París, la última moda en burkas
El Corán y burkas, shaylas, hiyams y niqabs a la venta en las tiendas de la capital del Sena / J. P. QUIÑONERO

París, la última moda en burkas

Un burka sencillito cuesta entre 100 y 200 euros. Un comercio viento en popa en París, donde florecen las tiendas especializadas en tales prendas

POR JUAN PEDRO QUIÑONERO
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El debate nacional ha disparado la venta y la moda del burka, entre otras prendas tradicionales de la mujer musulmana, con un incremento significativo de las ventas en un rosario de florecientes comercios especializados.

Existía desde hace años un pequeño archipiélago de tiendas especializadas en lencería sexy y de lujo para musulmanas ricas o riquísimas, de paso por París. Ese comercio ha seguido floreciendo. Pero es mucho más reciente la floración de un número creciente de comercios especializados en prendas tradicionales de la mujer musulmana... hiyam, niqab, shayla, chador y burka.

«En el último mes hemos vendido veinte burkas», me comenta, lacónica, una señorita vestida con una prenda negra que le cubre la cabeza y todo su voluminoso cuerpo, mientras juega con su móvil, en una tienda especializada en Ménilmontant, el histórico barrio inmortalizado por Edith Piaf. En la misma calle, con nombre de sindicalista metalúrgico, otra docena de tiendas especializadas ofrecen rebajas del 20 al 30%. Un coqueto shayla esmeralda o azul celeste se vende a 20 y 35 euros. El burka más sumario cuesta entre 100 y 200 euros. Muchas de las prendas tradicionales para las musulmanas francesas o instaladas en Francia han sido fabricadas en Arabia Saudí o Pakistán, y los comerciantes insisten en la procedencia y fabricación «con métodos tradicionales».

Entre ellas, las «hermanas» (calificativo cordial, entre jóvenes musulmanas creyentes y tradicionalistas) dicen no estar exentas de coquetería. Mientras examino con mucho pudor la excelencia del lapislázuli de un delicado shayla, en una suerte de «drugstore» que también vende coranes, libros y vajillas, a todos los precios, una señorita tocada de negro azabache y una amiga con una chaqueta de Zara, igualmente oscurísima, discuten entre risas apenas sofocadas de sus últimas compras de ropa usada en la intimidad.

El gerente del «drugstore» (tupida barba, de blanco inmaculado, las piernas al aire) me cuenta que vende más ropa femenina tradicional que libros piadosos, que ofrece con fervor palmario, invitando a su clientela a consultar un Corán lujosamente editado, expuesto, como una joya, a un precio relativamente alto, 35 euros. Hay ediciones mucho más modestas. Pero la clientela femenina que entra y sale no parece sentir una frenética piedad libresca, en mi impía presencia.

En la misma calle donde puedo escoger media docena de modelos de burka, a distintos precios y rebajas, las tiendas de especias orientales y carnicerías especializadas alternan con locutorios telefónicos y bares de clientela mucho más laica y cosmopolita, donde termino tomando un perfumado té a la menta, con piñones murcianos, claro.