Varios cubanos en el emblemático malecón de La Habana. ABC

EL PARAÍSO A 90 MILLAS: LA FLORIDA VISTA DESDE CUBA

CARLOS ALBERTO MONTANER
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Pudo ser de otro modo, pero la casualidad determinó que la Conquista comenzara por las Antillas, donde originalmente pusieron pie los españoles. De ahí, desde Cuba, muy pronto irradió al territorio continental: hacia México con Cortés y hacia Florida con Ponce de León, Pánfilo de Narváez, Hernando de Soto o Pedro Méndez de Avilés, fundador de San Agustín en 1565, ciudad creada medio siglo antes de que los pasajeros ingleses del Mayflower desembarcaran medio mareados rezando pasajes de la Biblia protestante.

La táctica imperial del siglo XVI era muy simple: se anclaba el centro colonizador en un punto y a partir de ese núcleo urbanizado se exploraban y conquistaban nuevos territorios. A Cuba, y especialmente a La Habana, el azar le deparó durante siglos ese destino de centro colonizador, de parada y fonda de los «Adelantados» en su permanente búsqueda de nuevos horizontes en los que clavar el estandarte castellano.

Los otros poderes

Había que darse prisa. Los ingleses, franceses y holandeses merodeaban por el vecindario disputándole a España los «títulos justos» que Castilla invocaba para legitimar su soberanía sobre el Nuevo Mundo. ¿Quién era el Papa Alejandro Borgia, ese valenciano libertino, para dividir el planeta a su antojo y otorgarlo a españoles y portugueses por medio del Tratado de Tordesillas? Era verdad que la costumbre y el derecho medieval concedían al Santo Padre la facultad de entregar al monarca que mejor le pareciera la soberanía de los «territorios sin dueño» a cambio de predicar la fe en Cristo, pero esa vieja convención chocaba contra el sentido común: América era mucho más que un «territorio sin dueño». Era un inmenso universo infinitamente más grande que los poderes coloniales europeos. El Papa podía tener razón, pero poca, y la poca que tenía no le servía de mucho, especialmente en tiempos en los que las testas coronadas europeas se rebelaban todos los días contra la devaluada autoridad moral y política de la Roma del Renacimiento.

Ésa fue la primera percepción de los hispano-cubanos -por llamarles de algún modo a los españoles asentados en Cuba- sobre Florida: escalón, puente de mando, punto de partida para otros destinos imperiales. Había que marcar el territorio antes de que lo hicieran los otros poderes europeos. Por eso Méndez de Avilés funda San Agustín y enseguida la dota de un fuertecillo o baluarte. Era una avanzadilla, una marca sobre el terreno, un mástil para que flotara el pabellón español y desde ahí despachar partidas de soldados y curas franciscanos a continuar ampliando el perímetro de la Conquista material y espiritual. Había sí, que derrotar indios, pero el enemigo real y peligroso no eran los tequestas o los calusas, pobre gente hambrienta y desarrapada, sino las tribus europeas, también diestras en el uso de los cañones, los caballos y los arcabuces.

La dependencia tranquila

En diez años de mano dura, Pedro Méndez de Avilés logró asentar con firmeza la soberanía española en Florida. En ese periodo ahorcó hugonotes franceses y exterminó indios timucuas hasta dejar muy claro que en ese rincón del mundo mandaba Castilla. Y muy sólidos debieron ser los cimientos que forjara, pues desde San Agustín los españoles pronto lograron controlar una enorme porción de América del Norte que abarcaba la península de la Florida, las Carolinas y Georgia, imponente territorio adscrito a la Audiencia y al obispado de La Habana.

Casi dos siglos duró esta etapa tranquila, casi soñolienta, de dependencia floridana. Desde La Habana viajaban soldados, curas y funcionarios que mantenían el orden y poblaban muy lentamente la remota colonia. La Corona española, preocupada por el raquítico censo que arrojaba ese rincón de su imperio, emitió una Real Orden exigiendo el traslado casi forzado de familias canarias. Les ofrecían tierras, animales y un poco de dinero como estímulo para que emigraran, pero la medida tuvo poco éxito. Los isleños preferían La Habana, que tanto se les parecía a Las Palmas o a Tenerife, e incluso Caracas, con su clima tercamente hospitalario.

Todo eso cambió súbitamente a partir de una sangrienta guerra mundial que apenas recuerdan los libros, pese a ser inmensamente importante para entender la geografía política contemporánea: la Guerra de los Siete Años. En efecto, entre 1756 y 1763 Inglaterra y Francia, cada una acompañada de sus respectivos aliados, libraron una batalla planetaria que, entre otros sitios, se riñó en Europa, en la India, en Norteamérica y en La Habana. Como consecuencia de esa guerra, el Canadá francés pasó a manos británicas y la ciudad de La Habana fue ocupada por los ingleses. Pero como consecuencia de la paz los resultados fueron aún más dramáticos: España perdió (temporalmente) la soberanía sobre las Floridas -entonces eran dos, la oriental y la occidental-, pero recuperó La Habana y asumió el poder (también temporalmente) sobre la Louisiana.

La verdad es que las cancillerías francesa y española no tenían demasiado aprecio por el experimento republicano de los estadounidenses, pero esos remilgos ideológicos pesaban mucho menos que la inquina invencible que les provocaban los ingleses y la voluntad de recuperar los territorios arrebatados poco antes por la «pérfida Albión». Dentro de ese espíritu, en 1779, tras declararle formalmente la guerra a Inglaterra, las tropas españolas invaden Florida occidental, y en 1781, al mando de Bernardo Gálvez, gobernador de Louisiana, un brillante soldado fogueado y herido en varias batallas toman San Carlos de Panzacola a sangre y fuego al frente de una expedición salida de La Habana. El pabellón castellano volvía a ondear en tierras floridanas, y Cuba, como siempre, había sido la escala fundamental de la batalla. No en balde Felipe II se refería a la isla como «la llave de las Indias».

Pero en la casa del pobre -España ya era pobre en ese momento- la felicidad no dura mucho. Exactamente, 40 años. Y así fue: en 1819 el rey Fernando VII de España, al frente de un país en crisis, se ve obligado a ceder la soberanía de la Florida a la pujante nación americana. El aliado de la víspera se había vuelto un voraz adversario que tomaba como pretexto las escaramuzas con los indios para penetrar con sus tropas en tierras floridanas. Nada menos que Andrew Jackson encabeza la «persecución en caliente» de los nativos montaraces. España está demasiado débil para ofrecer resistencia a los norteamericanos o para controlar a los indígenas. Las guerras de independencia latinoamericanas la desangran. La Corona española, resignada, opta por vender el territorio en 1819. La Península que entrega está moteada por unos cuantos pintorescos poblados españoles: San Agustín, Panzacola -luego Pensacola-, Talajasi, Tampa y Fernandina son los más visitados. Cayo Hueso, curiosamente, no entra en el pacto. Eso ocurrirá dos años más tarde, cuando un tal Juan Pablo Salas, propietario del islote, se lo vende por dos mil dólares a un norteamericano llamado John W. Simonthon. Salas estaba seguro de haber hecho un buen negocio: en el cayo no había agua potable.

Tierra de refugiados

Cuando España cedió la Florida, casi todos los habitantes de la zona, unos cinco mil, liaron sus bártulos y se fueron a México y a Cuba. El territorio quedó casi despoblado de personas de origen europeo, salvo los soldados norteamericanos que en número creciente se trasladaron a hacerles la guerra a los indios, y muy especialmente a los pendencieros seminolas acaudillados por el incansable Osceola. A mediados del siglo XIX ya Estados Unidos estaba en total control de la Florida, los indios habían sido derrotados, el territorio se había convertido en Estado y los cubanos comenzaban a buscar refugio en la antigua colonia.

Uno de ellos, el más ilustre, fue nada menos que el prebístero Félix Varela. De niño había vivido en San Agustín bajo bandera española, donde su tío era coronel, y de adulto regresaba a la ciudad como cura católico a morir lleno de nostalgia por Cuba, protegido por la autoridad norteamericana.

Era una metáfora de lo que estaba por venir. Varela inauguró una tendencia histórica. El mismo año de su muerte, 1853, nacía en La Habana José Martí, y en 1868 comenzaba en la Isla la Guerra de los Diez Años. Inmediatamente se inició el éxodo hacia Cayo Hueso de personas que huían de la candela mambisa o de la contracandela española. En esa época no hacían falta visado ni permisos especiales: sólo un velero y ganas de votar con los remos. Los tabaqueros y los pescadores fueron los primeros en llegar al Cayo que todavía no había perdido su original contorno hispano.

Repatriación voluntaria

En 1870 cubanos y españoles -era muy difícil precisar dónde terminaba uno y comenzaba el otro- ya habían fundado en Cayo Hueso 29 fábricas de tabaco. En 1880 eran 44. La cifra que aporta la historiadora Miriam Rodríguez es impresionante: 18.000 cubanos torcían y empaquetaban tabaco -más de 20 millones de habanos-, pescaban esponjas o prestaban diversos tipos de servicios en el Cayo. Diez años más tarde, creada Ibor City en Tampa por emigrantes de Cayo Hueso, las manos cubanas en Florida producían 100 millones de puros. Escondida en uno de esos puros, por cierto, viajó a Cuba la orden de alzamiento que daría inicio a la guerra del 95.

No es, pues, una casualidad que José Martí anunciara la creación del Partido Revolucionario Cubano en la sede del Instituto San Carlos de Cayo Hueso. Cayo Hueso era entonces la mayor cantidad de Cuba que se podía encontrar fuera de la Isla. Según Patria -el periódico de Martí-, de acuerdo con la citada profesora Rodríguez, los millares de cubanos avecindados en el cayo -en ese momento unos 12.000- pertenecían a 72 asociaciones, casi todas patrióticas, y colaboraban con entusiasmo con la causa independentista. Soñaban, algún día, volver a la isla grande de la que habían partido.

En 1898, tras la derrota de España a manos norteamericanas, comenzó la voluntaria repatriación de los cubanos. Al principio fue un movimiento tímido, pero luego cobró fuerza. Se supone que unos cien mil cubanos o hijos y nietos de cubanos viajaron de Estados Unidos a Cuba entre 1898 y los primeros años de la República. Muchos de ellos habían adquirido buena formación y una eficiente manera de trabajar. Probablemente -nadie lo ha estudiado- le dieron un gran impulso a la flamante nación independiente.En todo caso, los lazos entre Cuba y Estados Unidos cobraron de pronto una insospechada proximidad. Una de las medidas más generosas de la ocupación norteamericana del 98 fue enviar un millar de maestros cubanos a Harvard durante un verano lleno de ilusiones y sobresaltos.

La Florida a partir de ese momento siguió siendo un destino para acoger cubanos cada vez que torpemente destruíamos la convivencia civilizada. Durante la guerra de 1906 algunos de los alzados se refugiaron en Florida. Volvió a ocurrir en 1917, a los acordes de La Chambelona. Durante el machadato es que aparece Miami en nuestro mapa político. La ciudad se ha convertido en un amable balneario y allí recalan los antimachadistas a reorganizarse. En el 44, cuando Batista abandona la presidencia, se traslada a Daytona Beach a vivir su exilio dorado. Cuando vuelve al poder por la fuerza, a partir de 1952, Miami se torna un punto de encuentro para exiliados y conspiradores. En 1959, se cruzan en el aire quienes escapan de la llegada de Castro a La Habana y quienes acuden a sumarse al triunfo. Poco después los vuelos serían en una sola dirección. Tanto, que el sur de la Florida parece que regresa a sus orígenes hispanos: se cubaniza. Es un refugio contra los rigores del infierno. O es la versión cubana del paraíso. Depende de quien haga el cuento.