Musharraf defiende una «República islámica de Pakistán secular, democrática y moderna»

El presidente de Pakistán insistió en el Foro de Davos en asegurar que el Islam no es primitivo aunque haya muchos musulmanes que viven en el atraso

RAMÓN PÉREZ-MAURA. ENVIADO ESPECIAL
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DAVOS. Pervez Musharraf, el jefe de Estado con un mayor índice de atentados ejecutados contra su vida y frustrados en los últimos meses, compareció ayer en el Foro de Davos y supo hacerse querer por la multitud presentando su cara más moderada, la que le hace imprescindible para Occidente.

Musharraf intervino en una mesa redonda sobre la promoción del diálogo entre civilizaciones y fue saludado por lord Carey de Clifton, antiguo arzobispo de Canterbury, con un encendido elogio por la defensa de los cristianos que ha hecho desde el poder. El presidente de Pakistán insistió en asegurar que el Islam no es primitivo aunque haya muchos musulmanes que viven en el atraso. Y en una afirmación difícil de sostener aseguró que bajo su Presidencia, originada en un golpe de Estado, en 1999, «la República Islámica de Pakistán ha de evolucionar hacia una democracia secular y moderna». Para él, es importante diferenciar entre «modernizar» y «occidentalizar», lo que no es difícil de entender para muchos. Pero el resto de la afirmación resultaba más compleja por cuanto cuesta ver ningún secularismo en una república que se proclama islámica en su nombre y cuesta entender cómo la democracia será traída a ese país, plagado de golpes de Estado en su historia, por un hombre que derribó en 1999 un Gobierno elegido con el respaldo de casi dos tercios del Parlamento. A esto último Musharraf se limitó a responder que él no dio el golpe sino que lo dieron otros «mientras yo estaba en el aire» y cuando al fin pudo aterrizar su avión -él siempre ha sostenido que el Gobierno anterior quería hacer que su aeroplano se estrellase por falta de combustible- aceptó ponerse al frente del país.

Orar en el Vaticano

Las buenas intenciones de diálogo intercultural son patentes entre todos los dirigentes cuyas palabras estaban plagadas de benignos propósitos. Un buen ejemplo fue el del Príncipe Turki al Faisal al Saud, embajador saudí en Londres y copresidente con lord Carey del «Consejo de los Cien» un organismo del Foro dedicado al diálogo Islam-Occidente. Al Saud intentó demostrar la apertura de los saudíes recordando que ya en tiempos de Pablo VI una delegación saudí había hecho una visita oficial al Vaticano y que llegada la hora de la oración, pidió hacerla allí mismo para sorpresa de los jerarcas católicos. Lord Carey respondió que eso estaba muy bien, pero que sería todavía mejor si los cristianos pudieran tener sus propias iglesias en Arabia Saudí -algo terminantemente prohibido- a lo que Al Faisal replicó que el problema es que los musulmanes creen que Moisés y Cristo son profetas, pero los cristianos y judíos no creen que Mahoma sea profeta. Y si lo creyesen, podrían rezar en sus mezquitas. Hasta el diálogo tiene un límite.

El afán del Foro por servir como punto de encuentro se ilustra por el hecho de que cuatro de los cinco invitados a la tribuna central de Davos son dirigentes musulmanes -Jatami de Irán, Musharraf de Pakistán, Abdalá de Jordania y Erdogan de Turquía- por sólo uno cristiano, el presidente de turno de la UE, el irlandés Bertie Ahern.