Un niño vestido con el uniforme del Ejército Comunista juega con una pistola de juguete en Yan'an, en la provincia china de Shaanxi. - AP

El Partido Comunista de China celebra su 90 aniversario entregado al capitalismo salvaje

En el poder desde 1949, el régimen comunista hundió al país en la miseria y el caos durante la época de Mao y luego lo ha convertido en la segunda potencia del mundo gracias a la apertura económica ideada por Deng Xiaoping a finales de los 70

CORRESPONSAL EN SHANGHÁI Actualizado:

El 1 de julio de 1921, una docena de intelectuales influidos por las ideas de Marx y Lenin y animados por el triunfo de la Revolución Rusa, entre los que figuraba un jovencísimo Mao Zedong, se reunieron en una casa de la Concesión Francesa, en Shanghái, para fundar el Partido Comunista de China. Representaban a sólo medio centenar de miembros y, acosados por la Policía del Kuomintang, tuvieron que salir a la carrera para concluir dicho congreso inaugural sobre una barca en el lago del sur de Jiaxing, en la vecina provincia de Zhejiang.

Hoy, 90 años después, el edificio de ladrillo gris que acogió el primer congreso del Partido Comunista se sitúa en el corazón de Xintiandi, una de las zonas comerciales más exclusivas de Shanghái plagada de bares de diseño, restaurantes de lujo y tiendas internacionales. La casa se ha convertido en un museo, pero su ubicación supone la mejor metáfora para explicar la evolución que ha sufrido el socialismo con características chinas en estas nueve décadas, sobre todo a raíz de la apertura al capitalismo acometida por Deng Xiaoping poco después de la muerte de Mao en 1976.

La China de Mao

El «Gran Timonel» se convirtió en el «padre de la patria» al fundar la República Popular de China el 1 de octubre de 1949, una vez que ganó la guerra civil contra el Kuomintang de Chiang Kai-chek, quien se refugió en Taiwán separando hasta hoy la isla del régimen comunista. Mao acabó con tres siglos de oprobio y humillaciones de China por parte de las potencias coloniales occidentales, restauró el orgullo nacional, repartió tierras entre los campesinos, impuso una educación y una sanidad públicas que mejoraron el nivel de vida, generó empleo al estatalizar las empresas, se libró de la dependencia de la Unión Soviética y logró, gracias a su fiel colaborador Zhou Enlai, el ingreso del país en la ONU y el deshielo con Estados Unidos a principios de los 70. Pero, como en los peores tiempos imperiales, también volvió a poner de rodillas a China durante el «Gran Salto Adelante» (1958-1961) y la «Revolución Cultural» (1966-76). En la primera campaña, perecieron de hambre entre 30 y 40 millones de personas por una desastrosa industrialización colectiva que llenó los patios traseros de las casas de pequeñas fundiciones para producir acero. La mala calidad del mismo, el abandono de la agricultura y las adversas condiciones meteorológicas arruinaron el experimento y erosionaron la imagen de Mao, que cedió su autoridad ante los moderados Liu Shaoqi y Deng Xiapoing.

La «Revolución Cultural»

En esta lucha de poder, el «Gran Timonel», adorado como un dios por la juventud y el campesinado, lanzó en 1966 la «Revolución Cultural», una cruzada antiburguesa que sumió al país en una década de fervor comunista y caos. Entre 2 y 20 millones de personas murieron víctimas de las persecuciones políticas y cientos de millones fueron salvajemente purgadas. Por eso, la sufrida sociedad acogió con satisfacción, sobre todo en las ciudades, las reformas capitalistas acometidas tras su fallecimiento por los líderes revisionistas Deng Xiaoping y Jiang Zemin, que han convertido a la humilde China comunista en la segunda potencia económica del mundo y sacado a cientos de millones de personas de la pobreza. El gigante asiático ha vivido en las tres últimas décadas la mayor transformación económica y social de su historia, pero no política. China sigue siendo una dictadura de partido único donde sus gerifaltes se dividen entre los «neoliberales» que abrazan el capitalismo salvaje y rechazan la democracia «al estilo occidental», como el presidente de la Asamblea Nacional Popular, Wu Bagguo, y los «socialdemócratas» con discurso populista para atajar la inestabilidad que provocan las crecientes desigualdades entre ricos y pobres, como el primer ministro, Wen Jiabao.

La «nueva» China

Para bien o para mal, con sus aciertos y sus errores, la nueva China ha sido forjada, a veces a sangre y fuego, por el Partido Comunista, que cuenta con 80 millones de miembros y controla la política, la economía y al Ejército. Demasiado poder para que no haya cundido entre sus cuadros la corrupción. Como ha recordado hoy el presidente chino, Hu Jintao, durante la conmemoración del aniversario, éste es el principal problema del régimen. «Se trata de un asunto de vida o muerte para el Partido y somos conscientes de la gravedad y el peligro de la corrupción que ha surgido como consecuencia de estar tanto tiempo en el poder», reconoció Hu, quien advirtió de que «si no es efectivamente erradicada, la corrupción le costará al Partido la confianza y el apoyo de la gente». Entonando este «mea culpa», y edulcorando su 90 aniversario con eslóganes nacionalistas y canciones patrióticas, el Partido Comunista se legitima con el crecimiento económico de las tres últimas décadas para anular cualquier reforma política. De hecho, el régimen ha intensificado la represión sobre los disidentes tras la concesión en octubre del Nobel de la Paz a Liu Xiaobo, condenado a once años de cárcel por liderar la «Carta 08» por la democracia, y las «revoluciones del jazmín» que han sacudido al mundo musulmán.

El Partido Comunista festeja sus 90 años

Frente a dicha inestabilidad, el Partido esgrime como logros el progreso económico y social, los Juegos Olímpicos de Pekín, la Expo de Shanghái, la presa de las Tres Gargantas, la devolución de Hong Kong a China en 1997, las misiones tripuladas al espacio, los trenes de alta velocidad, los rascacielos de cristal y hormigón que se construyen las 24 horas, las autopistas de varios niveles y las galerías comerciales con boutiques de lujo donde corre el dinero a mansalva. Gracias a su barata mano de obra, China es la «fábrica global» donde se producen todos los artículos que consumimos en nuestra vida cotidiana, pero también el mayor mercado del planeta y uno de los salvavidas de la economía mundial en estos tiempos de crisis. Frente a quienes recuerdan la matanza de Tiananmen en 1989, la brutal persecución del culto religioso «Falun Gong», el control sobre las minorías tibetana y uigur, el encarcelamiento de disidentes políticos, los abusos de poder, la falta de libertades y la violación de los derechos humanos, el Partido Comunista festeja sus 90 años entregado al capitalismo salvaje y la economía de mercado. Eso sí, con características chinas.