REUTERS  Obama con James Clapper, ayer en el Rose Garden de la Casa Blanca
REUTERS Obama con James Clapper, ayer en el Rose Garden de la Casa Blanca

El nuevo «zar» del espionaje

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PEDRO RODRÍGUEZ CORRESPONSAL

WASHINGTON. Se llama Clapper. James Clapper. Tiene 69 años, es un general retirado de la Fuerza Aérea y ayer fue nominado por el presidente Barack Obama para convertirse en el próximo «zar» del espionaje de Estados Unidos. Un puesto creado hace cinco años, al hilo de las reformas acometidas tras el 11-S, pero que se ha convertido en una especie de puerta giratoria de mandatos fugaces ante la misión casi imposible de coordinar las 16 agencias que conforman los servicios de inteligencia norteamericanos.

El nombramiento llena la vacante creada el mes pasado por el fulminante cese del almirante Dennis Blair. Pero el relevo no viene precedido exactamente por los mejores auspicios. Sobre todo, tras haber trascendido que el puesto de «zar» de inteligencia ha sido ofrecido y rechazado por múltiples personas de mayor confianza para la Administración Obama, empezando por Leon Panetta, actual director de la CIA.

Responsabilidad sin poder

Al final, Clapper habría sido el individuo con mayor experiencia dispuesto a aceptar ese trabajo de alto riesgo. Ya que la dirección nacional de inteligencia tiene enormes responsabilidades en cuanto a la amenazada seguridad de Estados Unidos. Pero al mismo tiempo carece de herramientas efectivas a su disposición. Sin mucho que decir sobre los 50.000 millones de dólares que maneja anualmente el espionaje norteamericano, ni autoridad para decisiones de personal, ni control de operaciones, ni acceso garantizado al Despacho Oval.

Ante ese dilema, la Administración Obama ha intentado ofrecer todo el entusiasmo posible para su resignado candidato. Según Rahn Emanuel, jefe de gabinete de la Casa Blanca, el general «tiene 45 años de experiencia en tareas de inteligencia, lo ha visto todo y es el hombre adecuado para el momento adecuado». Además de contar con el respaldo y respeto del Pentágono, donde ocupaba desde el 2007 la jefatura de los servicios de espionaje militar.

En su desempeño como subsecretario de Defensa para inteligencia, Clapper se ha enfrentado al reto de reconducir algunas de las iniciativas más polémicas impulsadas durante el mandato de Donald Rumsfeld. Entre sus decisiones destaca el cierre de una base de datos del Pentágono, conocida como «Talon». El proyecto consistía en establecer un seguimiento de posibles amenazas terroristas contra instalaciones militares pero había llegado a incluir cuestionables informaciones sobre activistas contra la guerra de Irak.

Buena parte de sus últimos años de trabajo con la Administración Obama han estado concentrados en Afganistán y Pakistán. A su juicio, el éxito de EE.UU. en ese conflicto que ya se prolonga más tiempo que la guerra de Vietnam va a depender del uso de tropas especializadas tanto en eliminar objetivos hostiles pero también en misiones de reconstrucción: «Vamos a ganar si trabajamos aldea por aldea, valle por valle».

Tras pasar por su último proceso de confirmación, Clapper dijo que no estaba dispuesto a someterse a otro trámite similar. Pero para ocupar el puesto de director nacional de inteligencia, tendrá que volver a pasar por el tamiz parlamentario. Ocasión que se va a convertir en un desagradable debate sobre la problemática situación de los servicios de espionaje de EE.UU., entre reproches de falta de coordinación y agujeros inaceptables en la lucha contra el terrorismo.

Como advertencia, la senadora Dianne Feinstein, presidenta del Comité de Inteligencia de la Cámara Alta, ya ha advertido que le resulta problemática la selección de un ex militar. A su juicio, «es mejor tener a un civil como director nacional de inteligencia».