Obama, embajador de Trump en Berlín

El resultado electoral en EE.UU. ha llevado a un giro radical de la agenda del presidente en su último viaje a Alemania

ROSALÍA SÁNCHEZ
CORRESPONSAL EN BERLÍNActualizado:

El hecho de que fuese precisamente en Berlín donde 200.000 personas aclamasen a Obama en 2008 como nuevo líder global hace todavía más dramático este epílogo de su presidencia, una última visita a Alemania cuyo contenido principal, según fuentes diplomáticas, es lanzar un mensaje de «conciliación» con la figura de su sucesor, Donald Trump. Allí donde en 2008 emocionó a una entregada audiencia, anunciando que «los muros entre razas y entre tribus, entre nativos e inmigrantes, entre cristianos, musulmanes y judíos no deben seguir en pie, esos son los muros que tenemos que derribar ahora», hoy viene a explicar, a modo de embajador, que el «hacer de nuevo grande a América» incluye una continuidad en la estrecha colaboración de la administración estadounidense con sus socios europeos y que no debe cundir el pánico, tratando así de apuntalar los principios atlantistas todavía vivos en la política alemana.

La visita despedida de Obama a Merkel estaba en la agenda desde antes de las elecciones y los equipos diplomáticos se preparaban para un intercambio sobre Siria, Rusia y la crisis de los refugiados. El resultado electoral en EE.UU. ha llevado sin embargo a un giro radical de la agenda y lo que más preocupa, por una y otra parte, es explicar y entender a Trump. En la Cancillería de Berlín se declaran tranquilos porque «tenemos todos los instrumentos necesarios para entablar una buena relación con el nuevo presidente estadounidense, a la espera de que siente las bases de lo que será su legislatura», pero admiten estar abiertos a consejos y que cualquier indicación por parte de Obama con ese fin «será bienvenida».

Merkel, el contrapunto de Trump

Nadie parece especialmente cómodo con el hecho de que New York Times haya coronado a Merkel en su portada como la nueva lideresa del mundo libre y contrapunto a Trump, pero el hecho es que ha sido el único jefe de gobierno que en su mensaje de felicitación osó enmarcar las futuras relaciones bilaterales en un cuadro de exigencias. «Alemania y EE.UU. son dos grandes socios en valores, entre los que destacan el respeto al Derecho y el respeto a la dignidad humana, independientemente de la procedencia, la raza, la religión, la orientación sexual de las personas», dijo, «en base a esos valores, nuestra colaboración podrá seguir siendo estrecha como hasta ahora».

Por más que el New York Times quiera aferrarse a la figura de Merkel, la canciller alemana pasa en estos momentos por sus horas más bajas, por lo que la pareja Merkel-Obama, que aprendió a quererse haciendo un ejercicio de responsabilidad, parece más un reflejo del mundo que fue que de la relación trasatlántica en vías de construcción. John C. Kornblum, exembajador de Estados Unidos en Alemania y que sigue viviendo en Berlín, advierte que el «amerexit» de EE.UU. de la responsabilidad mundial ya comenzó a producirse con la administración de Obama, «lo cual ha conducido a una beligerancia más pronunciada por parte de Rusia y China, y ha permitido a los rusos regresar al Medio Oriente como un poder diplomático y militar». Este argumento de continuidad, probablemente dulcificado, será expuesto también por Obama, que en esta ocasión no pronunciará discursos públicos ni tendrá contacto con los alemanes de a pie.

«Lo que ambas partes buscan es calma, apoyo, solidaridad y coherencia», dice Ischnger, que ya ha invitado a Donald Trump a presentar su «visión» en la próxima Conferencia de Seguridad de Múnich, en febrero, y que ha aconsejado a Washington un mensaje de continuidad porque «a los alemanes no les gustan los experimentos, son amantes del status quo». Y ese es exactamente el mensaje que viene a traer Obama, que, como buen embajador, ha comenzado diciendo a cada uno de sus interlocutores lo que desea escuchar: a Tsipras en Grecia, que debería serle condonada la deuda; y a Merkel en Alemania, que ha sido su «mejor aliada» y que está «del lado correcto de la historia» en la crisis de los refugiados.