Un agente quita las esposas a Pablo Ibar a su llegada al tribunal del condado Broward (Florida) el pasado lunes
Un agente quita las esposas a Pablo Ibar a su llegada al tribunal del condado Broward (Florida) el pasado lunes - Efe

Pablo Ibar: la última batalla contra la condena a muerte del hijo del pelotari

El padre del preso español, Cándido Ibar, asegura que está «bien», pero reconoce que no lo tendrá fácil

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A las 7.18 de la mañana del domingo 26 de junio de 1994, dos hombres irrumpen en una vivienda de Miramar, en el condado de Broward, en el sur de Florida. En su interior se encuentran el propietario, Casmir Sucharski, dueño de un club nocturno, y dos bailarinas del local, Sharon Anderson y Marie Rogers. Los intrusos golpean a Sucharski, se llenan los bolsillos con lo que encuentran y matan a tiros a los tres. Según recoge una cámara de vigilancia, uno de los atacantes lleva gorra y gafas de sol, mientras que el otro lleva la cara cubierta con una camiseta, pero en un momento dado se la retira y se seca el sudor con ella. El rostro queda grabado, aunque de forma borrosa, y se distribuye la imagen entre las fuerzas de seguridad.

Tres semanas después, la Policía de Miramar recibe una llamada de sus colegas del vecino condado de Miami-Dade en la que avisan de que, por otro hecho, tienen bajo arresto a alguien que se parece al del vídeo. Se trata de Pablo Ibar, un joven hispano-estadounidense que trapicheaba con drogas, hijo de un jugador de pelota vasco que se había mudado a Florida, donde ese deporte llegó a gozar de gran popularidad.

Comenzó así el largo y angustioso laberinto judicial en el que ha vivido desde entonces Pablo Ibar, que siempre ha defendido su inocencia y presentó una coartada. De los 24 años que ha pasado en la cárcel, 16 años los pasó en el corredor de la muerte, tras su condena en 2000. Salió de él en 2016, después de que el Tribunal Supremo de Florida anulara la sentencia y ordenara la celebracion de un nuevo juicio, el cuarto al que se somete. Este lunes comenzó la vista oral.

La primera vez que se enfrentó a un juicio fue en 1997, cuando se sentó en el banquillo junto a la persona que se identificó como el otro intruso en la casa de Sucharski, Seth Peñalver. En esa ocasión, se declaró nulo al haber acuerdo del jurado para un veredicto.

En un segundo juicio, en 1999, Ibar pidió cambiar al abogado de oficio que se le asignó, Kayo Morgan, que fue detenido por una supuesta agresión a su pareja durante la elección del jurado, pero el tribunal no accedió. En cambio, sí se acabó concediendo un aplazamiento en su caso. Mientras, el proceso siguió para Peñalver, que fue condenado a muerte, si bien años después se le volvió a juzgar y salió absuelto.

El tercer juicio a Ibar, que comenzó el 17 de abril de 2000, fue el que concluyó con la condena a la pena capital para el hispano-estadounidense y su entrada en el corredor de la muerte. Tras sucesivas apelaciones y tropiezos, y tras hacerse con los servicios de un nuevo abogado, el Tribunal Supremo de Florida acordó el 4 de febrero de 2016 la anulación de la sentencia y la repetición del juicio, debido a las «numerosas deficiencias y errores» del letrado de oficio, inaceptables para «un abogado defensor ante una acusación de asesinato en primer grado por el que se pide la pena de muerte», rezaba el fallo. En concreto, reprochaba que Morgan no presentara un experto en reconocimiento facial o un antropólogo forense, siendo la identificación de la persona que se veía en el vídeo «clave» en este caso.

Comienza el cuarto juicio

El pasado 1 de octubre comenzó el juicio, el cuarto, con la selección del jurado, once mujeres y siete hombres de distintas razas, edades y profesiones. La vista oral propiamente dicha comenzó el lunes. Ya con 46 años, vestido de traje y con una barba encanecida tras media vida entre rejas, Ibar volvió a escuchar del fiscal los cargos y la pena que el estado pide por ellos: la muerte.

El padre del reo, Cándido Ibar, asegura que tanto su hijo como él están «bien» de ánimos, aunque son conscientes de que no lo tendrán fácil. Una de sus preocupaciones, explica por teléfono desde Florida, es que el juez, Dennis Bailey, trabajó en su día en la misma oficina donde ejercía Chuck Morton, el fiscal que logró la condena de muerte en 2000. Además, reconoce que el entorno tampoco es el más favorable, por el perfil social y de sus instituciones. «Florida es mala y el condado de Broward es peor», lamenta. En este sentido, recuerda que hace tres semanas, en un caso similar al de su hijo en otro condado, el fiscal pidió dejar libre a un acusado que había estado nueve años en el corredor de la muerte y para el que también ordenaron repetir el juicio. «Aquí el fiscal ha pedido la pena de muerte en su primera intervención», señala el padre de Pablo Ibar.

Unos restos de ADN, clave en el nuevo juicio

A la imagen del vídeo que se esgrimió para condenarle en 2000, la acusación añade ahora unos restos del ADN de Ibar que se han detectado en la camiseta utilizada durante el crimen. Sus abogados, sin embargo, sostienen que «el ADN que los acusadores aseguran que implica a Pablo en este caso no es fiable», en palabras de uno de ellos, Joe Nascimento. «Esperamos poder demostrar al jurado los problemas que rodean la prueba de ADN», asegura por correo electrónico a ABC. La defensa sostiene que se trata de una traza mínima que ha aparecido después de muchos años y sin que hubiera una correcta cadena de custodia de la prenda, por lo que el ADN se pudo pasar de pasar de unas pruebas a otras. De hecho, hay restos genéticos de hasta cinco personas más en la camiseta.

Nascimento cree que los primeros días del juicio han ido bien para la defensa, aunque quedan muchos testigos y cuestiones, por lo que «es muy pronto para decir más», apunta. En este sentido, se prevé que el juicio se prolongue hasta enero. En todo caso, el letrado defiende la inocencia de Ibar. «Estamos preparados para luchar firmemente por la libertad de Pablo», aseguró.

Pero, si no fue él, ¿quién mató a Sucharski, Anderson y Rogers? Más allá del debate sobre la pena de muerte, por el que este caso ha atraído la atención pública en España, en Florida se quiere justicia. «Es que no se hicieron bien las cosas», sostiene Cándido Ibar, ya que había otras pistas y otros posibles sospechosos, pero «nunca se investigaron». Las autoridades «hicieron el caso con estos dos chicos», concluye en alusión a su hijo y al otro acusado, Seth Peñalver, que luego sería exonerado.