El presidente de Brasil, Luiz Inacio da Silva, durante su comparecencia de ayer en el Foro de Davos. REUTERS

Lula propone crear un fondo de ayuda internacional para los países pobres

Luiz Inacio Lula da Silva, llegó a Davos con un discurso capaz de conciliar tanto al foro de Davos como a los militantes «anti-Davos» de Porto Alegre

ENRIQUE SERBETO. ENVIADO ESPECIAL
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DAVOS. Iba a ser la estrella del Foro Económico Mundial y, al menos en parte, así fue. El nuevo presidente de Brasil hizo ayer su presentación en sociedad con un discurso cordial ovacionado por muchos de los asistentes a este club de los más poderosos del mundo, cuando dijo que se necesita «un nuevo orden económico mundial».

Lula no dio grandes recetas ni expuso planes espectaculares, salvo la difusa propuesta de crear una especie de fondo internacional de ayuda al desarrollo financiado con dinero de los países desarrollados y de las grandes empresas. Pero sus palabras recibieron el aplauso entusiasta de un auditorio entregado al discurso de un antiguo sindicalista que empezó como obrero metalúrgico y que después de años de militancia en la izquierda radical, ha llegado a ser el presidente de un país de 170 millones de personas, con una economía clave en el conjunto de América.

No sólo era su primer viaje a Europa, sino que además se ha convertido en el primer mandatario que ha asistido al foro de Davos y al «anti-Davos» que organizan los grupos de militantes en Porto Alegre. Algo han debido cambiar las cosas en el mundo para que además haya podido hacer más o menos el mismo discurso en ambos foros, reclamando más justicia social y un trato más equitativo para los países en desarrollo. En Porto Alegre les había dicho a los militantes globalifóbicos que «en Davos hay mucha gente a la que no gusto y ni siquiera me conocen, pero estad seguros de que les diré lo mismo que os estoy diciendo a vosotros, que necesitamos un nuevo orden económico mundial, en el que la riqueza se distribuya más equitativamente y donde los países pobres tengan la oportunidad de ser menos pobres».

Ayuda del G-7 a los pobres

Así fue. La propuesta que hizo de crear un fondo con dinero de los países del G-7 y de las grandes multinacionales puede que no llegue a cuajar, pero ha dejado cierta parte del camino trazado cuando dijo que es necesario «reconstruir el orden económico internacional» para que las sociedades más poderosas contribuyan más a la lucha contra la miseria y la pobreza en el mundo. Para Lula, la cara más amarga y cercana de esas disparidades son los «más de 45 millones de brasileños que viven por debajo de la línea de la pobreza» y «su lado más dramático es el hambre, que afecta a decenas de millones de hermanos y hermanas».

Lula no está en contra del libre comercio, pero pide «un libre comercio que se caracterice por la reciprocidad» puesto que «de nada valdrán nuestros esfuerzos exportadores si ciertos países siguen predicando el libre comercio y practicando el proteccionismo». Es muy difícil que Lula consiga su propuesta de «disciplinar el flujo de capitales» para evitar los movimientos especulativos que trasladan miles de millones de dólares de un lado al otro del planeta en cuestión de horas y pueden despedazar la cotización de monedas débiles del países en desarrollo.

Sean fáciles o no, Lula insistió en que sus propuestas centrales serán «la creación de empleos dignos, más y mejores inversiones, aumento substancial del ahorro interno, expansión de los mercados tanto interno como externos, salud y educación de calidad, desarrollo cultural, científico y tecnológico». También «reforma agraria y un esfuerzo para que se recupere el crecimiento económico para distribuir la renta» para lo cual piensa contribuir con «reglas económicas claras, estables y transparentes y combatiendo de modo implacable la corrupción».

El ministro de Asuntos Exteriores brasileño, Celso Amorim, que acompaña a Lula en este viaje, fue incluso menos diplomático que su presidente en su participación en las actividades del Foro Mundial. «Ahora -dijo- ya sabemos con toda certeza que la receta neoliberal no funciona» por lo que «nosotros ya no tenemos que preocuparnos por agradar al mercado, sino solamente por hacer las cosas como pensamos que deben hacerse, y cuando así suceda entonces el mercado ya reaccionará. No podemos pasar cada minuto adulando al mercado, porque ese no es el papel de un gobernante. El papel del Gobierno es gobernar y punto».

Esperanza iberoamericana

Con estas ideas en la cabeza, Lula es para muchos la gran esperanza de Iberoamérica, donde la falta de resultados económicos palpables que reduzcan las tremendas desigualdades ha puesto en peligro la estabilidad de las instituciones democráticas que en lugares tan próximos para Brasil como Venezuela están siendo puestas a prueba por las políticas suicidas de Hugo Chávez.

Por el momento Lula prefiere objetivos a la vez más sencillos pero al mismo tiempo más complejos: luchar para que los pobres lo sean un poco menos. Y si en Brasilia ha propuesto un programa al que llama «Hambre cero» (parafraseando a las políticas norteamericanas de «tolerancia cero») aquí en Davos ha aprovechado para llamar la atención, proponiendo ese fondo mundial de lucha contra la pobreza, a imagen del Fondo Monetario Internacional.