Pedro Rodríguez

Make America White Again

Las barbaridades de Trump no ofenden tanto como el silencio tan cómplice del Partido Republicano

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Durante la primavera de 1970 –uno de los momentos en la historia de Estados Unidos de mayor fractura social por la guerra de Vietnam– se hizo necesario improvisar una barricada con decenas de autobuses municipales en torno a la Casa Blanca. El Servicio Secreto, encargado de la seguridad de Richard Nixon intentaba evitar un asalto de manifestantes y otra tragedia como la que había costado la vida a cuatro estudiantes en el campus universitario de Kent State. Toda la Policía local estaba desplegada en el centro de Washington, con refuerzos militares de la 82 División Aerotransportada.

Apenas tres generaciones después, la insurgencia parece que vuelve a campar por sus respetos en la capital federal. Aunque esta vez, el ímpetu explosivo emana de la Casa Blanca, no procede de la calle. En sus 907 días como presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha confirmado con creces su vocación de agitador-en-jefe. Con el correspondiente esfuerzo visceral por cuestionar la forma de hacer política en Washington, apelando a los peores instintos de sus compatriotas.

En política, el caos suele llevar al fracaso. Sin embargo, en la Casa Blanca de Trump la anarquía parece ser parte del plan. Dentro de un tono permanente de tensión, y con la excusa del ajuste de cuentas del nacional-populismo, Trump lanza constantemente provocaciones incendiarias más propias de un pirómano político que del presidente de una de las naciones más diversas del mundo.

Por supuesto, Trump no es el primer ocupante del despacho oval que intenta politizar el problema racial. Aunque la gran diferencia es que sus antecesores lo hicieron siempre con una mezcla de vergüenza y discreción. El trumpismo, entre tantos eructos por Twitter con regusto repugnante, ha perdido la brújula moral para alinear poder y valores. En este ejercicio tan tóxico de la política –del que no se libran ni cuatro ciudadanas de Estados Unidos que han ganado democráticamente sus escaños en el Congreso– las barbaridades de Trump no ofenden tanto como el silencio tan cómplice del Partido Republicano.