratas, que controlan la Cámara baja desde las elecciones de noviembre, de dar carpetazo a una crisis abierta en el partido por la posición díscola de Omar en un asunto de alta sensibilidad: el apoyo férreo de EE.UU. a Israel.

Omar es la primera mujer musulmana -junto a la también demócrata Rachida Tlaib- en llegar al Congreso de EE.UU. Es además una representante del ala izquierdista del partido, más crítica con la política de Israel frente a Palestina que la posición tradicional defendida por el «estalishment» demócrata, al igual que el republicano.

La semana pasada, Omar se desmarcó con un comentario que enfureció a buena parte de su partido. «Hay que hablar de la influencia política en este país que dice que está bien que la gente impulse una lealtad a otro país», dijo en referencia al «lobby» judío. Para muchos, es una versión de un ataque tradicional antisemita, por el que los judíos no son ciudadanos leales en sus países, sino que lo son más a Israel.

No era la primera vez que Omar se metía en problemas por comentarios de este tipo, pero ha sido la gota que colmó el vaso en el liderazgo del partido demócrata. El borrador de la resolución, según estaba confeccionado ayer, no mencionaba a Omar, pero no había duda de que surgía de sus declaraciones.

La polémica ha vuelto a colocar al partido demócrata frente al espejo. Con una elección presidencial a la vuelta de la esquina, las peleas intestinas son evidentes entre el «establishment» del partido, donde el apoyo a Israel forma parte del credo demócrata, y la nueva facción izquierdista surgida de la candidatura de Bernie Sanders en 2016 y de la oposición a Trump, como los nuevos socialistas, que son mucho más proclives a defender los derechos de los palestinos.

El asunto es sensible porque la comunidad judía no solo es un voto fiel a los demócratas -su apoyo está alrededor del 70%-, sino también porque es uno de los pilares de su financiación electoral. Por ejemplo, en las últimas elecciones, los cinco principales donantes de Hillary Clinton eran multimillonarios judíos. Uno de cada 17 dólares conseguidos por su campaña vino de sus bolsillos.

Una minoría clave

Según un estudio de Gil Troy, de la universidad McGill, el 50% de las contribuciones electorales a los demócratas en 2016 fueron de donantes judíos. Su representación en el Congreso también es relevante: mientras que son un 2% de la población de EE.UU. el 6% de los congresistas son judíos. Y en algunos estados clave, como Florida, tienen un porcentaje de población relevante.

La división se ha acentuado con las declaraciones de ayer de Alexandria Ocasio-Cortez, la nueva sensación del partido demócrata y punta de lanza del empuje hacia la izquierda. Ocasio-Cortez criticó la hipocresía de su partido: «Nadie busca este tipo de reprimenda cuando otros diputados hacen declaraciones sobre latinos y otras comunidades», dijo sobre la resolución propuesta y en recuerdo del «¡Vuelve a Puerto Rico!», que un diputado republicano le gritó a otro demócrata recientemente. La joven demócrata exigió que se haga frente a «todas las formas de racismo» y también contra la «misoginia» y que si ese es el estándar que quiere tener el liderazgo demócrata, entonces hay que aplicarlo a todos los ataques.

La polémica es un regalo para Donald Trump, que viene de una semana muy complicada, con la explosiva comparecencia en su contra en el Congreso del que fuera su abogado, Michael Cohen, y tras el fracaso aparente de la cumbre en Vietnam con el dictador norcoreano Kim Jong-un.

El sábado, en su discurso en la conferencia conservadora CPAC, aseguró que lo que dijo es «terrible» y que debería «dimitir del Congreso o, sin duda, del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes». El lunes por la noche, desde Twitter, volvía a la carga, presionando a la líder demócrata de la cámara baja, Nancy Pelosi, para que expulse a Omar y haga caso a una carta firmada por doce grupos judíos que así lo exigen. «¡Un día negro para Israel!», lamentaba Trump.

Ambivalencia

Más duro fue uno de sus asesores, Jeff Ballabon, en Fox News: «El problema es que sus creencias (las de Omar) están enraizadas en el odio y en el antisemitismo», dijo antes de asegurar que la congresista es «escoria» y «no debería tener sitio en el Congreso».

Para Trump, el caso Omar es una ocasión perfecta para acentuar las divisiones en el partido demócrata y tratar de captar -o anular- el voto de moderados e independientes, a los que trata de asustar desde hace semanas con referencias al «socialismo» que buscan los demócratas. Como presidente, Trump ha tenido actitudes ambivalentes sobre la cuestión judía: por un lado, ha redoblado la alianza con Israel, incluida la decisión controvertida de trasladar la embajada de EE.UU. de Tel Aviv a Jerusalén; por otro lado, ha sido tibio con grupos supremacistas. Por ejemplo, en los disturbios en Charlottesville en el verano de 2017, dijo que había «buena gente» entre quienes marchaban con antorchas y simbología nazi.