«Ningún judío va a dejar de ir a la escuela rabínica por el atentado»

APUn joven judío observa los orificios hechos por balas en una ventana de la escuela rabínica asaltada el juevesLAURA L. CARO CORRESPONSALJERUSALÉN. A la entrada de la escuela rabínica de Mercaz

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Un joven judío observa los orificios hechos por balas en una ventana de la escuela rabínica asaltada el jueves

LAURA L. CARO CORRESPONSAL

JERUSALÉN. A la entrada de la escuela rabínica de Mercaz Harav, un puesto de guardia que no estaba la semana pasada controla maletines, bolsas y mochilas de todo el que pasa. Más allá, sólo un coche de policía prudentemente aparcado a veinte metros y un minúsculo altar con una decena de velas y flores desmayadas recuerda que, el jueves por la noche, ocho alumnos murieron acribillados por un terrorista llegado del ocupado este de Jerusalén.

El equipo de psicólogos que acudió a asistir a los estudiantes poco después de que los cuerpos de sus compañeros fueran retirados de la biblioteca está haciendo bien su trabajo: cuando el domingo por la mañana se reanudaron las clases, algunos llegaron llorando y recitando salmos lúgubres. Entonces, los impactos de las balas todavía estaban impresos en las puertas, y en los suelos, los libros manchados con la sangre de las víctimas.

«Si te marchas, ganan ellos»

Pero el lunes, la entereza es absoluta. «Él es nuestra única seguridad, -explica convencido Gidi, de Segundo grado, refiriéndose a Dios, pero sin nombrarlo-, ningún judío va a dejar esta yeshivá por este atentado, si te marchas... ganan ellos. Además, no hay lugar donde esconderse. Ahora lo que necesitamos es reforzarnos en el camino de la Torah».

Como el resto de los quinientos matriculados, Gidi ha recibido el vago consejo de que estén algo más pendientes de lo que pasa a su alrededor cuando andan por la calle. Y poco más.

La consigna es que conjuren el dolor concentrándose en la tarea que corresponde a los estudiantes de las yeshivot: el basto estudio de las Sagradas Escrituras, del Talmud y la literatura rabínica. Y, particularmente, en la que han asumido los que han elegido esta emblemática institución de Mercaz Harav, «la yeshiva de nuestro maestro y rabino, Abraham Hacohen Kook y su hijo, los dos sabios de la Torá que, -escribía en el diario «Maáriv» Effi Eitam, antiguo alumno-, dieron cuenta de la grandeza que iluminó la historia de nuestra nación, y quizás de toda la humanidad, con el establecimiento del Estado de Israel». La yeshivá bastión del sionismo religioso. La punta de lanza del colonialismo -«cerrad el Talmud e id a colonizar Judea y Samaria (Cisjordania)», instruyó el fundador a sus pupilos-, que ayer vetó la visita del jefe del Gobierno, Ehud Olmert, por traidor.

«No podemos recibir a un primer ministro que actúa contra el espíritu de la Torah y acepta que Israel se retire de una parte de nuestra tierra: la Biblia nos prohíbe formalmente entregar a extranjeros una sola pulgada», justificaba un responsable de la institución, el rabino Haim Steiner.

En esta escuela, como en el resto de las que se reparten por Jerusalén y todo Israel, y a su imagen en Estados Unidos, Europa o América Latina, poco más hay en qué entretenerse que la dedicación a los libros. No hay mujeres, porque el alumnado es exclusivamente masculino, no está permitido navegar por internet, ni hay televisiones. Por eso lo único que llamó la atención de Alaa Abu Dahim, el palestinos que luego se emplearía a tiros en la yeshivá, es que portara en los brazos la caja de embalaje de una tele. «Algún muchacho se percató, pero no le dio importancia, -relata el jefe de los Altos Estudios del Centro, David Salem-, luego todo cobró significado, porque diez metros después de entrar, de esa caja sacó el arma y empezó a disparar... un AK-42, que creemos pertenece a la policía palestina de Al Fatah».

Según el rabino, ocurrido el atentado, ya no hay demasiado motivo para preocupar a estos estudiantes por su seguridad. Salem no coincide, como esta semana interpretaba el analista Roi Sharon, en que el ataque a Mercaz Harav ha sido expresamente «la perfecta venganza por los asentamientos en Judea y Samaria». La impresión de las autoridades del centro es el pistolero no era consciente del emblemático carácter de esta escuela.

«Disparó a niños que estudian la Torah para golpear en el corazón del pueblo judío», entiende el rabino Yaakov Shapira. «Estuvo por aquí siete u ocho días, dando vueltas, hay gente que le vio y entró sólo -replica Salem- porque aquí era fácil matar a muchos judíos en poco tiempo».