Un defensor de Maduro grita desde la Embajada venezolana
Un defensor de Maduro grita desde la Embajada venezolana - Efe

Okupas en Washington a favor de Maduro

Un variopinto grupo de radicales siguen encerrados en la Embajada venezolana

Corresponsal en WashingtonActualizado:

Venezuela es el nuevo Vietnam, el nuevo Chile, la nueva Siria. Como un imán, la crisis ha atraído a un pintoresco retablo de radicales antisistema de todo tipo que ha confluido en el sitio menos pensado: la Embajada de la República Bolivariana en la capital de Estados Unidos. Encerrados en ella, un puñado de estadounidenses desafía a la policía, a la Casa Blanca y a los nuevos embajadores de Juan Guaidó, amenazando con acudir a los tribunales si son desalojados.

Hasta el mismísimo Nicolás Maduro les ha dado las gracias era un discurso en el que ha reconocido «que con valentía se enfrentan a las agresiones de una derecha enferma y un imperio criminal». Lo cierto es que antes de irse de Washington, los diplomáticos del régimen le dieron las llaves de la embajada a las líderes de Code Pink, un grupo creado en 2002 y que ingresa cerca de un millón al año no se sabe muy bien de dónde.

Allí están encerrados estos activistas desde principios de abril. El gobierno les ha cortado la electricidad y el agua, pero ellos resisten, exhibiendo con orgullo lemas como «no a la guerra», «fin a las sanciones» o «paremos el golpe». Dicen defender la democracia, que para ellos es lo mismo que defender a Maduro. A los opositores venezolanos exiliados en EE.UU. que han creado un cordón humano alrededor de la Embajada para obligarles a salir, les insultan desde las ventanas, llamándoles «fascistas» y «matones»”.

Los restos de la contracultura de los 70 y 80

Lo cierto es que los okupas de la Embajada y aquellos que les apoyan desde fuera son lo más parecido que hay en Washington a agitadores profesionales, lo poco que queda de la contracultura de los años 70 y 80, simpatizantes de un comunismo que todavía idealizan y cuyos lugares comunes —el imperio, la explotación, la lucha de clases— repiten en sus discursos.

Las mujeres de Code Pink irrumpen en cada acto público de los embajadores de Guaidó cantando lemas antibélicos. Otros de los encerrados, como Kei Pritsker, han sido acusados de apoyar a grupos terroristas palestinos. El activista Max Blumenthal, defensor a ultranza de Rusia y de la dictadura siria, ha sido criticado por promover la destrucción del Estado de Israel. Él y una de las encerradas, Anya Parampil, fueron invitados a Venezuela en febrero y fueron paseados por los estudios de la cadena estatal Telesur para criticar a EE.UU. y defender a Maduro.

Entre todos ellos han encontrado una argucia que quieren poner a prueba: si son expulsados por la policía, presentarán una denuncia porque consideran que el gobierno legítimo es el de Maduro. Obligar a un juzgado de Washington a decidir si Guaidó o Maduro son el presidente legítimo es un golpe de efecto brillante, aunque seguramente inútil. Mientras, el pueblo sigue muriendo de hambre en Venezuela.