Marcelo Odebrecht, antes de entrar en prisión
Marcelo Odebrecht, antes de entrar en prisión - EFE

Marcelo Odebrecht, de príncipe a bandido

Heredero de un gran imperio, su padre no le perdona haber delatado a empresarios y políticos

CORRESPONSAL EN SAO PAULOActualizado:

Conocido como El Príncipe, o Marcelo Odebrecht III, este empresario de 49 años es el heredero de uno de los principales consorcios de Brasil, pero mantendrá durante siete años más el título de presidiario, incluso después dejar la fría celda en la que pasó algo más de dos años.

Encerrado ahora en un castillo moderno, el ejecutivo bahiano, deberá impulsar desde su oficina de 300 metros cuadrados el proyecto de reinvención de su historia, por ahora conectada a uno de los mayores escándalos de la historia internacional.

Pese a que el escándalo y el modelo de corrupción internacionalizado envuelve a todo su clan, el discreto Marcelo ha sido el rostro de la trama que sigue salpicando a gobiernos y autoridades de todo el mundo. Bajo su batuta, el imperio construido por su abuelo, Norberto, en la década de 40, e internacionalizado por su padre, Emilio, alcanzó su mayor fase de expansión, apoyado en las obras de los grandes eventos deportivos adjudicados a Brasil durante el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva.

Uno de los hombres más ricos de América, con una fortuna estimada en más de 3.000 millones de euros, tratará de recuperar su espacio en el grupo que ayudó a levantar y de reconstruir la relación con su padre, con quien no se habla. El patriarca, Emilio, salió de São Paulo para pasar las fiestas de fin de año lejos del primogénito, y se limitó a mandarle un avión para trasladarlo de la prisión en Curitiba a la casa en que vive en São Paulo.

El motivo del rechazo paterno habría sido la decisión de Marcelo de doblar la rodilla y delatar a importantes empresarios y políticos, dejando al descubierto los negocios de la familia. Conocidos del heredero aseguran que los 914 días de miseria que Marcelo pasó en una celda desnuda, con un resignado menú de arroz y judías, han convertido al delgado ejecutivo en un hombre de paciencia infinita.