Antonio Oliveira Salazar
Antonio Oliveira Salazar - Archivo ABC

El Museo del Estado Novo enciende la polémica en Portugal

La localidad natal del dictador Salazar, con alcalde socialista, busca la explotación turística del controvertido proyecto

Corresponsal en Lisboa Actualizado: Guardar
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El proyecto de construcción del Museo del Estado Novo en la localidad portuguesa de Santa Comba Dao, cuna del dictador Salazar, situada en los alrededores de Viseu, ha derivado en una agria polémica que ha llegado hasta el Parlamento. Una iniciativa de los comunistas ha logrado sacar adelante un documento de rechazo a estos planes para evitar que se caiga en la hagiografía dedicada al tirano que instauró un férreo régimen sin libertades durante 48 años.

El alcalde de Santa Comba Dao, el socialista Leonel Gouveia, enfatizó, precisamente, que en ningún momento se ha pretendido fundar el Museo Salazar, de ahí que la corporación municipal haya optado por denominarlo Museo del Estado Novo. La meta no es otra que priorizar el retrato de un periodo histórico en el devenir de Portugal, con la exclusión determinante de todo tipo de hipotéticas loas a la figura del déspota.

La idea es explotar el centro con fines turísticos, pero los sectores de la izquierda han visto con suspicacia el proyecto desde los primeros compases.

«Es una afrenta a la democracia y a los valores consagrados en la Constitución, además de una ofensa a la memoria de las víctimas de la dictadura», explica un portavoz del Partido Comunista.

La controversia motivó la firma de un manifiesto de repulsa al museo, rubricada por más de 200 intelectuales y expresos políticos, que llegaron a enviar una carta al primer ministro, Antonio Costa, con tal de frenar semejantes planes.

Sin embargo, el mandatario socialista ha contestado recientemente que «puede ser útil como centro de interpretación de un determinado periodo de nuestra historia».

Por su parte, uno de los coordinadores científicos que trabajan ya para poner en marcha el edificio, Joao Paulo Avelas Nunes, zanja de forma contundente: «Se equivocan los que piensan que se va a realizar una apología del Estado Novo. Se sentirán desilusionados y molestos porque no va a ser ningún mausoleo».

Lo que está claro es que, 49 años después de la muerte de Antonio de Oliveira Salazar, a nadie se le pasa por la cabeza en el país vecino trasladar su sencilla tumba, pues descansa junto a sus padres en esa misma localidad de Santa Comba Dao.

Su austero mandato se vio prolongado por un ostracismo posterior que tiene su origen en dos razones principales: no llegó al poder después de una guerra civil, con lo cual no arrancó en una nación dividida, y la Revolución de los Claveles no destapó ningún tipo de nacionalismo, ni moderado ni beligerante.

Así, en este Portugal de moda, las noticias acerca de remover y trasladar los restos de un dictador que gobernó con mano de hierro llegan desde España.

Salazar permanece enterrado en el mismo sitio desde julio de 1970 y el fragor de las discusiones no asoma en el horizonte. Si ahora se manifiesta la polémica, es por la interpretación subjetiva de la función que desempeñará el futuro museo.

No puede olvidarse que Salazar apoyó a Franco, pero también recelaba de él porque no se fiaba de una hipotética invasión española y decretó el cierre de fronteras cuando pensó en la posibilidad de recibir una avalancha de refugiados del bando republicano español.

El dictador portugués, que latigó a los disidentes a través de su temida policía política PIDE, autorizó el tránsito de la ayuda concedida por Hitler y Mussolini a España. Y acogió con los brazos abiertos a Nicolás Franco, el hermanísimo, en su papel de embajador en Lisboa.