La OTAN comienza el traspaso de la seguridad a Afganistán
Un policía afgano monta guardia en una colina sobre Bamiyan - AFP

La OTAN comienza el traspaso de la seguridad a Afganistán

La provincia central de Bamiyan, una de las más pacíficas, queda en manos de la Policía

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Las fuerzas de seguridad afganas controlan desde hace veinticuatro horas la provincia central de Bamiyan. El 17 de julio era la fecha guardada en secreto por la OTAN y el gobierno de Hamid Karzai para poner en marcha el calendario de transferencia de seguridad, que antes de finales de este mes afectará a otras seis zonas del país. Entre ellas la provincia de Kabul, el mayor espejo del país hacia el exterior y el lugar donde la insurgencia busca golpear para que sus acciones tengan mayor repercusión.

La ceremonia oficial del traspaso de poderes tuvo lugar en el cuartel de la Policía en la capital provincial —en Bamiyan no hay Ejército afgano desplegado— y contó con la presencia de los ministros de Interior y Defensa. No hubo cámaras en directo ni grandes fastos, puesto que el país vive días de gran tensión tras la muerte del hermano del presidente Karzai el pasado martes en Kandahar, y la publicación del informe de Naciones Unidas que eleva a 1.462 el número de civiles muertos en el primer semestre de este año.

Por ello, la ceremonia de Bamiyan quedó en un discreto segundo plano, como una especie de expediente con el que había que cumplir para seguir la hoja de ruta marcada por Washington que pondrá fin a la misión en el país asiático.

La elección de Bamiyan como «primer lugar que recuperan los afganos», según la agencia local Pajhwok, parecía lógica debido a la paz y tranquilidad que ha reinado en esta provincia en los últimos diez años. De momento, los trescientos soldados de Nueva Zelanda del Equipo de Reconstrucción Provincial (PRT, por sus siglas en inglés), permanecerán sobre el terreno aunque «se producirá un cambio en sus funciones, más orientadas a la reconstrucción y al desarrollo», aseguraron los portavoces de ISAF, misión de la OTAN en suelo afgano.

Poca inversión en desarrollo

Los ciudadanos de la zona se las prometían muy felices tras la salida del poder de los talibanes, responsables de la voladura de los budas gigantes que databan del siglo V. Con un pasado brillante como punto de paso clave en la ruta de la seda, Bamiyan sobrevive abandonada en el centro del país pese a estar a escasos 250 kilómetros de Kabul. La provincia cuenta con aproximadamente medio millón de habitantes repartidos en siete distritos, a los que apenas llega el 0,5 por ciento del presupuesto que el gobierno central destina a la reconstrucción del país.

Los vecinos son mayoritariamente de etnia hazara —grupo de habla persa y origen mongol— y musulmanes chiíes duodecimanos, como en Irán, el extremo opuesto a la élite pastún y suní que dirige los destinos del país. No dudan en denunciar la discriminación que sufren cada vez que tienen la oportunidad, pero lo hacen por medios pacíficos.

En el último año, la capital de la provincia ha vivido tres grandes protestas en las que los vecinos pedían carreteras asfaltadas, agua y electricidad. Pero «como se protesta de forma pacífica, sin volarse por los aires como hacen en el sur, nadie hace caso», según denuncia la página web Voz de la crítica, que recoge testimonios de hazaras de una provincia donde la gente sigue viviendo en cuevas y se ve obligada a emigrar para subsistir.

La mayor parte de la ayuda internacional se invierte en las provincias hostiles del sur —donde se produce además la mayor parte del opio que mueve el negocio del narcotráfico—, pero la teoría de llegar a los corazones de los ciudadanos mejorando su forma de vida a través de la reconstrucción ha fracasado debido a la incapacidad de proporcionar seguridad y a las dobles agendas de las figuras políticas locales salpicadas por la corrupción.

El reparto de ayuda ha sido desproporcionado en los últimos años y Bamiyan, una de las zonas del país que menos ha recibido, es la primera en abanderar el proceso de afganización.